Eli Feinzaig. 29 septiembre, 2019

La economía alemana está al borde de una recesión. Se contrajo durante el segundo trimestre del año y todo indica que también lo hará en el tercero. Su sector industrial viene encogiéndose desde hace ocho meses y, según las proyecciones, setiembre será su peor mes desde la crisis del 2009.

La economía británica, plagada por la incertidumbre política y la posibilidad de enfrentar un brexit desordenado, también se contrajo durante el segundo trimestre y el futuro cercano no pinta bien, sobre todo, si consideramos que su sector servicios, equivalente al 80 % de su producto interno bruto (PIB), está muy orientado hacia la Europa de la cual quiere divorciarse.

Estos dos países representan alrededor del 38 % del PIB de la Unión Europea (2016); un estornudo suyo puede contagiar una gripe al resto del continente. De hecho, el Banco Central Europeo disminuyó recientemente sus expectativas de crecimiento para este y los próximos dos años.

Las dos economías más grandes del mundo, Estados Unidos y China, están creciendo menos que hace un año, enfrascadas en una demencial guerra arancelaria. El crecimiento del gigante asiático corre el riesgo de caer por debajo del paradigmático 6 % en esta segunda mitad del 2019, luego de haber reportado en el segundo trimestre su menor subida en tres décadas (6,2 %), mientras para la economía estadounidense se proyecta un 2 % de crecimiento este año —comparado con el 3,1 % del año pasado— y aumenta la probabilidad de una recesión en los próximos 12 meses.

Japón, la tercera mayor economía del mundo, mantiene un crecimiento moderado, pero también se desacelera y los expertos temen que una combinación de factores empujen su crecimiento hacia terreno negativo en el último trimestre del año: la entrada en vigor de un alza en el impuesto de consumo en octubre, la amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a los vehículos japoneses, el relativo fortalecimiento del yen —lo cual encarece sus exportaciones—, como producto de la tensión entre Estados Unidos y China, y su propia disputa comercial con Corea del Sur, que ha afectado negativamente sus exportaciones y la recepción de turistas.

Diagnóstico latinoamericano. Nicaragua está cayendo a ritmo acelerado y se proyecta una contracción del PIB cercana al 5 % este año. Por si fuera poco, Latinoamérica es la región del mundo que menos crecerá este año (0,6 %), según la actualización de julio del Informe de Perspectivas Económicas Globales del Fondo Monetario Internacional.

La economía costarricense se está desacelerando desde mediados del 2015, según el índice mensual de actividad económica (IMAE), que había marcado un 5,3 % de crecimiento en julio y agosto pasados, pero cayó abismalmente hasta el 1,5 % que arrojó su última lectura en julio del presente año.

El IMAE se compone de 15 subíndices que permiten dar seguimiento a 14 industrias específicas, más una categoría de “otras actividades” que engloba a las más pequeñas. A julio, cinco sectores estaban en franca contracción, cuatro mostraban desaceleración, dos estaban estancados y solo cuatro mostraban crecimiento, aunque muy leve, con respecto a un año antes.

La agricultura, el comercio, la minería y la construcción se han contraído en los últimos doce meses. Entre los pocos sectores en crecimiento, destaca el manufacturero, con una magra variación interanual del 0,6 %. Pero, al analizar su composición, advertimos que la manufactura en régimen definitivo —productora, principalmente, para el mercado nacional, no goza de exoneraciones ni de trámites simplificados— cayó un 2,2 %.

Por tanto, es la industria exportadora (en régimen especial) la que explica el leve crecimiento de la industria manufacturera como un todo. Lamentablemente, si nuestros principales socios comerciales —Estados Unidos, Europa y Centroamérica— afrontan sus propias dificultades, los augurios no son halagüeños para nuestro sector exportador.

Discurso equivocado. No es cierto, como afirmó el presidente, Carlos Alvarado, en días recientes, que la pérdida de confianza de consumidores y empresarios se deba a la desaceleración del resto del mundo.

No es cierto, tampoco, que nuestros problemas económicos se deban al menor crecimiento global. Como lo muestra el IMAE y lo refuerza el índice de desempleo —que no ha bajado del 8 % desde el 2010, habiendo promediado un 9,8 % desde el primer trimestre del 2015 y un 11,7 % en los últimos tres trimestres— nuestros problemas vienen de muy atrás.

No hay duda de que la situación internacional agrava nuestros males, pero no es la causa principal de la modorra de nuestra economía.

Hace diez años, cuando se desató la crisis financiera internacional, Costa Rica estaba razonablemente preparada para lo que vendría. Después de dos años con pequeños superávits fiscales (2007 y 2008) y catorce años seguidos con saldos positivos en el balance primario, el nivel de endeudamiento del Gobierno había caído hasta un saludable 24 % del PIB. Hoy, el país acumula 11 años seguidos (incluido el actual) con déficit fiscal, de los cuales, los últimos 10 registra déficits superiores al 4 % y 8 de ellos con déficits superiores al 5 %.

Producto de lo anterior, la deuda del gobierno cerrará un pelo por debajo del 60 % del PIB este año. Con regla fiscal o sin ella, el gobierno no tiene espacio de maniobra para seguir una política fiscal expansiva, como fue el Plan Escudo en el 2009, o la recomendada en días recientes por el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, a los países europeos que tienen margen presupuestario (Alemania y Holanda), al invitarlos a tomar “acciones oportunas y eficaces” desde la política fiscal para evitar una desaceleración mayor y una eventual recesión.

Con respecto a Alemania, incluso afirmó que “este es un buen momento para activar” un plan de inversión por 50.000 millones de euros.

La única salida. Si bien no estuve de acuerdo con algunas de las políticas anticíclicas adoptadas a partir del 2009 en nuestro país —porque, a diferencia de lo recomendado por Draghi, aquí se le hizo frente a una crisis temporal (como todas) con un incremento permanente del gasto, de la forma más ineficiente posible—, lo cierto es que en aquel momento el país tenía margen de maniobra y ello le permitió incrementar el gasto público para sostener la demanda y evitar una caída más severa de la producción.

Hoy, como resultado de las decisiones de hace una década, Costa Rica no podría seguir la recomendación de Draghi ni ninguna otra versión de la receta keynesiana de incrementar el gasto para enfrentar la crisis.

En los últimos meses, las autoridades monetarias y de supervisión financiera del país han relajado la política monetaria, rebajado tasas de interés y flexibilizado las reglas para hacer arreglos de pago, clasificar a los deudores y registrar la morosidad en los bancos.

Ello no ha logrado recuperar el crecimiento del crédito, ni lo va a conseguir. Por el contrario, tales medidas podrían empeorar los índices de morosidad de las entidades financieras.

El elevado nivel de endeudamiento de las personas y las empresas (66 % del PIB solo en el sector financiero regulado), sumado a la pérdida de confianza de consumidores y empresarios, nos cierra las puertas a todo intento de salir de la crisis por medio de una expansión del crédito.

Costa Rica está en una encrucijada. Se avecina una nueva crisis y no podemos acrecentar el gasto público ni expandir el crédito al sector privado. Tal vez ahora nos decidamos a hacer las reformas necesarias para incrementar la productividad y mejorar la competitividad, que debimos adoptar hace mucho tiempo. Es nuestra única esperanza.

El autor es economista.