Miguel Ángel Rodríguez. 6 julio

Al llegar al gobierno, se limita la libertad de quien fue aspirante, pues el cargo impone responsabilidades. No es lo mismo ser un académico cuyas ideas sirven para ser contrastadas con otras en el debate intelectual, que un gobernante cuyas decisiones determinan el actuar del Estado.

Quienes no estamos en el gobierno también debemos limitar nuestra conducta porque somos responsables de defender la cultura democrática. Siempre habrá extremistas, personas dominadas por la emoción momentánea, con poco recurso para razonar, y demagogos dispuestos a usarlas. Mas al gobierno y a los ciudadanos nos corresponde evitar las trampas del populismo y la pasión emotiva que dan al traste con la democracia y el Estado de derecho.

La mesura y la prudencia son hoy aún más importantes en defensa de la vida civilizada, pues en el mundo occidental enfrentamos las amenazas derivadas de la antipolítica, de la cultura del entretenimiento, del desprecio por las normas sociales de convivencia gestadas durante siglos de evolución, del desdén por la opinión informada de los expertos y del menosprecio de los hechos y las políticas públicas fundamentadas en la evidencia.

Responsabilidad de gobernantes y dirigentes. Prever es una virtud que nos caracteriza y ha determinado nuestros éxitos pasados. Hacerlo es indispensable para priorizar adecuadamente.

Dentro de las responsabilidades de gobernantes y dirigentes políticos es principal la de saber priorizar sus acciones según las necesidades insatisfechas de la sociedad que el gobierno debe enfrentar. No se debe prestar atención igual a todo porque eso impide enfocar la acción gubernamental en lo más importante y urgente.

Priorizar es aún más necesario cuando un país sufre una situación económica en la cual crecen el desempleo y la informalidad, la pobreza está estancada y la sociedad está frustrada y enojada.

Pero no menos que prever y priorizar, el gobernante debe actuar con prudencia. Cada acción que es eficaz en hacer cambios, casi que indefectiblemente tiene adversarios: unos, porque lastima sus intereses; otros, porque proviene de alguien a quien le tienen ojeriza; aquellos, porque les dio la gana.

No se puede avanzar en lo más urgente si disparamos con escopeta y unimos los diversos adversarios potenciales. La prudencia nos manda escoger los adversarios para cada día.

Sufrimos hoy las consecuencias de no haber sabido prever adecuadamente las urgencias de nuestro tiempo y tener costos y dificultades al enfrentarlas. También nos dificulta la convivencia social, la falta de priorizar y de enfocar las acciones. Esto genera al gobierno coaliciones amplias de adversarios prontos a protestar, cada uno con sus válidas razones. Unidos configuran una formidable oposición.

Dispersión. ¿Cuáles son las alternativas que los grupos que se sienten agredidos proponen? Tantas como los diversos grupos afectados, y ninguna que sea una solución para los diversos problemas, ni que pueda configurar una “voluntad general” para orientar al país.

Para peores, algunos de los grupos, justa o irrazonablemente enfurecidos, recurren a la violencia y atropellan los legítimos intereses y los derechos de otras personas a quienes se les impide la libre circulación y el ejercicio de las libertades que el Estado debe garantizar.

La solución no puede ser la democracia iliberal que otorga a una minoría, o incluso a una mayoría (generalmente efímera), la potestad de irrespetar las normas de convivencia fundamentales del Estado de derecho, la cual destruye las instituciones que tantos siglos, sangre y pensamiento ha costado ir desarrollando. Tampoco es solución el liberalismo antidemocrático que otorga el poder a una oligarquía, por culta y aristocrática que pretenda ser. Acabaría sucumbiendo a las enfermedades que genera el poder.

El gobierno debe cambiar su rumbo. Debe enfocar su atención en los problemas de desaceleración económica, desempleo e informalidad. Los académicos debemos abandonar la torre de marfil y afrontar con realismo y objetividad los problemas más serios de la nación, deseosos de asumir nuestras responsabilidades.

Los políticos debemos ser constructivos y no tratar de surgir destrozando a los demás. Los empleados públicos deben entender las demandas del bien común y no solo sus intereses sectoriales.

Los productores deben responder a sus retos de ser eficientes y competitivos. Los ciudadanos debemos ser tolerantes y razonables, y dominar nuestras pasiones y toda violencia material y verbal. Todos debemos respetar los derechos de los demás.

La conveniencia propia de cada grupo, el patriotismo y la hora que vive Costa Rica nos lo demandan.

El autor es expresidente de la República.