Rafael Ángel Herra. 5 octubre, 2019

Con el paso de los años, los viajes alucinógenos se quedaron en lo banal y subjetivo o llevaron a la tragedia, a los crímenes y a la guerra contra las drogas. Pero no siempre fue así, y, como en todas las cosas, hubo un comienzo. Fue algo de mal gusto, al menos en Costa Rica.

En 1968, si no recuerdo mal, ocurrió un episodio cuya trascendencia podemos hoy contextualizar e interpretar mejor.

Una joven recién graduada obtuvo una beca para continuar estudios en Europa. Poco antes del viaje, los amigos le organizaron una despedida donde la pasarían muy bien. Pero no la pasaron bien porque irrumpió la Policía. El lector podrá imaginar que el motivo de este desenlace fue el ritual con el cual creyeron emanciparse muchos jóvenes en aquella época: la yerba, la misma que se comercializa hoy libremente en Canadá y Europa.

Muchas cosas sacudieron la historia estancada desde los años posteriores a la guerra civil de 1948. Había tenido lugar el Concilio Vaticano II, se agudizaba la guerra de Vietnam y, con ella y contra ella, la protesta militante en Estados Unidos y en Europa.

Quizás alguien llegó con el cuento a la Policía e informó que en tal casa de tal pueblo se celebraría una fiesta donde tendrían lugar hechos tan reprochables y modernos como echarse unos pitillos. La historia fue comida de las buenas conciencias (igual lo sería hoy en Facebook, también sin posibilidad de respuesta proporcionada al daño moral). Mala sangre. Los sueños de la chica se desplomaron.

Reciente importación. Veámoslo desde otra perspectiva: que elevarse hacia viajes psicodélicos se convirtiera en algo chic contra viento y marea fue una de las más recientes importaciones al país desde centros que siempre fueron focos de prestigio.

De igual forma, los jóvenes empezaron a sentirse modernos vistiendo ropajes provocadores, adoptando ciertas prácticas, alucinando. Poco tiempo antes, la marihuana pertenecía a la canalla, a los desarrapados de los barrios marginales y borrachines de los alrededores del mercado.

De pronto, como caído del cielo, ir a buscar hongos al Bosque de la Hoja y echarse una fiesta con yerba se convirtió en algo a la moda entre cierta juventud. Acababan de llegar los hippies. Los hippies abrieron el horizonte de un país arropado en el alma pseudopuritana. Pero no solo ellos.

Muchas cosas sacudieron la historia estancada desde los años posteriores a la guerra civil de 1948. Había tenido lugar el Concilio Vaticano II, se agudizaba la guerra de Vietnam y, con ella y contra ella, la protesta militante en Estados Unidos y en Europa.

El mundo se había trastornado, crecía la tensión en Centroamérica, la Guerra Fría se agudizaba. Se liberaba la gente de color en Estados Unidos, forzando a la democracia a hacerse valer frente a los restos esclavistas de los tiempos fundacionales. Se pusieron sobre el tapete los derechos de las mujeres. Las computadoras personales empezaban a gatear. Irrumpió el rock a lo grande con Woodstock.

Signos nefastos. Quiero destacar otro hecho. Kennedy visitó Costa Rica en 1963. Como si estuviéramos leyendo a Suetonio en la Vida de los doce césares, del cielo llegaron señales malignas. El día de su discurso al aire libre el volcán Irazú, al este de la capital, y con vientos hacia San José, inauguró un año de erupciones salvajes vomitando ceniza que atascaba desagües y hacía el aire irrespirable.

Lo más trágico fue una cabeza de agua, sedimentos y lava petrificada que sepultó un barrio entero de Cartago. El volcán tardó un año en moderarse. Después de una visita breve, Kennedy regresó a Estados Unidos y a los pocos días lo mataron. Quiérase o no, otra vez resuenan Suetonio y los signos nefastos.

Volviendo la mirada hacia otro escenario, cual puesta en escena del Théâtre du Soleil —me refiero al Mephisto, basado en la novela de Klaus Mann, precisamente en aquella época, montaje transportable con dos escenarios opuestos—, Francia irrumpió en el mundo no solo con De Gaulle desmarcándose de Estados Unidos en el sudeste de Asia, sino también por la revuelta estudiantil de Mayo 68, contagiando a otros países.

En el fondo, se gestó poco a poco un panorama en la conciencia colectiva que tenía muchos componentes desiguales: el efecto de la guerra de Vietnam —vista no solo desde Estados Unidos, sino también con la sorpresa de que un país rural y pobre abría los límites de lo posible con su capacidad defensiva—. Piénsese también en los efectos sobre la izquierda producidos por las engañosas ilusiones que alimentaba el maoísmo, con una propuesta alternativa al brutal estalinismo, etc. Los movimientos estudiantiles como el de México (reprimidos brutalmente) se inspiran en la idea de que siempre hay un más allá posible proclamando la imaginación al poder. El efecto ensanchó la fantasía política, los derechos del individuo, la conciencia del ciudadano en la polis.

Referencias personales. Me disculpa el lector las referencias personales. Empecé mis estudios de doctorado en 1969. Lo primero que percibí fue la estructura universitaria clásica alemana. Mi profesor mismo decía, ante la presión estudiantil por transformar la universidad: el nivel académico baja con estos cambios, das Niveau sinkt!

El plan académico de estudios se regía por una carrera principal o Hauptfach (la de la tesis doctoral) y dos secundarias electivas o Nebenfächer. El profesor cumplía un papel protagónico. Se marcaba el énfasis en la responsabilidad del estudiante: él mismo guardaba el expediente de las lecciones y seminarios, del cual no quedaba copia en la institución.

Esta práctica me sorprendió, acostumbrado al sistema de registro centralizado. Por los jardines de la universidad, en la mensa, en algunas facultades, se paseaban los jóvenes con gran desfachatez, pelo largo sin arreglar, vestidos con ropas multicolores, a la manera de Mayo 68, retando a los poderosos catedráticos, al sistema universitario y a todos los sistemas.

Llegaban con pancartas y hacían manifestaciones callejeras contra la guerra de Vietnam. Recuerdo el modelo: corrían en filas sucesivas, agarrados de los brazos y a ritmo contenido y marcial, gritando “USA-SA-SS”. Al final de la marcha, alguien esperaba con un balde de agua para extinguir las antorchas y no quedaba un solo papel en la calle.

Como primer signo externo de liberación sexual, las mujeres se despojaron del sostén, liberalizando la publicidad de lo corporal. Los vestidos obedecían a nuevos diseños, como estaba ocurriendo en Londres y en América del Norte, diseños que cambiarían incluso la industria de la moda hasta nuestros días.

Coincidencia curiosa. ¿Y Latinoamérica?, ¿quedaba tan lejos? Hablo del intercambio cultural, de la conciencia, del ensanchamiento de lo posible, como entre los estudiantes mexicanos. Por supuesto, la casuística de estos hechos es innumerable. En el fondo, había un conflicto larvado. La guerra en Asia, las nuevas técnicas militares a las que favorecía la exploración espacial, el maoísmo enfrentado al estalinismo y, entre nosotros, las dictaduras militares marchando al ritmo de la Guerra Fría. En lo personal quiero referirme a una coincidencia curiosa y terrible que, por lo demás, es sintomática de todo este escenario.

Durante los cuatro meses de reclusión en el Goethe-Institut, compartí clases con un estudiante de doble origen, mezcla de un país asiático y uno latinoamericano, quien vivió desde pequeño en este último. No recuerdo qué planeaba estudiar en Alemania. Era callado, tranquilo, crítico, ayudaba espontáneamente, estudiaba duro. Después del segundo curso de alemán, lo olvidé, pero varios años después tuve que recordarlo.

En San José, ojeando un libro sobre el terrorismo internacional, encontré la descripción del asalto a una embajada en cierta capital europea. Sorpresa: el asaltante político, junto con otros, era mi excompañero del Goethe-Institut, mencionado con nombre y apellidos. Al leer aquellas líneas, no caí de espaldas porque estaba en la cama.

Esta coincidencia tan extraña me puso a reflexionar otra vez sobre un asunto de la mayor repercusión. Puesto que la violencia se entrelaza con fuego en el tejido de las relaciones internacionales, tiende a marcar no solo los hechos, sino también las ilusiones, y así hay quienes llegan a creer que es posible ensanchar tanto la imaginación como la realidad por medio de las armas.

La Revolución cubana, los movimientos populares armados en Centroamérica comenzaban a agitar el suelo. Voy a recordar otro caso. Apenas había caído el Che Guevara en Bolivia, cuando una hija de alemanes, Monika Ertl, se involucra en una relación personal con Inti Peredo, sobreviviente del grupo cheguevarista. El compromiso afectivo también es político: Monika se dispone a recoger la bandera y seguir adelante con la guerrilla; en Hamburgo, da muerte al cónsul boliviano, uno de los militares responsables de ejecutar a Guevara.

Era hija de Hans Ertl, camarógrafo de Leni Riefenstahl. Hans fue amigo en Bolivia de Klaus Barbie, el llamado Carnicero de Lyon, quien dirigió la represión de la Resistencia francesa. Barbie llegó a Bolivia apoyado por los servicios de inteligencia estadounidenses, que lo habían utilizado en el sur de Alemania en el marco del espionaje antisoviético posterior a la guerra y, ante presiones francesas, le facilitaron la fuga por la llamada “ruta de las ratas”, que daba inicio en el Vaticano.

En Bolivia, camuflado, se convirtió en asesor de los militares por varios años, hasta que los franceses lo descubrieron. Todo esto puede leerse en documentos liberados en Estados Unidos.

El autor es filósofo.