Óscar Arias Sánchez. 12 mayo

En estos días en que el mundo entero ha volcado su atención en los adultos mayores para protegernos, por ser nosotros la población más vulnerable al nuevo coronavirus, he pensado mucho en las enseñanzas del sacerdote italiano Don Bosco.

Ese hombre santo, del que mucho hemos oído y al que, tal vez, en alguna ocasión hemos elevado nuestras peticiones, fue uno de los más fieles defensores de los niños huérfanos.

Si solo nos hacemos responsables de nuestros propios hijos, sobrinos y nietos, olvidamos que su futuro lo tendrán que compartir con los niños a quienes les negamos hoy nuestra atención.

Esas criaturitas indefensas que guardan en su alma el dolor insoportable de la soledad, y a quienes él les brindó unos brazos dispuestos con quien compartir la carga.

Su legado ha permitido, a lo largo de la historia, un nuevo comienzo para miles de niños costarricenses.

Como Don Bosco cuenta en sus Memorias del oratorio, su vida dio un giro en 1841 cuando, preparándose para celebrar la eucaristía, oyó que el sacristán de la iglesia le pegaba a un joven por negarse a asistir en la misa.

El joven, un huérfano de 16 años, se llamaba Bartolomé Garelli. Don Bosco reaccionó frente a la actitud del sacristán y salvó a Bartolomé de la golpiza.

Luego, le hizo una serie de preguntas, y todas sus respuestas fueron negativas: no estudiaba, no tenía hogar, no tenía un oficio, no tenía familiares, no conocía a Dios.

Desde ese momento, Don Bosco supo que más que un castigo, lo que Bartolomé necesitaba era un techo para vivir y una escuela donde aprender. Don Bosco impartió una lección de catecismo a Bartolomé y lo invitó a rezar con él un avemaría.

Oración. Ese avemaría lo reza, a su manera, cada uno de los hombres y mujeres que han acogido en sus casas y en sus corazones a un niño huérfano.

Ya sea una plegaria católica, evangélica o judía. Ya sea una meditación budista, taoísta o hinduista. Ya sea la reflexión de un no creyente de buen corazón.

A partir del momento en que un niño huérfano ingresa en un hogar, su orfandad disminuye porque disminuye el peso de su soledad.

Son muchos los niños que sufren y que claman por nosotros. Son miles los Bartolomés que aguardan tiritando en una esquina, que miran desolados desde un lecho de cartón y que tanto esperan nuestra ayuda.

Y hoy, a causa de la pandemia de la covid-19, tristemente, serán muchos más.

Si Su Santidad el papa Juan Pablo II dijo que “como marcha la familia, así marcha la nación, y así marcha todo el mundo en que vivimos”, yo quisiera agregar que la nación y el mundo también marchan conforme lo hacen los niños que carecen de familia.

Porque si solo nos hacemos responsables de nuestros propios hijos, sobrinos y nietos, olvidamos que su futuro lo tendrán que compartir con los niños a quienes les negamos hoy nuestra atención.

Porque, aunque nuestros hijos crezcan con libros, otros crecerán con armas; aunque nuestros sobrinos crezcan con juguetes, otros crecerán con drogas; aunque nuestros nietos crezcan estudiando, otros crecerán asaltando.

Y tanto unos como los otros habitarán juntos la casa del mañana.

El valor de ayudar. No debemos construir para nuestros hijos un cuarto aislado en la casa del mañana, no debemos edificarles un fortín en la casa del mañana, no debemos establecer muros en la casa del mañana.

Nuestros Pedros, Antonios, Sofías, Alejandras o Natalias habitarán al lado de nuestros Bartolomés. Hoy, debemos ser nosotros quienes brindemos unos brazos dispuestos a compartir la carga.

Por eso, tenemos que tomar decisiones sabias en la construcción de esa casa. Cada vez que logramos que un niño lea un libro o que un joven utilice una computadora, mejoramos esa casa.

Cada vez que salvamos a un niño del hambre o a un joven de las drogas, mejoramos esa casa.

Cada vez que damos una donación a miles y miles de niños que se han empobrecido a causa de la pandemia, mejoramos esa casa.

Cada vez que contribuimos con nuestros impuestos a mejorar la calidad de la educación, mejoramos esa casa.

Cada vez que llevamos pan a un niño de la calle, mejoramos esa casa.

Espero que la casa del mañana sea el altar donde diariamente recemos, como Don Bosco, un avemaría, para que la madre de la que nunca seremos huérfanos nos ayude a construirla más segura, más libre, más llena de posibilidades para todos los niños de Costa Rica.

El autor es expresidente de la República.