Daniel Zovatto. 15 junio

En lo que resta del 2019, tendrá lugar la tercera y última etapa del superciclo electoral: un maratón de seis elecciones presidenciales. A finales de este año, 15 de los 18 países de la región habrán celebrado sus comicios en un período de 36 meses.

Este rali electoral tiene lugar en un contexto económico, social y político caracterizado por incertidumbre, volatilidad, polarización y tendencias populistas. El crecimiento económico regional será mediocre: 1,3 % según el FMI, pero con diversidad de situaciones entre los países. La pobreza se mantendrá alrededor del 30 %, la disminución de la desigualdad permanecerá estancada y el mercado laboral continuará siendo incapaz de generar los empleos de calidad que la región necesita.

Todas las encuestas ponen de manifiesto el sentimiento de fatiga democrática que recorre América Latina justo cuando se celebran los 40 años del inicio de la tercera ola democrática (1978-1979). Los datos del Latinobarómetro 2018 evidencian la crisis de la mediana edad que atraviesa la democracia latinoamericana: el apoyo cayó al 48 %, la indiferencia entre democracia y autoritarismo subió al 28 %, la insatisfacción con la democracia trepó del 51 al 71 %, mientras la satisfacción cayó del 44 al 24 %.

El calendario electoral 2019 se desagrega en dos etapas: tres elecciones en Centroamérica, durante el primer semestre, y otras tres en América del Sur, en octubre.

Triunfos y alianzas. En la elección presidencial salvadoreña del 3 de febrero, el joven candidato contra el establishment Nayib Bukele obtuvo una victoria cómoda en la primera vuelta, infligiéndole una dura derrota al bipartidismo. Pese a su holgado triunfo, Bukele afrontará una agenda cargada de desafíos, entre ellos, garantizar la gobernabilidad al encontrarse en minoría en el Congreso.

En las elecciones panameñas del pasado 5 de mayo, Laurentino Cortizo, del Partido Revolucionario Democrático (PRD), obtuvo un estrecho triunfo frente a Rómulo Roux, de Cambio Democrático. Como viene ocurriendo desde 1989, habrá alternancia. La diferencia con el pasado reciente estriba en que el PRD, de centroizquierda, tendrá mayoría en la Asamblea Nacional gracias a su alianza con su socio el Movimiento Liberal Republicano Nacionalista (Molirena).

El proceso electoral guatemalteco de este domingo se caracteriza por un alto nivel de incertidumbre, marcada fragmentación y excesiva judicialización. De las tres candidatas que aparecían mejor posicionadas en las encuestas, Zuri Ríos, la exfiscala Thelma Aldana y la ex primera dama Sandra Torres, únicamente la última sigue en pie y lidera las encuestas con alrededor del 22 % de intención de votos, mientras las candidaturas de las dos primeras fueron denegadas por la Corte de Constitucionalidad.

Todos los escenarios están abiertos —ya que el 48 % de los electores llegan a las urnas sin tener decidido su voto—, habrá segunda vuelta y el próximo mandatario no gozará de mayoría en el Congreso.

Suramérica. Por su parte, las tres elecciones suramericanas también se caracterizan por un alto nivel de incertidumbre.

El 20 de octubre el presidente Evo Morales buscará su cuarto mandato consecutivo. La derrota sufrida en el referendo del 21 de febrero del 2016 le había cerrado la posibilidad de buscar una nueva postulación. Sin embargo, Morales forzó la Constitución, y con la ayuda de la justicia (bajo su influencia) consiguió la habilitación para ir por otro periodo.

Las más recientes encuestas le dan una leve ventaja sobre el expresidente Carlos Mesa, principal candidato opositor. Tras 13 años de gobierno de Evo, la oposición tiene posibilidades de llegar al poder, siempre y cuando logre unirse y sepa conquistar el voto de los indecisos, quienes por su alto número determinarán el resultado final.

En Argentina, las elecciones del 27 de octubre se llevarán a cabo en un contexto de crisis económica y alta volatilidad. De momento, las encuestas dan cuenta de una reñida disputa entre la fórmula liderada por el presidente, Mauricio Macri, y Miguel Ángel Picheto y el binomio encabezado por Alberto Fernández y la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (en calidad de vice).

La marcada polarización y preeminencia del voto “anti” (antikirchnerismo o anti-Macri) probablemente dejará poco espacio a otras fuerzas políticas. Lo cierto es que la campaña se peronizó: cinco de los seis candidatos de las tres principales fórmulas son peronistas.

A cuatro meses de la primera vuelta, todos los escenarios están abiertos, incluso la integración definitiva de las fórmulas, las cuales quedarán oficializadas el 22 de junio y confirmadas en las primarias del 11 de agosto. Tampoco está claro si, a la hora de votar, el miedo (frente a un eventual regreso del kirchnerismo) superará a la decepción (debido al mediocre gobierno de Macri) o si será a la inversa. La única certeza es que la gobernabilidad será el gran desafío del nuevo presidente, ya que quien sea elegido no contará con mayoría en el Congreso.

Desafío uruguayo. El mismo 27 de octubre, los uruguayos celebrarán las elecciones generales más inciertas y competitivas desde 1989. El Frente Amplio refleja un significativo desgaste después de tres períodos consecutivos de gobierno, una economía en problemas y no contar con ninguna de sus dos figuras principales para disputar la presidencia: Mujica y Vázquez. Los candidatos mejor posicionados, que deberán ser confirmados en las internas del próximo 30 de junio, son: Daniel Martínez (Frente Amplio), Luis Alberto Lacalle Pou (Blanco) y Julio María Sanguinetti y Ernesto Talvi (Colorado). Todo pareciera indicar que habrá necesidad de ir a un balotaje y que el nuevo mandatario no tendrá mayoría propia.

Balance. Los resultados de estas elecciones definirán la dirección e intensidad del cambio político que vive la región, y profundizará el giro al centroderecha o bien el mantenimiento de la actual heterogeneidad ideológica. El voto de enojo seguirá presente y los sectores de clase media continuarán desempeñando un papel clave a la hora de definir los resultados.

Los nuevos presidentes tendrán que aprender a escuchar mejor a sus ciudadanos, recuperar la confianza en la política y ofrecer resultados rápidos y eficaces a las crecientes demandas ciudadanas. Caso contrario, como ya observamos en varios países de la región, la frustración podría gatillar una acelerada pérdida de apoyo popular, un aumento del divorcio entre políticos y ciudadanía, mayor desafección política y una gobernabilidad crecientemente compleja.

El autor es director de IDEA Internacional.