Reda Cherif y dos firmas más. 18 enero

WASHINGTON D. C.– Para muchas empresas en economías emergentes y en desarrollo, emular el éxito de firmas como Samsung y Hyundai suele parecer un sueño imposible. Pero el veloz crecimiento económico de Japón, Corea del Sur y otros países asiáticos en la segunda mitad del siglo XX muestra el modo de hacerlo.

Japón y Corea del Sur, por ejemplo, fueron alguna vez países pobres que luchaban por llegar al nivel de altos ingresos lo antes posible.

Ambos alcanzaron la meta por medio de fuertes intervenciones estatales, entre estas, políticas industriales que ayudaron a las empresas locales a incursionar en sectores avanzados y competir en el mundo.

Aplicando estas enseñanzas, los países en desarrollo pueden ofrecer oportunidades similares a sus empresas, y al mismo tiempo, buenas rentabilidades para los inversionistas de todo el mundo.

El “milagro asiático” fue en gran medida resultado de una estrategia tripartita. En primer lugar, el Estado fijó metas ambiciosas y las logró alentando y apoyando a las empresas privadas para que intentaran ingresar rápidamente a sectores industriales de alta tecnología.

Luego, los Gobiernos comprendieron que para entrar al podio de las economías de altos ingresos era necesario desarrollar fuertes sectores exportadores.

Finalmente, fue necesario que las autoridades alentaran una cultura de intensa competencia corporativa, además de una estricta rendición de cuentas del apoyo que recibían las empresas.

La consiguiente simbiosis entre el Estado y el mercado resultó sumamente exitosa y es un modelo para otros países en desarrollo.

Papel del Estado. Para las economías del milagro asiático, las exportaciones se convirtieron en indicador de éxito. Hubo en toda la región una evolución sistemática que llevó a pequeñas empresas locales de bajo nivel tecnológico a convertirse en grandes fabricantes mundiales de autos, barcos y dispositivos electrónicos de avanzada.

La necesidad de justificar el apoyo que recibían las obligaba a adaptarse rápidamente a cambios en las condiciones del mercado. Las empresas que manejaron bien esta transformación tuvieron excelentes resultados, mientras que las menos exitosas terminaron reestructurándose.

Un ejemplo vívido de esto puede hallarse en las trayectorias divergentes de la surcoreana Hyundai y la automotriz nacional malasia Proton.

Los malasios tenían un plan ambicioso para crear un clúster local de proveedores, pero aunque en muchos sentidos el proyecto resultó exitoso, Proton estaba protegida en el mercado interno y le faltaban incentivos para exportar cantidades sustanciales y enfrentar la competencia internacional, lo que impidió a Malasia la creación de un clúster automotor innovador.

Hyundai, en cambio, creó una marca global y desarrolló autos que resultaron fundamentales para el éxito exportador de Corea del Sur. Este logro se debió en gran medida a las políticas estatales. El Estado surcoreano confió el desarrollo de una industria automotriz nacional a una variedad de conglomerados familiares, los llamados chaebol, sin impedir la reestructuración de esas empresas cuando fuera necesario, y es así que a la larga solo prosperaron unas pocas.

Originalmente, Hyundai era una empresa constructora familiar centrada en el relativamente reducido mercado interno. Pero, a partir de mediados de los sesenta, con una fuerte provisión estatal de apoyo e incentivos, la empresa comenzó a operar en el extranjero y entró a sectores de alta tecnología, como el naviero y el automotor, pese a no tener experiencia previa en estas áreas.

La presión para exportar y competir obligó a Hyundai a acelerar las actividades de investigación y desarrollo y actualizar sus tecnologías. En 1991, la empresa ya había diseñado y producido su primer motor de auto. Algo parecido ocurrió con otra surcoreana, Samsung, que antes de dedicarse a la electrónica comerciaba fideos y otros productos alimenticios.

El exitoso desarrollo del sector electrónico taiwanés es otro ejemplo del potencial de empresas de países en desarrollo para convertirse en grandes líderes mundiales en sectores avanzados. Además, este salto a un nivel tecnológico superior se produjo muy temprano, cuando el PIB per cápita del país era aproximadamente el 20 % del de Estados Unidos (más o menos la situación actual de Túnez).

Énfasis en innovación. Básicamente, el Estado actuó como un capitalista de riesgo para catalizar la formación del sector naciente. Institutos públicos fundados a principios de los setenta, por ejemplo, el Instituto de Investigaciones en Tecnología Industrial, promovieron un inmenso esfuerzo de I+D, junto con inversiones en capacitación y creación de relaciones con multinacionales extranjeras.

Estos institutos generaron numerosas startups electrónicas y les aportaron personal directivo en las primeras etapas. Algunos desprendimientos de este proceso, por ejemplo UMC y TSMC, se convirtieron en grandes multinacionales en la industria global de los semiconductores.

Un énfasis en la innovación y en las exportaciones permitió a estas y otras empresas alcanzar un nivel de éxito que no hubieran podido obtener proveyendo solamente al mercado interno.

El veloz crecimiento de las economías asiáticas durante el milagro resalta la importancia del sector privado en el desarrollo económico de los países.

Si bien la “mano rectora” del Estado fue esencial en las primeras etapas, empresas como Hyundai, Samsung y TSMC tuvieron la ambición de convertirse en actores globales dentro de sectores avanzados.

Muchas empresas en países en desarrollo pueden copiar esta receta para crear milagros económicos propios, y ofrecer al hacerlo resultados atractivos a sus países y a los inversionistas.

Reda Cherif: economista sénior en el Fondo Monetario Internacional.

Fuad Hasanov: economista sénior en el FMI y profesor adjunto de Economía en la Universidad de Georgetown.

Sabine Schlorke: directora global del área de manufacturas en la Corporación Financiera Internacional.

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