Mark Leonard. 22 febrero

BERLÍN– Cuando el Reino Unido votó en el 2016 por abandonar la Unión Europea, los responsables de las políticas y líderes políticos en toda Europa temieron que pronto ellos también enfrentarían una crisis similar.

Les preocupaba un efecto dominó por el cual los movimientos y políticos populistas lograrían que otros Estados miembros abandonaran, uno tras otro, el bloque, revirtiendo un proceso de décadas de integración europea.

Pero, por lo menos hasta hace poco, el brexit produjo la situación opuesta. Para sorpresa de todos, la Unión Europea disfrutó dividendos por el brexit en los años posteriores al referendo británico.

Los europeos observaron como el Reino Unido se sumía en el caos político: los británicos, literalmente, acopiaban alimentos y medicamentos por miedo a lo que el futuro podría depararles.

Los Estados miembros, que habitualmente lograban muy pocos acuerdos, repentinamente se vieron unidos tras la estrategia de negociación de la Comisión Europea.

El apoyo entre los europeos se disparó. El nuevo chiste era que gracias al presidente estadounidense, Donald Trump, y el brexit, Estados Unidos y el Reino Unido habían salvado a los europeos de sí mismos por tercera vez en un siglo.

Pero es posible que, en vez de evitar una crisis en toda la Unión, “el divorcio” solo haya diferido la inevitable hora de la verdad. En las conversaciones con presidentes, primeros ministros y ministros de Relaciones Exteriores europeos durante la Conferencia de Seguridad en Múnich este año, fue posible detectar un miedo palpable a que los costos del brexit pronto comenzaran a superar sus beneficios.

Muchos políticos con alcance nacional y responsables de las políticas internas de la Unión Europea se preocupan ahora porque el dividendo pueda tornarse una carga.

Habiendo alcanzado el acuerdo sobre el período de transición, el gobierno del primer ministro británico, Boris Johnson, se encuentra en la extraña posición de poder afirmar que “logró el brexit” sin haber asumido realmente ninguno de los sacrificios necesarios para abandonar la Unión.

Hasta el 31 del diciembre de 2020 las empresas británicas continuarán teniendo acceso ilimitado al mercado común de la Unión Europea, el Reino Unido seguirá formando parte de la unión aduanera y los ciudadanos británicos podrán viajar libremente por Europa.

Por el momento, entonces, los costos reales del brexit han sido básicamente nulos. Por eso, un día después de que el Reino Unido se retirara formalmente de la Unión Europea, el periodista probrexit Daniel Hannan pudo regodearse y tuitear: “Un día ya y, de momento: no hay disturbios por alimentos, / no faltan medicamentos, / las autopistas no se paralizaron, / no hay campamentos de inmigrantes en Kent, / los precios de las viviendas no colapsaron, / no aumentaron los impuestos de emergencia, / no hay guerra mundial. / ¿No habían dicho ‘No es Proyecto Miedo, sino Proyecto Realidad?'”

Con una masiva mayoría parlamentaria de 80 escaños, Johnson ha podido presentarse como un mejor estadista y alguien más dinámico que sus contrapartes europeas, muchas de las cuales deben lidiar con crisis políticas propias.

En Alemania, los dos partidos políticos más importantes continúan sufriendo un psicodrama gracias a los desafíos que plantean Los Verdes desde la izquierda y la Alternativa para Alemania desde la (extrema) derecha.

En Francia, el presidente, Emmanuel Macron, procura ejecutar una difícil reforma jubilatoria y probablemente reciba un golpe en las próximas elecciones locales el mes que viene. España e Italia, mientras tanto, tienen gobiernos débiles y divididos.

Además, Johnson está preparando un paquete de políticas económicas populistas, que no olvida estímulos fiscales y dádivas para sus electorados preferidos, al estilo de Trump.

La idea es producir una mejora económica que deje al Reino Unido en condiciones de obtener resultados superiores a los de la zona del euro, al menos a corto plazo.

Si la táctica funciona, los partidos populistas en otros Estados miembros de la Unión Europea verán nuevamente a los británicos como un modelo (en vez de como una historia aleccionadora) para sus propias causas euroescépticas.

Para empeorar aún más las cosas, a los líderes europeos les resultará mucho más difícil mantener el impresionante nivel de unidad intra Unión Europea logrado por Michel Barnier, negociador en jefe del bloque europeo para el brexit durante la primera fase de las negociaciones.

Una vez que la Unión Europea comience a negociar los detalles de un acuerdo comercial y de inversión con el Reino Unido, los modelos económicos y necesidades de seguridad divergentes de los Estados miembros del norte, sur, este y oeste serán mucho más difíciles de reconciliar. El gobierno de Johnson no dudará en aprovechar esas divisiones.

Y, sin embargo, no cabe duda de que el brexit acelerará la caída del Reino Unido, a mediano y largo plazo y, debido a eso, el país será más pobre, más inseguro y menos influyente.

Aunque la transición fue diseñada específicamente para evitar un cambio abrupto o una crisis puntual, será recordada inevitablemente como un período en que se perdieron oportunidades para desacelerar la continua caída del Reino Unido hacia un provincialismo mediocre.

Por ahora, sin embargo, la infecciosa cordialidad y el pavoneo público de Johnson —quien promociona los beneficios políticos del brexit e ignora los costos que se avecinan por abandonar el mercado común— ocultarán esta decadencia.

En la próxima ronda de negociaciones, al ministro francés de Relaciones Exteriores, Jean-Yves Le Drian, le preocupa si los británicos y el resto de países del bloque intentarán “hacerse pedazos”.

Mientras el destino político de Johnson depende de mostrar el brexit como un éxito sin costos, los intereses de la Unión Europea son exactamente opuestos. Cuanto peor se vea el brexit, más fácil será rechazar los desafíos euroescépticos en el seno de bloque.

Los líderes europeos están construyendo una nueva narrativa para mostrar que el Reino Unido sufrirá a causa de su decisión. Incluso, con tantas otras crisis en ciernes —desde las guerras comerciales y tecnológicas hasta el cambio climático y el resurgimiento del Estado Islámico— la necesidad de convencer a los votantes europeos de que el brexit fue una mala idea adquiere nuevamente una importancia fundamental.

Mark Leonard: es director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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