Alexander Friedman. 17 agosto

JACKSON, WYOMING– Es hora de admitir que el sueño americano ha muerto. Las condiciones subyacentes para la subsistencia de este sueño —crecimiento económico fuerte y constante, además de una meritocracia estructurada para evitar que los ricos hagan jugarretas con el propósito de aprovecharse del sistema— ya no existen.

Sin embargo, aún existe la posibilidad de que surja un sueño americano 2.0, pero dependerá de aquellos que ahora luchan para que la Casa Blanca ofrezca un plan para hacerlo realidad. Para empezar, los líderes de Estados Unidos deben explicar el problema claramente. La Declaración de Independencia proclamó la “búsqueda de la felicidad” como una característica central de la vida estadounidense. Desde 1776, cada generación ha buscado la movilidad social ascendente y a lo largo tiempo muchos, aunque no todos, alcanzaron la prosperidad.

Durante más de un siglo, tras la Guerra Civil, los avances en energía, medicina, telecomunicaciones y transporte dieron una nueva forma a Estados Unidos y al mundo. La productividad económica creció dramáticamente, al igual que la esperanza de vida. Además, durante este período, una marea creciente realmente elevó a la mayoría de los barcos. Los políticos de ambos partidos adoptaron un ethos nacional que afirma que toda persona puede salir adelante a través del trabajo duro, y, gradualmente, aunque de manera imperfecta, hicieron que dicho ethos también englobara a los migrantes, a los no blancos, las mujeres, los discapacitados y otras personas que históricamente habían sido excluidas de la promesa de una vida estadounidense.

Pero cuando el crecimiento económico comenzó a desacelerarse en la década de los setenta, los votantes sintieron frustración, a la vez que los shocks petroleros, el escándalo Watergate y el final ignominioso de la guerra de Vietnam agravaban el sentir público, que el presidente Jimmy Carter denominó el “malestar” de Estados Unidos. Fue en este contexto sombrío que Ronald Reagan hizo campaña en 1980 con la promesa de brindar un “Mañana a Estados Unidos”. Ya que la Reserva Federal (Fed) estadounidense daba señales de su disposición para hacer lo que fuera necesario con el objetivo de frenar la inflación, se redujeron los impuestos y Estados Unidos se transformó de manera fundamental: pasó de ser un país de ahorradores a uno de prestatarios.

En las décadas siguientes, el apalancamiento financiero impulsó el crecimiento hacia adelante, pero el sueño americano vivía sus últimos momentos. Los estadounidenses se endeudaron para comprar bienes extranjeros y los productores de esos bienes compraron deuda del Gobierno de Estados Unidos, lo que mantuvo bajas las tasas de interés. Si bien los estadounidenses sentían prosperidad, la economía real fue creciendo a solo la mitad de la tasa anterior y los salarios medios se estancaron.

Mientras tanto, la Fed se dedicó a tratar de apagar incendios periódicos en los mercados financieros. Sin embargo, sin darse cuenta, el problema de la creciente desigualdad empeoró aún más. Al llegar el 2007, sus políticas habían expandido artificialmente los mercados financieros (en los cuales gran parte de los activos están en manos de los ricos) hasta que lleguen a alcanzar tres veces el tamaño de la economía real.

El sueño americano funciona solo cuando el crecimiento es ampliamente compartido y los impedimentos estructurales para el progreso son escasos. Ninguna de estas condiciones existe hoy. Según la Oficina de Presupuesto del Congreso, las tasas de crecimiento anual del 4 % no volverán, al menos no a corto plazo; el 2 % de crecimiento es lo máximo que se debe esperar. Además, las innovaciones que impulsaron el crecimiento en el empleo manufacturero y la movilidad ascendente en el pasado han sido reemplazadas por las tecnologías digitales. A pesar de facilitar mucho la vida, las empresas de la economía digital, del estilo Amazon y Uber, están destruyendo los empleos de la clase trabajadora y reduciendo los salarios.

Para empeorar las cosas, la ley de impuestos de Estados Unidos ha venido favoreciendo cada vez más al capital en vez de al trabajo, lo que ayuda a explicar por qué la participación del trabajo en el ingreso nacional ha estado disminuyendo. Dicho todo esto, hay demasiada deuda para los jóvenes, muy pocos ahorros para la jubilación de la generación de los nacidos después de 1945, o la llamada generación baby boom, así como también una falta de flexibilidad laboral y seguridad para los desplazados y desempleados. Intentar salir adelante se ha convertido en una tarea sisifiana.

Afortunadamente, es posible que la narrativa mejore. Ya sabemos lo que debemos hacer para ayudar a reequilibrar el campo de juego y restaurar el dinamismo y el crecimiento con un efecto neutro en cuanto al déficit. Para empezar, deberíamos reducir la deuda estudiantil a cambio de servicios nacionales en campos como la enseñanza, los servicios de primera respuesta y la atención médica rural. Lo antedicho no es solo lo correcto, sino que también impulsaría a una nueva generación de servidores públicos en áreas socialmente importantes que actualmente sufren escasez de mano de obra.

En segundo lugar, debemos eliminar las exenciones impositivas, es decir, la escapatoria de impuestos que se ofrece a medida que se incrementa la base imponible en el caso de los impuestos estatales y de la tasa de interés acumulada, ya que dichas exenciones amplían y afianzan la brecha de riqueza. Al hacerlo, podríamos desbloquear cientos de miles de millones de dólares en nuevos ingresos fiscales.

En tercer lugar, esos nuevos ingresos fiscales recién encontrados deberían utilizarse para tres propósitos clave. Primero, Estados Unidos necesita proporcionar una escuela de educación superior comunitaria sin matrícula para volver a capacitar a sus trabajadores, muchos de los cuales han sido, o serán, desplazados por la automatización y otras nuevas tecnologías.

En segundo lugar, necesitamos un programa nacional de infraestructura, una versión moderna del programa Works Projects Administration del presidente Franklin D. Roosevelt, que podría emplear a muchos de los que han perdido empleos en el ámbito de la manufactura.

Tercero, es hora de establecer un fondo fiduciario nacional para préstamos estudiantiles, que luego deberá pagarse a partir de una proporción predeterminada de los ingresos posteriores del estudiante durante un número específico de años. Los estudiantes que terminen percibiendo ingresos bajos en el futuro pagarían menos de lo que pidieron prestado, pero esto se compensaría con los pagos de aquellos con ingresos más altos.

Cuarto, el salario mínimo federal no solo debe aumentarse, sino también debe indexarse a la tasa de inflación. Esto ayudaría a que las personas puedan mantener su poder adquisitivo en un ámbito de costo de vida creciente; y, como lo ha demostrado el Banco de la Reserva Federal de Chicago, esto incrementaría la actividad económica agregada.

Quinto, debemos hacer que el acceso al cuidado infantil básico sea universal, en caso contrario, la participación de las mujeres en la fuerza laboral continuará por debajo de su potencial. Y, por último, debemos dar a todos el acceso a los mismos beneficios de ahorro para la jubilación que a los ricos; es decir, a través de una expansión del plan de ahorro denominado Thrift Savings Plan, que funciona como un 401k, pero proporciona beneficios fiscales de importancia crítica que la mayoría de los trabajadores carecen actualmente.

Los imperios tienen apogeos y decadencias, y, algunas veces vuelven a tener apogeos. La trayectoria actual de Estados Unidos no augura nada bueno. Sin embargo, si actuamos ahora, aún podemos crear un nuevo sueño americano para la economía más grande del mundo.

Alexander Friedman: inversor, fue director ejecutivo de GAM Investments, director de inversiones de UBS, director de finanzas de la Fundación Bill y Melinda Gates y becario en la Casa Blanca.

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