Columnistas

Página quince: Guti

Su risa tranquila, expansiva, y su manera de prestar atención a los demás harán falta siempre

Francisco de Paula Gutiérrez Gutiérrez, como tantos otros costarricenses, nos dejó en estos días por culpa de la maldita enfermedad.

Es mucho, muchísimo, lo que debe escribirse de él como intelectual, como líder en la política pública, como persona importante en el debate y la toma de las decisiones económicas en el país. Espero que la prensa y muchos otros hagan esa labor.

Hoy mi propósito no es ese. Escribo más bien sobre el amigo, el mentor, la persona que tanto admiré, a quien tanto quise y a quien tanto le debo.

Para mí, perder a Guti es como arrancarme un pedazo. Fue un perfecto hermano mayor (como si no tuviera yo ya otros cuatro, maravillosos). Mi profesor en la Universidad de Costa Rica (UCR), luego mi jefe, mi socio en Consejeros Económicos y Financieros. S. A. (Cefsa), compañero en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (Incae) y hasta en el gobierno.

Mi vecino, cuando decidimos construir casa juntos, y hasta mi padrino de bodas.

Antes, mucho antes de todo eso, amigo de mis hermanos, al punto que fue en la calle frente a mi casa donde dejó el pedazo de diente que le faltaba, por enrollar un trompo en el mismo lugar donde otros estaban mejengueando.

Preocupación continua. Siempre vivía acongojado por los demás, preocupado por hacer su parte y más. No había manera de que entendiera que a veces nos tocaba a otros jalarle un poquito de la carga a él. Hasta en la víspera de internarse tuvimos esa discusión.

Para mí siempre fue el modelo profesional, como amigo y como persona. Y, aunque infructuosamente, intenté e intentaré siempre ser como él. La persona que más admiré. Me siento bendecido por que fuera parte de mi vida, y honradísimo de que pude ser parte de la suya.

Estoy triste de que se vaya, y más triste de la tortura de su enfermedad. Lo único bueno de todo esto es que no sufre más. Y, claro, la tranquilidad de la salvación, porque si mi mamá y Guti no están en el cielo, es que no hay.

Las personas (Guti, la primera), que como mentoras guiaron mi vida profesional, terminaron siendo, por añadidura, amigos queridísimos, y más admirados por quien eran privadamente que por sus méritos profesionales.

No quiero pensar en lo que habría sido mi carrera si Guti no se me hubiera atravesado en el camino. Su impacto en mi vida, profesional y personal, fue enorme.

Marcados. Como he oído decir a centenares de amigos y de exalumnos en estos días, que intuyen que a mí también hay que darme el pésame, Guti dejaba una marca indeleble en la vida de la gente.

Además, daba un constante ejemplo de todo. La última conversación larga que tuvimos fue, además, la única vez en la vida en que lo regañé yo a él —siempre era al revés—, precisamente por haber ido ahí, donde se contagió.

Toda su vida fue simplemente ejemplar.

Las personas tenemos nuestro estilo, y en el de Guti y el mío no estaba decirnos ciertas cosas. No fue hasta que estaba internado, por WhatsApp, que le dije, por primera vez, con esas palabras, que lo quería mucho.

Intuí bien, porque ese fue el último de mis mensajes que leyó antes de entrar a la unidad de cuidados intensivos.

Ahora nos toca a muchos sanarnos esta herida. Pero con una enorme calma en el corazón. El día de su fallecimiento, velándolo, no paré de llorar, como los demás presentes, pero varias veces nos reímos.

Hay gente que anda por la vida sin deber ni temer nada, seguros de sus pasos, con una tranquilidad que no viene de la irresponsabilidad, sino, por el contrario, de una vida bien vivida y bien cumplida. Guti era así; el que más. Su risa tranquila, expansiva, y su manera de prestar atención a los demás harán falta siempre.

Y al irse nos dejó a todos —amigos y familia— la sensación que queda cuando uno termina un libro que le encantó... con una enorme sonrisa en la boca y, a la vez, con tristeza, porque llegó a la última página, excepto que, en esta ocasión, no podré volver a leerlo.

El autor es economista, decano del Incae.

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