Yalena de la Cruz. 25 abril, 2019

A pocos pasos del bulevar Saint Michel se observa, majestuosa, bordada en piedra. Sus torres, la aguja, el rosetón central, sus pórticos son de inigualable belleza, que se van magnificando con la cercanía. Su plaza nos invita a caminar lentamente hacia el esperado encuentro.

Hay algo de magia, o de divino, al entrar en ella; siempre acogedora. La catedral es un espacio silente, de paz. Algunas persona rezan; otras se ven recogidas en su intimidad y algunas observan las estatuas, los cuadros y sus vitrales, una sinfonía de color, un canto alegre y luminoso. En su ubicación típica, el altar, imponente, con su gran cruz dorada y La pietà tras él, reciben el saludo reverencial de los fieles.

La catedral nunca terminaba de apreciarse. Cada milímetro era una obra de arte, una oración labrada lentamente con evidente mezcla de amor y cincel. Todo detalle en ella estuvo cuidado por los artesanos de la piedra y el vitral para que fuera el más hermoso de los templos porque estaría dedicado a Nuestra Señora de París. Y sí, allí estaba su imagen venerada, con el Niño sostenido en el brazo izquierdo y en su mano derecha, una flor de lis. A diario recibía visitas, ruegos, gratitudes. Yo misma, siempre que pude, la visité; en cada despedida, nunca dejé de pedirle que me llevara a verla de nuevo.

La emoción del encuentro. Fuera, una fila entusiasta nos invitaba a ingresar por la puerta que nos permitiría seguir, una a una, en orden y despacito, las más de 400 gradas de una escalera de caracol de piedra; al final, encontrábamos el campanario y una pequeña terraza donde nos deteníamos en el tiempo para contemplar la vista de la ciudad que parecía rendirse ante su Virgen.

Allá en lo alto, las gárgolas observaban, sigilosas, las dos torres que se alzaban a lo lejos: la Montparnasse, símbolo de la ciudad contemporánea donde los edificios también buscan el cielo; y la Eiffel, que nos hunde en las raíces de la Exposición Universal de 1889 y el espíritu de innovación y grandeza humanas.

La belleza de la catedral era inigualable. No olvido el tañido de la campana Emmanuel ni la armoniosa melodía del órgano; tampoco los sermones de monseñor Lustiger, quien nació judío y su madre murió en Auschwitz. Él sobrevivió al Holocausto por su acogida en un hogar católico.

Paseo interrumpido. Esos recuerdos que llevo en el alma afloran, galopantes, al latido de mi corazón que lee un mensaje enviado desde Irlanda, mientras camino con mi hija en las inmediaciones de La Sabana: “Arde la catedral de Notre-Dame”. Una imagen aterradora del templo en llamas me tatúa las pupilas. No puedo sentarme a llorar; debo continuar mi marcha en ese recorrido de Lunes Santo: con sus 17 meses, Sofía no podría entender por qué rompo a llorar, y prefiero entonces no leer más mientras intento contener mis lágrimas.

Ya en casa, abro el video recibido y veo el fuego ardiente que hace caer la aguja. Un escalofrío me recorre el cuerpo, aún hoy, con solo recordarlo. Empiezo a revisar noticias y a ver las transmisiones en tiempo real.

Los amigos me escriben porque conocen bien mi dolor. Me conmuevo junto con la gente rezando en la plaza mientras, impávida, observa el incendio. Participo en el seguimiento doloroso de las imágenes que nos transmiten los medios de comunicación, de esos desgarradores segundos cuando el fuego avanza.

Hago mi acompañamiento impregnado de impotencia, mientras sigo la lucha incesante de los bomberos que se baten, uno a uno, por salvar la catedral y sus tesoros. Me pregunto: ¿Y la Virgen y los vitrales y las reliquias y…? ¿Acaso la catedral se desplomará por completo como la aguja? No sería hasta el martes, cuando el video de ingreso a la catedral para evaluar sus daños, que la respuesta saldría a la vista: allí seguían la Virgen, la cruz, La pietà, el rosetón. En los siguientes días hemos sabido que casi 500 bomberos rescataron, una a una, las principales reliquias y la mayoría de las obras de arte. ¡Hasta el gallo sobre la aguja se salvó!

El edificio no se derrumbó. Pero la fragilidad de la catedral ante el fuego nos puso en vilo. Como bien lo escribió el editorialista de The New York Times, hubo “lágrimas por el símbolo perdurable de la identidad de un país”.

Notre-Dame es mucho más que su piedra y su vidrio; ha sido escenario privilegiado en la historia francesa y Victor Hugo la universalizó con su pluma, puesto que, en su tiempo, permitió también que afloraran las ayudas económicas para conservarla. Su declaración de patrimonio de la humanidad por la Unesco (1991) reconoce su belleza arquitectónica, su importancia histórica y su trascendencia espiritual.

Audrey Azoulay, directora general de la Unesco, expresó: “Tenemos el corazón roto (...). Notre-Dame representa un patrimonio universal excepcional: histórico, arquitectónico, espiritual, un monumento también del patrimonio literario y un lugar único en el imaginario colectivo”.

Anthea Seles, secretaria general del Consejo Internacional de Archivos, señaló: “El patrimonio cultural, ya sea construido, tangible, intangible o documental, es increíblemente precioso y cuando se daña, roba o pierde, tiene un gran impacto. El patrimonio cultural no solo encarna nuestra historia, sino también nuestras identidades: colectiva e individual”.

Llevo a Francia, con inmensa gratitud, en mi corazón. Por eso también Notre-Dame es mi catedral. Confío en que, como lo anunció el presidente Emmanuel Macron, la renovación y reconstrucción se beneficie del aporte de todos: en ese tanto, seguirá siendo sitio preferente de peregrinación; habrá de seguirnos invitando al silencio y la oración; representará lo mejor de las artes y del trabajo laborioso del artesano; mantendrá su acervo y se nutrirá de la historia que construimos cada día.

La catedral de todos, reconstruida, dará un sentido especial y determinante a lo sublime y a lo mejor de la existencia humana universal, ¡para la eternidad!

La autora es odontóloga.