Sergio Ramírez. 10 agosto

El tema de la relación entre novela y política, o entre novela e historia, o realidad, difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias en las cuales el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en “Los paraísos narrativos”, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río, como en “¿Existe la novela política?”, con J. J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.

Mi primera reflexión, con base en aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo diecinueve, cuando comenzaron a darse los primeros movimientos precursores de la independencia y, luego, en plenas guerras de liberación, aprendimos a ver la historia como epopeya, y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

No escribimos la epopeya; la vivimos. Homérica latina. Los hechos de la historia real fueron hechos novelescos, como lo había sido la conquista siglos atrás, con capitanes y soldados de mentes encandiladas a quienes si algo les sobraba era imaginación, trasegada desde los libros de caballería, para luego caer en ese interregno frío y pesado de la vida colonial.

Los libertadores escribieron la epopeya subidos a la montura y arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para crear el asombro. Y si acudimos a las estadísticas, podemos medir lo increíble, lo que no puede concebirse como real, pero de todos modos lo fue: en una trivia ideada por la BBC de Londres, basada en las cifras, se declara a Simón Bolívar el americano más importante del siglo diecinueve:

Cabalgó 123.000 kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco da Gama sumados juntos, diez veces más que Aníbal, tres más que Napoleón y el doble que Alejandro Magno. No vivió más que 47 años, pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota solo 6 veces; de esas batallas, 79 fueron trascendentales, en 25 estuvo en riesgo de muerte y le sirvieron para liberar 6 países.

La novela. La argamasa de la epopeya americana son miles de soldados en movimiento, desde los llanos de Venezuela hasta las cumbres de la cordillera de los Andes, y de allí al páramo, los rigores de la marcha, las penurias constantes. Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas y, por tanto, heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, como Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad y pueden mover una flota entera tras una mentira.

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y, al final del camino, solo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

Pero el individuo que busca no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar.

La historia. Por eso mismo la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.

La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del Ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la Inquisición por lector voraz, mariscal de campo en Francia bajo la Revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso, se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

El autor es escritor.