Dorelia Barahona. 8 agosto

Volver a oír a Joan Báez es entrar a un mundo de percepciones desconocidas para muchos hoy. Un mundo donde la música y la letra nos llevan a la estética política de las creaciones sociales como reflejo de sentimientos movilizadores de los valores universales.

Un mundo donde sus más de 300 canciones nos reciben con la intensidad de la vida singular, única validada en aquellos años y que solo la libertad como utopía reflejaba en las artes alternativas. Música protesta, ¿se acuerdan?

Un mundo donde las palabras y la gesta de los cuerpos demostraban el quilataje de las emociones tanto como su erotismo.

Despedirse es engañar al presente por un rato. Decirle que ya pasó, que la página volteó con todos sus deseos, ideas y fervores, pero en realidad está solo en el país de la latencia, en reposo y a la espera de ser convocado, como solo el arte convoca.

Un mundo para experimentar desde el idealismo hyppie, el redentorismo revolucionario y la teología de la liberación, por mencionar algunos asuntos que mezclados potenciaban los gestos heroicos más inolvidables, la ingenuidad más burguesa y la generosidad más combativa.

Época maravillosa. Si cantábamos sus canciones, el pacto lo sellábamos frente al tocacasetes o al long play reinvindicando al amor con la justicia y la paz. Época maravillosa que reúne a toda una generación alrededor de la palabra compromiso.

Arte comprometido, música comprometida, vida comprometida, luchas sociales con compromiso. Esa nostalgia de un mundo tan cercano a la utopía (no todos nos producíamos a nosotros mismos como ahora) tan desconocido de la contaminación ambiental, de los virus, de los nuevos mecanismos de control y propaganda, llega a enfriarme la piel como si estuviera en un cuarto oscuro y desconocido que se llama presente y que no responde ni al amor como promesa de compromiso, sino más bien como pacto de consumo, ni a la justicia como enmienda social, sino como herramienta para incrementar los derechos individuales porque se volvieron intocables las arcas de los Estados cuando la palabra injusticia aparece, a pesar de que cunden metáforas religiosas sobre el tema.

Adiós cantando. Joan Báez se despide y tenemos que aceptar la despedida. Dar la cara y ver de frente su mano diciendo adiós mientras canta. No importa que lloremos, que hagamos pucheros, que volvamos a cantar sus canciones con un nudo en la garganta. Nunca seremos lo suficientemente viejos para aceptar decirle adiós a la juventud porque siempre seremos jóvenes que se aprestan a aparecer cuando oímos sus canciones y derrotamos la vejez que llevamos dentro.

Despedirse es engañar al presente por un rato. Decirle que ya pasó, que la página volteó con todos sus deseos, ideas y fervores, pero en realidad está solo en el país de la latencia, en reposo y a la espera de ser convocado, como solo el arte convoca en estado de pura rebeldía un día acústico cualquiera y sin más señas que la esperanza.

La heroína. La despedida es de una heroína de un tiempo en que no se hablaba de heroínas ni de genias, ni de extraordinarias.

Un tiempo silencioso para muchas mujeres que sentíamos pequeños raptos liberadores oyendo a Mercedes Sosa, Soledad Bravo o Joan Báez mientras lavábamos pañales de tela y leíamos el Segundo sexo prestado de la biblioteca universitaria. Un tiempo que dichosamente también ya va pasando.

Volver a oír a Joan Báez mientras se despide es, de alguna forma, volver a oírnos a nosotras mismas en el silencio de un mundo sin tendencias. Un mundo solicitado solo por nuestra doxa comunitaria, con pocos preservantes y buena aceptación de las arrugas. Mundo propio, si es posible, en su doloroso o gozoso desempeño que cultivaba más la autenticidad como carrera que la felicidad como meta, y que conseguía más nuestra atención en la sencillez de los pocos canales de comunicación, incluidos héroes y antihéroes, que en el nomadismo ético actual. Adiós, Joan Báez. Adiós al pájaro de los sábados.

La autora es filósofa y escritora.