Dominique Moisi. 1 agosto

PARÍS– Charles de Gaulle tenía “una cierta idea de Francia”. ¿Tiene Ursula von der Leyen, próxima presidenta de la Comisión Europea, una cierta idea de Europa como la tuvo Jacques Delors cuando ocupó el cargo más alto de la Unión Europea?

Tal vez sea una pregunta injusta e irrelevante. Al fin y al cabo, incluso la visión que tenía Delors de Europa evolucionó con el tiempo. Y, más en general, en el medio siglo que pasó desde la muerte de De Gaulle, la política de Europa (y por tanto, sus políticos) se han vuelto más pragmáticos y menos idealistas. Hoy, los políticos son, en el mejor de los casos, hacedores ambiciosos y, la mayoría de las veces, sobrevivientes astutos. Pero la próxima presidenta de la Comisión asumirá el cargo en un momento en que Europa necesita con urgencia líderes visionarios en vez de meros negociadores.

Es verdad que Von der Leyen dista de ser mala elección. Será la primera mujer en ocupar el puesto más alto de la Unión Europea (UE), y la primera alemana desde Walter Hallstein a finales de los cincuenta y en los sesenta, cuando la integración europea estaba en su infancia. Además, Von der Leyen es innegablemente proeuropea y atlanticista. Y, como exministra de defensa alemana, está familiarizada con los problemas de seguridad cada vez más críticos que enfrenta Europa.

Esperemos que los escépticos estén equivocados, y que Von der Leyen sea realmente la líder que Europa necesita y merece.

Es decir, Von der Leyen tiene muchos de los atributos correctos, más allá de que su designación haya sido resultado de una compleja serie de concesiones. Pero dejando a un lado la sensación general de alivio que suscita el hecho de que la dirigencia europea haya conseguido ponerse de acuerdo en una candidata, quedan dudas sobre si Europa va a tener realmente a la mejor persona (y al mejor equipo) al mando.

El presidente francés, Emmanuel Macron, dijo muchas veces —en público y en privado— que el único criterio para la selección de la dirigencia europea debería ser la calidad y que la nacionalidad o la afiliación política deberían ser secundarias. Pero, por demasiado tiempo, Europa eligió a sus líderes más que nada por sus limitaciones; sobre todo, porque los líderes nacionales querían asegurarse de no tener rivales en Bruselas.

Desde José Manuel Barroso, hombre notable ante todo por su extraordinaria capacidad para no decir nada en diez idiomas, hasta Jean-Claude Juncker, el puesto más alto en Europa lo ocuparon líderes sin nada destacable. El resultante déficit de liderazgo le hizo mucho daño a la UE, al reforzar una creciente sensación de distanciamiento entre la ciudadanía del continente y sus élites. Ahora que Europa enfrenta grandes desafíos externos e internos, que van del ascenso de China a la difusión del populismo, es hora de que finalmente haga un cambio y empiece a elegir a sus dirigentes por sus méritos.

Macron, por su parte, desde el principio no ocultó su preferencia por otra mujer para el puesto de presidencia de la Comisión: la danesa Margrethe Vestager. Como comisaria de la UE para la competencia, Vestager consiguió hacer valer la normativa pertinente del bloque, pese a la oposición de las megatecnológicas estadounidenses, y los ataques verbales que le lanzó el presidente estadounidense, Donald Trump, reforzaron aún más su popularidad entre los europeos.

Pero ahora le toca a Von der Leyen diferenciarse claramente de la decepcionante mediocridad del liderazgo europeo reciente. En particular en lo económico, su discurso programático de apertura ante el Parlamento Europeo fue innegablemente convincente, al combinar coherencia y una clara expresión de su deseo de avanzar hacia un mundo descarbonizado. Además, Von der Leyen es una jugadora política seria. Muchos en Alemania creen que vio en el Ministerio de Defensa un trampolín hacia el logro de su ambición real: llegar a la Cancillería.

Pero muchos observadores europeos, entre quienes me incluyo, todavía nos preguntamos si tiene la combinación justa de carisma, fortaleza, resiliencia e inventiva política para ser la líder que Europa necesita. En primer lugar, es probable que este profundamente dividido Parlamento Europeo sea mucho más difícil de unificar y manejar que cualquiera de los anteriores. La mayor parte del tiempo predominarán en él consideraciones políticas puramente nacionales, con un proceso continuo de creación, redefinición y desarme de complejas alianzas oportunistas.

Además, la presidencia de la Comisión entraña tensiones y contradicciones que pueden ser difíciles de superar cualquiera sea el grado de carisma de su ocupante. Von der Leyen tendrá que mantener la confianza de los líderes nacionales que la designaron, pero sin parecer su vocera. Al mismo tiempo, deberá ganarse la confianza del Parlamento Europeo, que la confirmó para el cargo por muy estrecho margen. Y, sobre todo, debe ser el rostro humano de una burocracia europea mayoritariamente anónima y, como tal, hablarles en forma directa y convincente a los europeos.

Tal vez a algunos les parezca una tarea imposible, pero es más vital que nunca. Cuando en la sesión de apertura del nuevo parlamento a principios de este mes se tocó el himno europeo (la Oda a la alegría de Beethoven), los parlamentarios del Partido del Brexit (Reino Unido) se pusieron de espaldas y los miembros de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen optaron por quedarse sentados.

El hecho de que semejantes muestras de barbarie en el corazón mismo de la UE estén tornándose casi banales vuelve todavía más crucial la designación de quien ocupa la presidencia de la Comisión. Esperemos que los escépticos estén equivocados, y que Von der Leyen sea realmente la líder que Europa necesita y merece.

Dominique Moisi: asesor especial en el Institut Montaigne en París.

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