Víctor Valembois.   14 noviembre, 2020

Con pavor, espanto y hasta hipo leo en la prensa flamenca de Bélgica que la policía federal acaba de decomisar la cantidad de droga más grande conocida fuera del continente americano.

Prevalece el realismo mágico hasta fuera de las letras. Se incautaron de no menos de 11,5 de kilos, no, sino toneladas de esa mercancía que, me dicen, se parece a detergente (bueno sería que así fuera para darles una buena restregada al alma de los responsables).

¿Alma dije? La palabrita no resulta de tanto uso ni comprensión en las últimas décadas. Derivada del latín anima, inicialmente se veía simplemente como el soplo vital, la respiración que nos asiste desde que salimos del vientre materno.

Ella, confiamos, nos acompañará hasta el fin de nuestros días, cuando, como se expresaba antes «morimos de nuestra muerte», es decir, no en combate.

Pero el alma a la que me refiero, pues resulta algo más complicadito. Aristóteles y san Agustín procuraron auscultarla y por siglos lograron permear las mentes con una «conciencia». ¡Ups! Preguntan ahora, ¿y eso con qué se come?

A los de las generaciones anteriores a este cambio de siglo nos quedó marcado con hierro candente, a la usanza de antes.

El asunto es que esa pesquisa, «de proporción astronómica», consta de ¿solamente? (como le dicen a uno en la pulpería), pues de cocaína pura.

En algún lugar de Guyana (¿pero cuál?) resultó cargadita para cruzar el Atlántico y desembocar en Amberes, Bélgica. No nos imaginamos allá como acá (se acaba de comprobar en Limón) detallitos sobre propinitas verdes en el camino y hasta complicidad de esferas diversas antes, durante y después del susodicho transporte.

Por ambos lados del Atlántico, desde simples, pero igual nada inocentes, intermediarios hasta peces gordos, todos andarán con cara de «yo no fui».

De verdad que me impresiona lo ingenioso en la maldad de los productores, los transportistas, los encargados de esto y lo otro. Esta vez recurrieron a un enorme cajón de puro acero. ¡Fueran tan astutos y diligentes para construir y colaborar en el bien común!

Me horroriza el inicio de esa cadena de transmisión: alguien (tipo Escobar colombiano u otros nombrecitos que también pasaron por aquí). Igual, me espanta el final: un pez gordo por allí, entre los Países Bajos, Bélgica, en el norte europeo.

Y no podemos imaginar la cantidad de burros y esclavos, pero cómplices al fin y al cabo, sin alma ni corazón, entregando esa mercancía al consumidor. No es que haya cuatro pinches colones en juego, sino por lo menos unos 450 millones de euros, subraya el informativo.

De repente me acuerdo de un libro (La pérdida de la conciencia, por Robert Lemm) que compré por allá. Lo tengo toitico subrayado y con observaciones en el margen.

Eso de perder conciencia, ¡no se refiere a perder conocimiento, sino a ser ¡des-alma-do! En la portada del volumen va esa impresionante placa de Goya con el título «El sueño de la razón produce monstruos».

Carajo, volveré a leer ese libro. Habas hay, por dicha, por aquí, pero también de lo otro. ¿Cuándo la mayor parte de gente a bordo de ese navío-mundo perdió la brújula que se supone tenemos dentro?

El autor es educador.