Stella Schaller y Alexander Carius. 12 abril

BERLÍN– Ya se dieron a conocer los resultados de las primeras encuestas. Las próximas elecciones al Parlamento Europeo podrían arrojar un resultado en el cual un 25 % de los escaños quedaría en manos de fuerzas populistas de la derecha euroescéptica, como, por ejemplo, el Partido Liga Norte de Italia, el Rally Nacional de Francia (anteriormente el Frente Nacional) y el Partido Alternative für Deutschland de Alemania. Debido a que dichos partidos ya son miembros de coaliciones gobernantes en siete Estados miembros de la Unión Europea y, por tanto, influyen en las agendas políticas nacionales y europeas, se hace evidente el riesgo al que se enfrenta la política de cambio climático.

Según un nuevo informe, siete de los 21 partidos populistas de derecha en Europa cuestionan explícitamente la ciencia del clima, mientras que 11 no adoptan una postura o tienen un enfoque inconsistente. Durante los dos últimos períodos legislativos, la mayoría de los partidos populistas de derecha votaron en contra de todas las propuestas relativas a políticas de la Unión Europea sobre cambio climático y energía sostenible.

Mientras tanto, las consecuencias de la inacción, que ya crece en gravedad en muchas partes del mundo, están comenzando a hacer mella en Europa. Las sequías extremas del verano pasado contribuyeron a los incendios forestales en Grecia, Portugal y Suecia, así como a las malas cosechas en los países bálticos, Alemania, Irlanda, los Países Bajos, Escandinavia y Escocia. Los peces se sofocaron en el río Rin. Las pérdidas económicas, particularmente en la producción agrícola y el transporte marítimo nacional, ascendieron a miles de millones de euros.

Estos son meros anticipos de lo que vendrá, si no se toman medidas vigorosas con urgencia. No obstante, en lugar de abordar el desafío climático, los partidos populistas de derecha están tratando de ganar apoyo atizando las frustraciones existentes con respecto a las “élites gobernantes”. Esto se ejemplifica a través de la votación del año 2016 en el Reino Unido a favor de salir de la UE y, más recientemente, las violentas protestas de los “chalecos amarillos” en Francia.

Sin embargo, las narrativas de los populistas a menudo reflejan, intencionalmente o no, un diagnóstico erróneo de la situación de Europa. Sí, en verdad, se elevó pronunciadamente la desigualdad, pero ese no es el resultado de políticas excesivamente inclinadas a la izquierda. El problema real es el pensamiento económico divisivo que considera la competencia como la característica definitoria de las relaciones humanas.

El hábito populista de demonizar todas las políticas progresistas, incluidas aquellas destinadas a promover la sostenibilidad, solamente hará más daño. Pero también causará daño hacer caso omiso a todas las críticas a la política climática que emiten los populistas. A pesar de su estructura manipuladora, esas críticas a menudo reflejan preocupaciones legítimas.

Uno no puede negar, por ejemplo, que el debate sobre el clima, hasta ahora, ha sido en gran medida tecnocrático, descuidando a menudo las realidades sociales. Pero, al reforzar la impresión de que la acción del clima es una estratagema para beneficio de la élite, la retórica populista ha exacerbado la desconfianza en los gobiernos, el multilateralismo e incluso la ciencia, erosionando así el fundamento de una acción del clima eficaz.

Los partidos políticos de las corrientes dominantes, y los defensores de la acción del clima en general, deberían comprender mejor por qué las críticas de los populistas resuenan en tantas personas. En particular, deben reconocer que, sin una gestión adecuada, los esfuerzos para avanzar en la globalización y hacer frente al cambio climático pueden acarrear costos elevados e injustamente distribuidos. Ese es precisamente el mensaje que se suponía que enviarían las protestas de los “chalecos amarillos”, que fueron generadas por un aumento del impuesto sobre el combustible que no estaba integrado dentro de una reforma social más amplia o una estrategia redistributiva. Para reconstruir la confianza, los responsables de la formulación de políticas deberían debatir sobre concesiones mutuas, así como también reconocer las incertidumbres de manera más transparente.

Hasta cierto punto, este mensaje ya está siendo escuchado. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, el Nuevo Acuerdo Verde en Estados Unidos y el movimiento de “transición justa” apuntan a garantizar que las estrategias climáticas no solo sean eficaces, sino que también sean justas e integradas en marcos de políticas holísticos. Sin embargo, se debe hacer más. Por ejemplo, la cooperación energética europea debería hacer hincapié en la diversificación y la integración de la red de electricidad para beneficiar a las regiones periféricas y los segmentos más pobres de la sociedad, así como en la reducción de las importaciones de energía.

No obstante, incluso a medida que tomamos en cuenta críticas legítimas, debemos rechazar los efectos destructivos de las narrativas populistas, que a menudo se caracterizan por el alarmismo y el oportunismo. Esto requerirá que los defensores de la acción del clima promuevan narrativas alternativas que fomenten el entusiasmo por un verdadero cambio político y social. Se debe persuadir a los votantes de que la acción del clima se convertirá en un medio para elevar el nivel de vida, promover la justicia social, garantizar un entorno saludable, modernizar la economía y aumentar la competitividad.

Es posible que los partidos populistas de derecha vayan a ganar terreno en las elecciones de mayo en el Parlamento Europeo. Sin embargo, eso no significa que la acción del clima deba desmoronarse a mitad del camino. La clave del éxito es para aquellos que reconocen la importancia vital de la acción del clima con respecto a avanzar en cuanto a estrategias sólidas y creíbles centradas en la equidad social y económica. Esta clave es colocar dicha acción del clima en el centro de una nueva narrativa política europea; una transición climática justa podría ayudar a Europa a escapar de caer en la trampa populista.

Stella Schaller: es gerenta de proyectos en el campo de la diplomacia climática en Adelphi, un grupo de expertos con sede en Berlín.

Alexander Carius: es fundador y director general de Adelphi.

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