Mark Leonard. 25 abril

BERLÍN– Una teoría muy difundida sostiene que las elecciones de mayo para el Parlamento Europeo serán el “tercer acto” en el drama populista que empezó en el 2016 con el referendo por el brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump en los Estados Unidos. Según nos dicen, se avecina un gran duelo entre las fuerzas de la sociedad “abierta” y de la sociedad “cerrada”, en el que se juega el futuro de la Unión Europea. Todo esto suena muy verosímil. Pero está totalmente equivocado.

El brexit y la victoria de Trump llevaron a muchos analistas políticos a concluir que los votantes europeos también abandonarían los partidos tradicionales para unirse a nuevas tribus identitarias. Pero en Estados Unidos, las divisorias políticas y regionales están tan arraigadas que afectan cuestiones como el lugar donde uno trabaja, con quién se casa y qué visión tiene del mundo. En el Reino Unido hace rato empezaron a aparecer divisorias similares entre norte y sur, jóvenes y viejos, habitantes urbanos y rurales, graduados y no graduados.

La política europea es más fluida. Una encuesta reciente del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) y YouGov en la que participaron casi 50.000 votantes de 14 Estados miembros de la Unión Europea sugiere que el mejor modelo para comprender a Europa en el 2019 no es ni Estados Unidos ni el Reino Unido, sino Poniente, el principal escenario de la serie de HBO Game of Thrones (Juego de tronos). En vez de estar dividido en tribus estables, el paisaje político europeo es un campo de batalla impredecible en el que se enfrentan alianzas que cambian todo el tiempo; la característica que lo define es una volatilidad radical.

Más que alejarse del centro hacia los extremos, la política europea se está abriendo en todas direcciones: de izquierda a derecha, de antisistema a estar a favor del establishment, etcétera. Las opciones electorales de mayo son tan inciertas que la mitad de los encuestados dijeron que directamente no irán a votar. Otro 15 % todavía no sabe si irá, y del 35 % que ya tiene intenciones de votar, un 70 % no decidió por quién. En cifras absolutas, en mayo hay unos cien millones de votos que todavía no tienen dueño.

A diferencia de la elección presidencial del 2016 en Estados Unidos y del referendo por el brexit, aquí la cuestión migratoria no será determinante. En general, la mayoría de los europeos no consideran que la migración sea tema central para su país. Hay otras cuestiones igualmente importantes que incluyen la economía y las amenazas planteadas por el nacionalismo, el radicalismo islámico, el cambio climático y la belicosidad de Rusia.

De modo que los analistas se equivocan al presentar la elección como una batalla entre globalistas proeuropeos y nacionalistas euroescépticos, aunque esa descripción se aplica a la segunda ronda de la elección presidencial del 2017 en Francia, cuando Emmanuel Macron le propinó una rotunda derrota a Marine Le Pen del ultraderechista Frente Nacional (ahora llamado Alianza Nacional).

La encuesta de ECFR/YouGov indica que para una gran mayoría de los europeos no hay una disyuntiva tajante entre la identidad europea y sus respectivas identidades nacionales. De hecho, hasta los partidos nacionalistas se dieron cuenta de que ambas identidades están ligadas, y por eso dejaron de promover el abandono del euro o la salida de la Unión Europea.

La cuestión real que preocupa a la mayoría de los europeos es su relación con el “sistema”: casi tres de cada cuatro ciudadanos de la Unión Europea creen que el sistema político ya no funciona, sea en el ámbito nacional, en el de la Unión Europea o en ambos. La actitud de cada votante ante esta cuestión es fundamental para entender su voto.

Según la taxonomía de Game of Thrones, los votantes europeos se pueden dividir en cuatro grandes grupos. El primero son los Stark, que creen que el sistema todavía funciona, y que el verdadero cambio se logra con la participación política y el voto. La Casa Stark comprende el 24 % del electorado europeo y tiene su bastión en el norte (en concreto, Alemania, Dinamarca y Suecia).

El segundo grupo son los “gorriones”, que piensan que la política ya no funciona ni a escala de la Unión Europea ni dentro de los Estados miembros. Las vertientes más radicales de este grupo incluyen movimientos de protesta como los “chalecos amarillos”, quienes igual que los revolucionarios en Game of Thrones, quieren depurar al sistema de su corrupción y empezar de nuevo. Los gorriones comprenden el 38 % del electorado, y son particularmente comunes en Francia, Grecia e Italia.

El tercer grupo son los “inmaculados”, que en Game of Thrones, tras ser liberados de la esclavitud, se convierten en seguidores de Daenerys Targaryen, madre de dragones. En la Unión Europea este grupo se corresponde con los votantes que rechazan un nacionalismo cerrado y buscan sentido en el internacionalismo y en los proyectos transnacionales. Creen que el problema está en sus respectivos sistemas nacionales y que la solución está en Bruselas. Los inmaculados son el 24 % del electorado y están bien representados en Hungría, Rumania, Polonia y España.

El último grupo son los “salvajes”, que “viven más allá del muro”. Pese a la atención que reciben de la prensa estos nacionalistas euroescépticos, solo forman el 14 % del electorado. Su presencia tiende a ser fuerte en Dinamarca, Austria e Italia.

La disyuntiva fundamental para todos estos grupos no es en realidad entre una “Europa abierta” y unos “Estados‑Nación cerrados”, sino más bien la cuestión de si el statu quo todavía funciona y en qué contextos. Si existe un gran parecido entre Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea es que ahora los partidos políticos están más concentrados en movilizar a su propia base electoral que en tratar de ampliarla convenciendo a otros votantes para que se les unan. Es decir, que en la elección para el Parlamento Europeo muchos partidos políticos se concentrarán en los 149 millones de personas que no están seguras de si irán a votar.

Pero eso no bastará. Para derrotar a los partidos populistas y nacionalistas, los candidatos de los partidos tradicionales europeos tendrán que traer a algunos de los gorriones y de los salvajes de nuevo al sistema y ponerlos de su lado. Eso demanda que se posicionen como agentes creíbles de cambio.

A fin de cuentas, las condiciones en que se ganarán o perderán estas elecciones serán sumamente locales; lo que funcione para los partidos tradicionales en algunos lugares no funcionará en otros. Las batallas más importantes serán en países gobernados por euroescépticos, como Hungría e Italia, y en aquellos donde los proeuropeos han sufrido un retroceso político, como Francia. Este juego apenas comienza.

Mark Leonard es el director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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