Gustavo Román Jacobo. 14 diciembre, 2019

Hablar sin saber, aparte de un derecho humano, es buenísimo. Probablemente desempeñe un papel fundamental en nuestros procesos de socialización, en nuestro entretenimiento e, incluso, apuntalando nuestra capacidad de inventiva. Hablando sin saber, podemos llegar a conocer lo que antes ignorábamos. En cambio, juzgar, sentenciar sin saber, es más delicado. Eventualmente, es la causa remota de no pocas de nuestras desgracias y, sin duda, de muchas injusticias.

Quizá el mayor engaño de nuestro tiempo es que, en democracia, la palabra solo necesita ser libre. ¡No! Necesita, además, ser responsable, honrada y pensada. Reflexionada, quiero decir. Sopesada. Sobre todo cuando se publica y cuando con ella se condena. Porque las palabras no son inocuas. Crean percepciones. Construyen mundos. Tienen consecuencias “prácticas”. Y así como destruyen una reputación, una relación de pareja, una familia o un equipo de trabajo, pueden también arruinar un país.

El tonto vive hoy en su régimen soñado: el de una sondeocracia que, aparte de entotorotarlo con la idea de que su opinión es relevante, le garantiza su derecho inalienable a rebuznar sin temor alguno a consecuencia alguna.

Lo hacen cuando galvanizan el pensamiento y atrincheran la opinión propia. Cuando, paradójicamente, impiden el diálogo y amedrentan el disenso. Cuando sirven para silenciar o, por lo menos, para no escuchar con cuidado las palabras de los otros. Cuando el debate público de una sociedad acaba copado por esos patanes que siempre han existido y con los que siempre se ha sabido que es inútil discutir, pero que ahora, gracias a la revolución tecnológica de las comunicaciones, parecieran haberse multiplicado. Tal vez porque se debilitaron los filtros de acceso al discurso público, tal vez porque las mismas herramientas de que disponemos hoy para comunicarnos incentivan ese comportamiento, o por una mezcla de ambos factores. En palabras de Umberto Eco, “las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Eran silenciados rápidamente, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Estulticia global. Helo ahí, el tonto de las redes. Cada época ha tenido su personaje emblemático. El de esta, cuando menos uno de ellos, es el tonto de las redes. Heredero de una tara añosa: la del inquisidor del Medioevo y la del hombre masa del siglo XX. Es decir, un salvaje con una superioridad moral, con unas ínfulas de santo, solo comparables a la superficialidad de su pensamiento, que ahora, potenciado por las redes sociales digitales, se expresa globalmente. De modo que, a pocos días de acabar la segunda década del siglo XXI, no está tan claro que tengamos una aldea global como sí unas redes globales en las que campan a sus anchas los tontos globales, los tontos esféricos.

El tonto esférico es tonto por cualquier lado que se mire. Bien podría disimular que es tonto si fuera lo suficientemente prudente como para no opinar sobre lo que no tiene la menor idea. Pero como el tonto, para lo que es más tonto, es para entender sus límites, ventea constantemente su tontería. Y lo hace con entusiasmo. Con arrogancia. Engañado por las redes sociales digitales con respecto a que su opinión sin sustento no solo importa, sino que debe publicarse y que goza del mismo estatus que otra sí sustentada, el tonto se pronuncia sobre lo divino y lo humano.

Lo hace de distintas formas, todo depende de la clase de tonto que el tonto sea (o del ánimo que ande). A veces, solemnemente. A veces, cómicamente. Y aunque el manual más básico de comunicación política aconseje ignorarlos en este segundo caso, lo cierto es que a esos payasos les aterra que se les tome en serio y se les debata. Están comodísimos diciendo memeces y denigrando personas bajo la mampara del humor, que les permite hacer afirmaciones falaces, sin sustento, calumniosas, todo impunemente, claro, porque solo están bromeando. Pero lo cierto es que ni ellos ni sus seguidores creen que lo suyo sea solo broma. Se autoperciben y los perciben como agudos, críticos. Y no, solo son cobardes intelectuales usando el salvoconducto del humor. Diletantes obesos de información no procesada, su conocimiento es inorgánico, sin método y sin consistencia. La suya es la barbarie, no del especialismo, sino del generalismo.

Cae por ignorante. Sin embargo, la forma más recurrente que tiene de pronunciarse el tonto de las redes es la airada. Las jeremiadas justicieras. Lo suyo siempre será o entrañará una sentencia porque para el tonto el mundo es un papel en blanco a la espera de que él se pronuncie con contundencia. Él, juez supremo de la verdad. Él, demiurgo de la realidad. Porque, aunque el tonto crea que posverdades y realidades alternativas son cosa de fanáticos religiosos o de votantes de Trump, ahí lo verán mandando por un tubo cuanto estudio, informe o dictamen contradiga sus sesudas apreciaciones, todo con tal de sostener inalterada su opinión. No es extraño, entonces, que el tonto de las redes sea víctima fácil, casi diría que voluntaria, de las fake news, debido a que ninguna luz de alerta respecto de la posible falsedad de una información, como, por ejemplo, su condición de anónima o la marca periodística que la difunde (de esas que más que credibilidad invitan a dudar), le pesa tanto como el hecho de que aquel contenido refuerce sus posiciones y justifique sus odios. Si ese es el caso, lo cree, lo comparte y lo comenta de inmediato.

A los desmentidos, en cambio, ni caso. Menos si son oficiales. Al trabajo de los periodistas que hacen fact checking, tampoco. Desprecia por igual el saber especializado que el estudio disciplinado, el método reproducible que el dato empírico. Como buen hombre masa orteguiano, con su cabeza de martillo en todo ve clavos, y nos taladra con su majadera cantinela de prejuicios, lugares comunes y correlaciones elevadas, sin más, al rango de relaciones causales. Odia las jerarquías, los méritos y las precedencias, porque, como Adán, lo suyo es la libertad de palabra, el derecho soberano al disparate y a la puerilidad, a ponerles el nombre que quiera a las cosas (para luego cagarse en ellas, claro).

Aunque clame contra “el sistema”, el tonto vive hoy en su régimen soñado: el de una sondeocracia que, aparte de entotorotarlo con la idea de que su opinión es relevante para la definición de todos los asuntos públicos, le garantiza su derecho inalienable a rebuznar sin temor alguno a consecuencia alguna, a condición, eso sí, de que solo haga eso (que al poder lo tiene sin cuidado), cosa con la que el tonto está más que contento. Y, así, se lo bailan, pero es feliz, porque el tonto de las redes, enredado como está, en realidad no acaba de comprender bien nada.

La verdad es que, al fin y al cabo, no le importa. Y eso, eso es lo relevante, el punto más importante que se deriva de todo lo anterior. Que el tonto de las redes no tiene un problema educativo, mucho menos cognitivo, sino uno moral. Es soberbio. Se importa tanto a sí mismo, antepone de forma tan indolente la defensa de su imagen al aprecio por la verdad, la justicia y la razón, que se ha perdido en el laberinto de su libertad.

El autor es abogado.