Dorelia Barahona. 29 agosto

De todos los objetos de la casa no hay quien viaje más por los cuartos que una escoba. Todos los rincones de la casa le son conocidos, y tarde o temprano termina su recorrido en el puerto del cuarto de pilas o la lavandería.

Todos hemos barrido en una acción mecánica de apuñar el polvo y la basura frente a una pala gracias a Shakers, que en el siglo XIX la cambió de redonda a plana.

Las manos dan cuenta de su utilidad cuando se mueven y armonizan con su sistema. Un grupo de cerdas plásticas o vegetales, antes sorgo, coronadas por un trozo de madera y un palo circular, siguen acomodando, en su baile, vidrios rotos, hebras, pelos, monedas y hasta anillos.

No todos tocamos violín, pero sí hombres y mujeres tocamos la escoba en algún momento. Y aunque algunas personas dicen que vuelan sobre ellas las noches de luna, por lo general son, más bien, un polo a tierra que nos recuerda el valor del trabajo de las manos y de la vida doméstica.

Valor que ejemplifico con este maravilloso poema de Neruda, que transcribo en parte: “Me declaro culpable de / no haber hecho / con estas manos que me dieron, / una escoba.// ¿Por qué no hice una escoba? // ¿Por qué me dieron manos? // ¿Para qué sirvieron / si solo vi el rumor del cereal, / si solo tuve oídos para el viento / y no recogí el hilo / de la escoba, / verde aún en la tierra, / y no puse a secar los tallos tiernos / y no los pude unir / en un haz áureo, / y no junté una caña de madera / a la falda amarilla / hasta dar una escoba / a los caminos? // Así fue: / no sé cómo, / se me pasó la vida / sin aprender, sin ver, / sin recoger y unir / los elementos”.

Compañeros. La escoba es el recuerdo de la tierra y el cielo dentro de nuestras casas y, por lo general, hace pareja con el trapo para el piso, descansando ambos en el cuarto de pilas o en la lavandería. Un lugar para el reposo también de las herramientas y las máquinas.

La lavadora, inventada por Alva Fisher en 1901, inicia y termina sus ciclos allí; la plancha, aunque ya existía de carbón en 1882, la inventa, en su versión eléctrica, W. Seely, para estirar los tejidos y fijar los pliegues.

A veces se cose allí mismo, si se tiene una máquina, de la misma manera que se cosía en 1750 y se corta madera con una caladora o sierra de vaivén, si no es que solo permanecen en remojo pañuelos y medias dentro de una palangana esperando el nuevo día.

Cuarto misterioso. Pero puede haber de todo en ese último cuarto. Desde una colección de herramientas nuevas hasta piezas para repuestos viejas e incompletas, porque ya cumplieron su función, pero permanecen allí, junto a la escoba, por si acaso son necesarias en el futuro. Todo sirve, como dicen.

Es el cuarto misterioso de las casas. Algo así como el inconsciente colectivo que habita en sus dueños, donde se expresan las relaciones con el dinero, el tiempo, los oficios y las manos.

Pliegos de lija que sobraron del último arreglo cuando alguien se fue, alguien vino o todos se mudaron. Trapos para el piso que fueron antes camisetas, pedazos de paño, partes del cuidado que envejecieron con nosotros.

Sobros de pintura, de aguarrás, brochas medio secas, cera para autos, limpiavidrios, desatoradores, siliconas y aceites aguardan el uso y la utopía.

También máquinas secadoras de ropa que suenan como jets, aspiradoras tubulares de última generación, o simples plumeros de aves muertas hace tiempo, dan cuenta de cómo está de limpia una casa, de cuánto cuesta en artefactos y artilugios, y de cómo se administra el tiempo de ocupación de quienes la habitan.

Por los estantes podemos ver martillos, serruchos y taladros, abriéndose paso junto a rollos de alambre, cepillos de metal, tijeras y algún calcetín sin pareja como si se tratara de la misma, compleja y diversa vida social.

No es raro que guarden secretos y escondan tesoros estos lugares donde, más que negociar y hablar, se procede.

Un conejo, una zapatilla de cristal, un disfraz de fantasma o una escoba puesta boca arriba, para que alguien se vaya pronto o para que llueva arando el cielo, pueden aparecer cualquier día, como pueden desaparecer, por arte de magia, las pequeñas cosas valiosas dentro de un maletín de un ladrón. Sí, la escoba sigue allí, apuntada como siempre al próximo baile.

La autora es escritora y filósofa.