Jacques Sagot. 27 marzo

La Universidad de Costa Rica tiene ahora una flamante aula “magna”. Mi esperanza era que al recinto fuesen invitados pensadores, intelectuales y artistas realmente magnos. Pero tal no va a ser el caso. Hace poco trajeron a Serrat.

Me gusta su música, por cierto. Pero no profirió más que lugares comunes en el coloquio llevado a cabo en el anfiteatro de marras. Sus fans aplaudieron y rieron las gracejadas u ocurrencias que brotaron de su numen. Una de ellas: la codicia es la responsable del mal, notoriamente de la guerra. Es una respuesta simplista, reduccionista, superficial e incorrecta.

La palabra “guerra” se usa de manera genérica para designar fenómenos muy diversos. La concepción “romántica” de la guerra ya no arenga a los pueblos. No, por lo menos, al individuo cool, décontracté, hedonista, narcisista, incapaz de inmolarse en nombre de ningún valor "trascendente”, preocupado exclusivamente por la garantía de sus seguridades y libertades personales, reacio a sacrificarse por causa alguna que no sea la de su propio bienestar, la mónada desocializada de la posmodernidad.

La genealogía de la guerra nos demuestra que esta ha sido vivida de manera diferente y ha adquirido distintas significaciones a lo largo de la saga humana. Una “ilusión retrospectiva” (Foucault) de la modernidad consistiría en creer que todas las guerras del mundo obedecieron a motivaciones económicas.

La verdad es que “guerra” es un término “paraguas”, usado con imprecisión, para designar luchas de muy diferente índole. Pugna armada por la captación de los mercados internacionales (Primera Guerra Mundial), ocupación de la tierra y sus riquezas (guerras feudales), captura de esclavos (guerras de la Antigüedad), la lucha de una clase que, detentora ya del poder económico, pugna por el poder político (Revolución francesa y todas las revoluciones burguesas de la historia), fenómeno ideológico generado por la paranoia ante el avance de modelos sociales antagónicos (Segunda Guerra Mundial), guerras religiosas en las que el quid es el tiempo (ahí cuando fermentan los credos, el arché de los cultos, la pregunta por el origen, la fe de los ancestros).

Para los muertos. Las guerras de las sociedades holísticas, aquellas en las que la conciencia de la colectividad imperaba sobre el individuo, eran guerras “de sangre”, regidas por el código del honor. Contrariamente a lo que nuestra moderna “ilusión retrospectiva” podría hacernos creer, el móvil de estas guerras no era económico.

Lo que las sustentaba era un sentimiento de solidaridad con los muertos. Era la guerra atávica y primitiva, la guerra-venganza, la guerra-reivindicadora de un honor mancillado, la guerra librada en nombre del ancestro agraviado, la guerra que daba voz a los muertos.

Esa que evoca Giraudoux en No habrá guerra de Troya, cuando, al abrirse lentamente las puertas de la ciudad, la pequeña Polixena dice, sobrecogida: “Son las sombras de los muertos las que las empujan”. De nuevo: una guerra solo concebible en una sociedad holística y sólidamente cohesionada.

La “venganza por la sangre” establece una solidaridad tácita –más aún, un continuum– entre el mundo de los vivos y el de los muertos. La misión de los primeros es constituirse en la voz de los segundos (“No hay mejor homenaje para un muerto que decir lo que él diría, de estar presente”, reflexiona Pascal).

Los “odios de sangre” –perpetuados como anacronismo en algunas sociedades contemporáneas y en esferas tan acotadas como las grandes familias de la mafia– solo son posibles en una sociedad en la que el individuo es concebido como un glóbulo más en medio de un torrente que lo contiene y al cual se debe íntegramente.

Supone seres que se consideren estrictamente correligionarios, solidarios. El “individuo” (indiviso: noción estrictamente moderna) no existe aún. El hombre de las guerras arcaicas está ligado a los demás miembros de la sociedad por vínculos rituales, atávicos, entrañables. La organización social, su unidad, sus mandatos, su pervivencia, sus códigos prevalecen sobre los derechos individuales (que aún no existen como tales).

Nuestro tiempo. La guerra moderna adviene después que el Estado monopoliza la fuerza policial y la fuerza militar y se impone la noción de justicia pública. El “Estado de derecho” torna anacrónicas las guerras “de sangre”, los rituales “de venganza”, los conflictos dictados por la necesidad de “honrar” (esto es, limpiar la “deshonra”) de los ancestros. La guerra primitiva reposaba sobre el principio del intercambio, de la reciprocidad, del honor póstumamente reivindicado. Precede a la aparición de la ciencia del poder, del Estado administrador de la justicia y monopolio de la fuerza militar.

Era una guerra que socializaba, no disgregaba al individuo. La regía una cadena de alianzas, de lealtades transgeneracionales y, de nuevo, en medio de su cruento salvajismo, expresaba una solidaridad entre los muertos (los caídos, los agraviados) y los vivos (que tenían el deber de tomar su relevo en la estructura social que los contenía).

Este tipo de guerras es, por supuesto, inconcebible en una sociedad desocializada, atomizada, disgregada, incapaz de actuar como un todo, por la simple razón de que ya no se concibe a sí misma como organismo –gemeinschaft–, en el que las partes existen en función del todo, y el todo es inimaginable sin la interacción solidaria de las partes, sino como mera contigüidad y yuxtaposición de individuos insulares, aislados y celosamente protectores de sus libertades privadas (una “federación” de odios, amores, rencores, sueños, temores, ambiciones, apetitos, ideales, venganzas, delirios, afectos).

No intento con ello glorificar la guerra “primitiva”, la guerra previa a la instauración del Estado como negociador de todo intercambio y reciprocidad concebibles. No la considero preferible a la guerra cool de nuestros días. Me limito a señalar la diferencia que cabe establecer entre una y otra. El guerrero anterior al surgimiento del Estado policial y militarizado, el guerrero “de sangre”, “de honor”, “de venganza” no actuaba por codicia.

Fútbol. En su retórica y en sus códigos guerreros, el fútbol nos devuelve a las guerras arcaicas. La noción de “venganza” se traduce en “revancha”. El “gol de la honra” apela a una noción caída, en cualquier otra esfera del quehacer social, en la irrisión.

Es así como la mayor infamia de Brasil en el 2014 consistió en no haber limpiado la ignominia, la vejación del Maracanazo, en 1950: ¡La solidaridad de los vivos con los muertos! Es así también como se declara a la Francia de Platini, en los mundiales de 1982 y 1986, culpable por no haber vengado el escarnio de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

Es así como cada enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra se convierte en oportunidad para cobrarse una factura “de sangre” (simbólica, por supuesto) por la derrota en las Malvinas o –para irnos al origen de la fricción– a las guerras de invasión inglesas en Mar del Plata, en 1805 y 1806.

El fútbol es quizás el único espacio en que la guerra es aún concebida sub specie aeternitatis, según un código de honor que es, a un tiempo, barbárico –por cuanto antes del surgimiento del Estado como monopolio de la fuerza y de la noción de justicia en tanto que normativa pautada, protocolizada, sacralizada– y profundamente vigente para la sociedad posmoderna, cebada en un cinismo en el cual toda solemnidad, toda pomposidad, toda retórica de tal jaez están proscritas.

El fútbol es la guerra devuelta a su manifestación primal, colectiva, social, supraindividual y trascendental –tanto en el tiempo como en el espacio–. Es la guerra como trascendencia, no como inmanencia. Es la guerra “de verdad”… escenificada “de mentirillas”. Como diría Cocteau, “una mentira que dice siempre la verdad”.

El autor es pianista y escritor.