Bernard Haykel. 24 marzo

PRINCETON– La reciente decisión de Arabia Saudita de aumentar su producción petrolera representa un cambio brutal en su pensamiento sobre los mercados energéticos y su propia dependencia de las reservas de petróleo.

Atrás quedaron los días en que las reservas sauditas eran gestionadas prudentemente para las generaciones futuras. Al abandonar la banda específica para los precios del petróleo y utilizar su capacidad productiva excedente, el reino se está alejando del papel que mantuvo durante mucho tiempo como productor responsable de las fluctuaciones del mercado.

La cuestión, por supuesto, es por cuánto tiempo puede mantener Arabia Saudita la estrategia antes de que el nuevo entorno de bajos precios vacíe sus arcas.

El cambio refleja la visión del príncipe heredero, Mohamed bin Salmán (MBS): Arabia Saudita cuenta con una ventana de oportunidad relativamente limitada para monetizar sus grandes reservas petroleras.

Salmán se ha embarcado en una política que pretende aumentar la participación en el mercado en vez de tratar de fijar el precio, rompiendo, una vez más, con políticas de larga data, que cree que han dejado de ser útiles.

Si MBS continúa con su estrategia, podría alterar significativamente la dinámica de los mercados energéticos mundiales. Si mantiene los precios deprimidos, la política saudita no solo desplazará las formas más caras de producción del petróleo fuera del mercado, sino que hará que a las energías renovables les sea más difícil competir con los combustibles fósiles, por lo menos a corto plazo.

La nueva estrategia quedó clara el 7 de marzo, un sábado, cuando Arabia Saudita decidió recortar el precio oficial de venta y aumentar su producción de petróleo por encima de los 10 millones de barriles diarios, con una producción que en abril probablemente estará cerca de los 11 millones, mientras que en los últimos meses había sido de 9,7 millones. Cuando reabrieron los mercados el lunes siguiente, los precios del petróleo sufrieron su mayor caída en un día desde 1991.

Oficialmente, la acción saudita fue una respuesta a la negativa rusa a acordar recortes voluntarios de la producción petrolera en la reunión del 6 de marzo de la OPEC+.

Desde el 2016, los rusos y los sauditas coordinaron su producción para mantener los precios elevados, entre los $50 y los $60 por barril. Sin embargo, el resultado de esta cooperación fue promover la producción y las ventas de la industria estadounidense del esquisto, que pudo así captar la mayor parte de la demanda incremental mundial. Después de la caída de sus exportaciones desde el 2016, los sauditas probablemente esperaban que una reducción de la producción elevaría los precios en una época de menor demanda global, debido al brote de coronavirus.

¿A qué se debe el cambio de táctica? Los comentaristas han ofrecido diversas explicaciones, incluso que Arabia Saudita puede estar actuando en connivencia con Rusia para debilitar a la industria estadounidense del esquisto, pero esa colaboración es extremadamente improbable.

Hay poca confianza entre MBS y el presidente ruso, Vladimir Putin, quien no olvida que las intrigas de Arabia Saudita en el mercado petrolero en la década de los ochenta pueden haber influido en el colapso de la Unión Soviética. Además, Arabia Saudita ya intentó enfrentarse a la industria del esquisto —y fracasó— entre el 2014 y el 2016, cuando subestimó muy equivocadamente la competencia técnica de los productores estadounidenses de esquisto y su capacidad para funcionar con precios bajos.

En vez de buscar una victoria táctica a corto plazo, MBS puede estar centrándose en varias metas de desarrollo a largo plazo. Sabe que su tiempo es limitado —tal vez un par de décadas— para extraer el máximo valor del petróleo porque el cambio climático ha impulsado al mundo hacia las energías renovables y la reducción de las emisiones de carbono. Arabia Saudita cuenta con más de 50 años de reservas recuperables, que en su mayor parte se convertirán en un activo inutilizable si no acelera la producción.

Aunque el reino enfrentará graves dificultades técnicas y financieras para alcanzar sus tremendamente ambiciosas nuevas metas de producción, la cuestión de fondo es que las antiguas reglas ya no son viables. Y con esta nueva administración, los sauditas también pueden empezar a gestionar al gigante petrolero estatal Saudi Aramco más como una empresa internacional que busca maximizar sus beneficios —producir lo más posible— que como el Banco Central de los mercados petroleros mundiales.

Hay sólidos argumentos a favor de esta estrategia. En primer lugar, es más barato extraer y transportar el petróleo saudita que el de muchas otras reservas. Además, es un producto “más limpio” que el producido por las arenas bituminosas canadienses y emite menos metano que el petróleo ruso. Y la empresa Saudi Aramco es una de las petroleras más avanzadas tecnológicamente y con mayor competencia técnica. En otras palabras, el petróleo saudita tiene múltiples ventajas comparativas frente a la competencia y, por tanto, se encuentra en la posición perfecta para mantener un puesto de privilegio en la transición del mundo hacia energías más limpias.

Además, el reino estuvo indicando su intención de cambiar la estrategia durante varios meses. En diciembre del 2019, llevó adelante la oferta pública inicial del 1,5 % de Saudi Aramco, que representa una forma de monetizar el valor actual de sus reservas petroleras, así como dar señales de un desplazamiento hacia la maximización de los beneficios.

Después de muchos años de conflictos, los sauditas también han logrado un acuerdo con Kuwait sobre la producción en la zona neutral, que permitirá un aumento de la producción de 500.000 barriles al día. Finalmente, Arabia Saudita anunció recientemente sus planes para desarrollar un gigantesco campo gasístico no convencional llamado Jafurah, que producirá incluso más petróleo para la exportación.

El cambio en la política del reino debiera dar que pensar a los políticos estadounidenses que presumen de que Estados Unidos ha logrado la independencia energética gracias al esquisto. En una guerra sin cuartel por la participación en el mercado, a los productores de petróleo estadounidenses, canadienses y rusos, entre otros, les será difícil competir con el Golfo, dados su menores costos y otras ventajas competitivas.

La cuestión, por supuesto, es por cuánto tiempo puede mantener Arabia Saudita la estrategia antes de que el nuevo entorno de bajos precios vacíe sus arcas. Una estimación rápida sugiere que puede hacerlo durante dos años.

Es posible que MBS esté apostando por durar más que su competencia, pero, dadas las características estructurales del mercado petrolero y la inevitable transición del mundo hacia las energías renovables, probablemente no tenga otra alternativa. Las cuotas de las OPEC y los acuerdos de producción con los rusos no han logrado los resultados que necesita. Está por verse si la nueva política logrará producir beneficios más tangibles.

Bernard Haykel: profesor de Estudios del Cercano Oriente y director del Instituto para el Estudio Transregional de Oriente Medio, África del Norte y Asia Central Contemporáneos en la Universidad de Princeton, es coeditor (con Thomas Hegghammer) de “Saudi Arabia in Transition”.

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