Raghuram G. Rajan. 13 septiembre

CHICAGO– Cada día hay un nuevo ataque al comercio internacional. ¿Por qué cada controversia, ya sea sobre propiedad intelectual, migración, daños ambientales o reparaciones de guerra, produce nuevas amenazas al comercio?

Durante gran parte del siglo pasado, Estados Unidos administró y protegió el sistema de comercio basado en reglas que creó al final de la Segunda Guerra Mundial. El sistema requería una ruptura fundamental del ambiente de preguerra caracterizado por desconfianzas mutuas que se cernían entre las potencias que estaban en competencia. Estados Unidos instó a todos los países a ver que el crecimiento de uno podía beneficiar a todos a través del aumento del comercio y la inversión.

Bajo la nueva disposición, se promulgaron reglas para restringir el comportamiento egoísta y las amenazas coercitivas de los económicamente poderosos. Estados Unidos actuó como un benevolente país hegemónico dando ocasionalmente una palmada en las manos a quienes actuaban de mala fe. Mientras tanto, las instituciones multilaterales del sistema, especialmente el FMI, ayudaron a los países con extrema necesidad de fondos, siempre y cuando siguieran las reglas.

¿Por qué cada controversia, ya sea sobre propiedad intelectual, migración, daños ambientales o reparaciones de guerra, produce nuevas amenazas al comercio?

El poder de Estados Unidos surgió de su control sobre los votos en las instituciones multilaterales, tanto directamente como a través de su influencia sobre los países del G7. También tenía una gigantesca fortaleza económica por cuenta propia. Sin embargo, lo más relevante es que la mayoría de los países confiaban en que Estados Unidos no usaría mal su poder para promover sus intereses nacionales, al menos no de manera excesiva. Asimismo, tenía pocas razones para traicionar esa confianza. Ningún país se acercó a su productividad económica, mientras su único rival militar, la URSS, estaba en gran medida fuera del sistema de comercio mundial.

La expansión del comercio y la inversión basadas en reglas abrió nuevos mercados para las empresas estadounidenses. Además, debido a que podía permitirse ser magnánimo, Estados Unidos otorgó a algunas naciones acceso a sus mercados sin exigir el mismo nivel de acceso a los mercados de aquellos países.

Si los formuladores de políticas de una economía de mercado emergente expresaban su preocupación sobre los posibles efectos potenciales que una mayor apertura comercial podría causar a algunos de los trabajadores de dichas economías emergentes, los economistas se apresuraban a asegurarles que todo sufrimiento local sería contrarrestado por las ganancias a largo plazo. Lo que tenían que hacer era redistribuir las ganancias del comercio a los grupos que quedaban atrás. Esto resultó ser más fácil en la teoría que en la práctica. Aun así, en estas democracias incipientes, las protestas de los que se quedaron atrás se consideraron un costo aceptable, teniendo en cuenta los beneficios generales, y dichas protestas fueron fácilmente contenidas. De hecho, las economías de los mercados emergentes llegaron a ser tan buenas en cuanto a capitalizar las nuevas tecnologías, el transporte y las comunicaciones de menor costo que lograron hacerse cargo de grandes porciones de la producción manufacturera que anteriormente se llevaba a cabo en los países industrializados.

Una vez más, el comercio afectó a los trabajadores nacionales de manera desigual, pero ahora los trabajadores con educación formal moderada en los países desarrollados, especialmente en las ciudades pequeñas, fueron los más castigados, mientras que los mejor calificados en las industrias del sector de servicios urbanos prosperaron.

A diferencia de los mercados emergentes, donde la democracia aún no había echado raíces profundas, no podía ignorarse el descontento de una creciente multitud de trabajadores. Por lo tanto, los formuladores de políticas en las economías avanzadas reaccionaron a la respuesta violenta al comercio de dos maneras. Trataron de imponer sus estándares laborales y ambientales a través de acuerdos comerciales y financieros, y presionaron por un cumplimiento más estricto de las leyes y reglas sobre la propiedad intelectual, la que en gran parte es de corporaciones occidentales.

Ninguno de los dos abordajes fue eficaz para frenar la pérdida de empleos; sin embargo, fue necesario que ocurriera algo mucho más grande para alterar el antiguo orden: el surgimiento de China. China creció gracias a las exportaciones de manufacturas. Pero, a diferencia de otros países, amenaza con competir directamente con Occidente, tanto en servicios como en tecnologías.

Para resistir a la presión externa, China adoptó estándares laborales y ambientales, y también expropió la propiedad intelectual según sus propias necesidades. Está lo suficientemente cerca de la vanguardia tecnológica en ámbitos como la robótica y la inteligencia artificial que sus propios científicos probablemente pueden cerrar la brecha en caso de que se le niegue el acceso a los insumos que en la actualidad importa del exterior. Lo más alarmante para el mundo desarrollado es que el floreciente sector tecnológico de China está mejorando su destreza militar. Además, a diferencia con la Unión Soviética, China está plenamente integrada al sistema comercial mundial.

La premisa central del orden comercial basado en reglas —la aseveración de que el crecimiento de cada país beneficia a otros— ahora se está desmoronando. Las economías avanzadas se dan cuenta de que las estructuras y estándares regulatorios más elevados adoptados durante su propio desarrollo, ahora los ponen en desventaja competitiva frente a los países con mercados emergentes regulados de manera distinta, países que si bien son relativamente pobres, son eficientes. Asimismo, les molestan los intentos externos de imponer estándares que ellos no eligieron democráticamente; por ejemplo, un salario mínimo alto o dar fin al uso del carbón, especialmente debido a que los países que hoy son ricos no aplicaban esos estándares cuando ellos se estaban desarrollando.

Igualmente problemático es el hecho que las economías emergentes, incluida China, han retrasado la apertura de sus mercados internos al mundo industrial. Las empresas de las naciones desarrolladas están especialmente ansiosas por acceder sin restricciones al atractivo mercado chino.

Lo más problemático es que, debido a que China está desafiando tanto económica como militarmente a Estados Unidos, este, en su calidad de país hegemónico, ya no vislumbra el crecimiento chino como una bendición sin límites. Estados Unidos tiene pocos incentivos para guiar benevolentemente un sistema que permite el surgimiento de un rival estratégico. Por lo que no causa ninguna sorpresa que el sistema este por colapsar.

¿Adónde nos dirigimos desde este punto? China se puede ralentizar, pero no detener. Una China poderosa debe vislumbrar valor en las nuevas reglas, incluso debe convertirse en país guardián de estas. Para que eso suceda, debe desempeñar un papel en la configuración de las reglas. De lo contrario, el mundo podría dividirse en dos o más bloques desconectados entre los cuales existirán desconfianzas mutuas, lo que detendría los flujos de personas, producción y finanzas que los vinculan en la actualidad. No solo sería económicamente calamitoso, sino también acrecentaría la incomprensión y la posibilidad de conflictos militares.

No se puede retroceder en el tiempo. Una vez que se rompe la confianza, no se puede restaurar mágicamente. Se podría esperar que China y Estados Unidos eviten abrir nuevos frentes en la guerra comercial y tecnológica, y que, paralelamente, reconozcan la necesidad de llevar a cabo negociaciones. Idealmente, deberían finalizar el establecimiento de un parche bilateral temporal. Posteriormente, los países principales deberían reunirse para negociar un nuevo orden mundial que tenga espacio para acomodar a múltiples potencias o bloques, en lugar de a un único país hegemónico; este nuevo orden mundial debería tener reglas que garanticen que todos, independientemente de su sistema político o económico y de su estado de desarrollo, se comporten de manera responsable.

Raghuram G. Rajan: gobernador del Banco de la Reserva de la India durante el periodo 2013-2016, es profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago; el libro más reciente de su autoría es “The Third Pillar: How Markets and the State Leave the Community Behind”.

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