Miguel Martí. 23 mayo

La covid-19 tiene una particularidad: una vez en nuestro organismo puede permanecer escondida, agazapada, oculta para, desde esa aparente ausencia, saltar a otros seres humanos.

El virus nos da un remezón de conciencia y provoca en nosotros un esclarecimiento ético; nos obliga a asumir la responsabilidad de que, dependiendo de cómo cada uno elija ejercer su libertad, puede contagiar y hasta causar la muerte a otras personas.

La pandemia nos recuerda dramáticamente un imperativo moral: asumir que yo, como individuo, tengo responsabilidad por el otro. Un imperativo que, por lo demás, se nos viene inculcando desde hace siglos. “¿Dónde está tu hermano?”, es la pregunta que, según la Biblia, le hace Jehová a Caín.

Sin embargo, la forma histórica concreta como ese impulso primigenio de “cuidar del otro” se materializó en sociedades particulares ha variado muchísimo a lo largo de los siglos.

Durante centurias, hubo seres que no fueron humanos, como los esclavos, los siervos en el Medioevo, los prisioneros de guerra y, en no pocas sociedades, las mujeres no fueron consideradas plenamente humanas.

Incluso hoy, recurriendo a justificaciones religiosas, en muchas partes del mundo, mujeres ven su humanidad seriamente limitada.

El individuo. Más recientemente, tanto en el totalitarismo de derecha de Hitler como en el totalitarismo de izquierda de Stalin, la conciencia del individuo se suprimió en favor del “líder supremo”, quien personificaba pretendidas “causas trascendentes”, como la superioridad racial, en el caso del nazismo, o la inevitable victoria del proletariado, en el caso del comunismo soviético.

Aún hoy, en Corea del Norte, existe un régimen monárquico familiar con un “supremo líder” elevado a categoría de “divinidad”.

Pero si en esas ideologías se suprimió al individuo, también existen las que lo exaltan hasta prácticamente pretender anular toda noción de contrato social.

“Exijo que me devuelvan mi libertad”, decía hace apenas unos días la pancarta de un manifestante en Estados Unidos, quien, armado con un fusil de asalto, exigía el inmediato levantamiento de las medidas de confinamiento y de distanciamiento social, en momentos cuando en ese país hay más de un millón de contagiados y los muertos superan en mucho la cantidad de vidas perdidas en los cerca de ocho años de guerra en Vietnam… y siguen aumentando.

También el filántropo George Soros ha señalado el inconmesurable sufrimiento que ha producido el capitalismo, en términos de muerte, desempleo, pobreza y destrucción ambiental, cuando se le ha librado de regulaciones que buscan el bien social y este se desboca en una loca y frenética carrera en pos del lucro individual.

No por casualidad son cada vez más numerosas las voces que advierten de que la principal amenaza para nuestra sostenibilidad como especie es la creciente desigualdad a escala planetaria.

Fusión de ideas. Pero cuando volvemos la mirada hacia nosotros mismos como sociedad, encontramos que en Costa Rica, por razones que no voy a desarrollar en este artículo, hemos manifestado una voluntad casi instintiva por la solidaridad y por “cuidar del otro”.

La patria que aún hoy disfrutamos —aunque amenazada— es el resultado de una alianza entre un líder que provenía de la oligarquía, el doctor Calderón Guardia; de un arzobispo, monseñor Sanabria; y del principal dirigente comunista, Manuel Mora.

Ellos materializaron una alianza que fue, es y seguirá siendo impensable en cualquier otro país del mundo. Y, por las contradicciones que generó, suscitó un enfrentamiento armado saldado con que el ganador, Pepe Figueres, no solo no elimina sino que adopta y fortalece las principales reformas sociales de los vencidos, como el Código de Trabajo y la creación de la Caja Costarricense de Seguridad Social, y las amplía y consolida con medidas como la abolición del ejército y la creación del Tribunal Supremo de Elecciones y del Instituto Costarricense de Electricidad, entre otros.

Pero ellos no actuaron por generación espontánea, también fueron herederos de una tradición de búsqueda de libertad con justicia social.

Ahí, estaban Ricardo Jiménez y Cleto González, como también el general Volio. Por su parte, el principal dictador de nuestra historia, Tomás Guardia, abolió la pena de muerte en 1882 y decretó que “la vida humana es inviolable”, precepto literalmente incorporado en nuestra Constitución.

Y, en 1869, Jesús Jiménez incorporó a la carta fundamental “la enseñanza primaria de ambos sexos gratuita, obligatoria y costeada por el Estado”.

Ellos, a su vez, fueron herederos de la voluntad primigenia de vivir en paz respetando al otro, que se manifiesta desde nuestro primer minuto como república: en noviembre de 1821, los delegados de las poblaciones de Costa Rica nombraron una comisión para que redactara un plan de gobierno provisional que sirviera como “nudo de concordia” entre todas las poblaciones representadas.

Es así como el 1.° de diciembre de 1821 se aprobó nuestra primera Constitución y se le llamó Pacto de Concordia.

Renovación. Casi 200 años más tarde, la historia nos coloca a nosotros —a usted y a mí— ante el desafío de renovar y fortalecer nuestro “nudo de concordia”.

¿Estaremos a la altura de nuestros antepasados? ¿Nos alzaremos en este momento aciago al nivel de quienes nos legaron esta patria bendita que empezamos hoy a valorar de un modo como no lo hacíamos en muchos años?

Quiero pensar que sí. Que una vez más asombraremos al mundo con alianzas extrañas, únicas, singulares e impensables, pero que nuestra historia nos enseña que son posibles en Costa Rica.

No escuchemos las voces destempladas y estridentes, no importa de dónde o de quién procedan. La historia, de nuevo, convoca la serenidad, la racionalidad y el respeto para, una vez más, pactar a favor de nuestra concordia.

Y sí, en democracia, los pactos son necesarios. Para salir de esta crisis nadie sobra y todos son necesarios. Hasta el momento, el enemigo mortal que nos amenaza nos ha obligado a estar más unidos.

El distanciamiento social es una medida sanitaria que, finalmente, se flexibilizará, pero el acercamiento político es y será cada vez más vital, literalmente, para salir airosos de la crisis económica y social en la que estamos.

No es necesario convocar una asamblea constituyente. Por una parte, tenemos una Asamblea Legislativa que ha sabido estar a la altura de los tiempos y estoy seguro de que seguirá estándolo.

Pero no es suficiente. También podemos poner a funcionar una instancia que en otros países, especialmente europeos, ha demostrado ser de inmensa utilidad para nosotros: el Consejo Económico y Social (CES), que sería un órgano formal y permanente al cual los principales sectores del país presentarían sus propuestas y pactar — ¡sí, pactar!— amplios acuerdos vitales para nuestro futuro.

Ahí, estarán sindicalistas y empresarios, solidaristas y cooperativistas, académicos y representantes de organizaciones de la sociedad civil.

Anteponiendo los intereses generales a los particulares, y con la participación de todos, podemos y debemos ser capaces de construir un nuevo Pacto de Concordia que nos permita seguir viviendo en una patria aún más libre, más justa y más inclusiva.

El autor es filósofo.