Nina L. Khrushcheva. 5 noviembre, 2019

NUEVA YORK– En los años sesenta, el poeta disidente Alexánder Galich escribió sobre la complicidad muda de los apparátchiki soviéticos en los crímenes de Joseph Stalin, especialmente las grandes purgas en las que millones de personas fueron detenidas o murieron en los gulags. “Quienes se callaron se convirtieron en jefes, porque el silencio es oro”, escribió Galich. “Quédense callados y estarán arriba”.

Nunca habría imaginado que esas líneas también pudieran resonar en Estados Unidos. Pero el presidente Donald Trump ha cambiado la percepción general de lo que es posible.

Los “resistidores” silenciosos nos quieren hacer creer que anteponen a su país cuando, en realidad, la presidencia de Trump dividía aún más a Estados Unidos y al mundo.

Aun si la presidencia de Trump se acelera rápidamente al abismo, los principales líderes del Partido Republicano se han mantenido mayormente en silencio. Entre ellos están no solo el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, y el senador Lindsey Graham, sino también el expresidente George W. Bush, James Baker y Dick Cheney. Su lealtad a los “valores republicanos” enquistados desde la época de Ronald Reagan —bajos impuestos, una regulación ligera y conservadurismo social— los ha convertido en cómplices en el daño que la administración Trump le está infligiendo a Estados Unidos y al mundo.

Esos valores republicanos no se han traducido en beneficios económicos para el estadounidense común en las últimas décadas. Es más, la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en el 2003 durante la presidencia de Bush dañó seriamente la postura internacional de Estados Unidos, y los gobiernos nacionalistas en Rusia, Turquía, Hungría y otras partes cada vez más pusieron en tela de juicio la moralidad del liderazgo global de Estados Unidos.

En el gobierno de Trump, un hombre sin ningún tipo de brújula moral, las prioridades en materia de políticas de los republicanos no han cambiado, pero toda apariencia de “valores” que quedara se ha desvanecido.

La traición de los aliados por parte de Trump, la negación de la interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales del 2016, su afinidad con los neonazis y los supremacistas blancos y su incapacidad de distinguir entre su cargo y sus negocios deberían disuadir a cualquier republicano de desempeñar funciones en esta administración o defenderla. Sin embargo, incluso aquellos funcionarios con preocupaciones evidentes sobre Trump han terminado ayudando a normalizar su presidencia.

En setiembre del 2018, Anonymous, supuestamente un alto funcionario de la administración Trump, escribió una columna de opinión en The New York Times declarándose “parte de la resistencia”, como si eso fuera a mitigar nuestros temores sobre el silencio republicano.

“Evidentemente”, escribió Anonymous, “la nuestra no es la ‘resistencia’ popular de la izquierda. Queremos que a la administración le vaya bien y pensamos que muchas de sus políticas ya han hecho que Estados Unidos sea más seguro y más próspero”. Pero el argumento de la prosperidad es cuestionable y la desastrosa política exterior de Trump —peor que la de George W. Bush— le ha costado a Estados Unidos la confianza y el respeto del mundo.

Muchos también habían esperado con ansias la resistencia de varios ex líderes militares de Estados Unidos que se han desempeñado en la administración Trump, en particular los exasesores de seguridad nacional de Estados Unidos Michael Flynn y H.R. McMaster, el exsecretario de Defensa James Mattis y John Kelly, quien dirigió el Departamento de Seguridad Nacional antes de convertirse en jefe de gabinete de la Casa Blanca.

Si bien Flynn duró apenas semanas en su cargo, y hoy es un criminal convicto, los otros tres eran vistos, en general, como los “adultos en la sala”, que podían contrabalancear los instintos caóticos del mundo del espectáculo de Trump.

Se convencieron de que, en lugar de intentar sacar a Trump de la presidencia, podían en cambio controlarlo y, así, perpetuar su propio poder. Al defender el sistema estadounidense de frenos y contrapesos, serían los salvadores que nos rescatarían devolviéndonos nuevamente a la normalidad.

Sin embargo, aunque Trump inicialmente llamó a estos exmilitares “mis generales”, los destituyó después de pelearse con cada uno de ellos. Al final, su complicidad en la catástrofe trumpiana no fue muy diferente del silencio comunista que condenó Galich, y que impuso un costo tan alto a la población de la Unión Soviética.

Es más, estos exgenerales y tenientes generales esencialmente retirados no tuvieron que cumplir órdenes por miedo, como lo habían tenido que hacer el ex líder soviético Nikita Jruschov y otros en el régimen de Stalin.

Ahora, finalmente, algunos de los que ofrecieron resistencia están empezando a hablar. Anonymous, que bien podría ser uno de esos generales, ha escrito Una advertencia, promocionado por su editor antes de su lanzamiento en noviembre como un libro “explosivo” que “ofrece un relato estremecedor de primera mano del presidente Trump y su forma de actuar”. McMaster está escribiendo un libro proyectado para el 2020 sobre los “desafíos geopolíticos más graves” de nuestros tiempos, en el cual probablemente aparezca mencionado Trump.

El último republicano en resistir es John Bolton, el tercero de los asesores de seguridad nacional de Trump, que dejó la administración en setiembre y también, supuestamente, está trabajando en un libro revelador. Algunos elogian a Bolton por expresar preocupación por la conducta de la política estadounidense hacia Ucrania. Se ha especulado, incluso, que Bolton, o un protegido de él, haya sido el informante que llamó la atención sobre la llamada telefónica del 25 de julio en la que Trump presionaba al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, para investigar a Joe Biden, contendiente para la candidatura presidencial demócrata del 2020.

Este, sin embargo, es el mismo Bolton que defendió la desastrosa invasión de Irak en el 2003 mientras se desempeñaba en el Departamento de Estado de Estados Unidos.

Más vale tarde que nunca, dirían algunos. Sin embargo, la reciente oleada de “resistencia” llega un poco más que tarde. Los “resistidores” silenciosos nos quieren hacer creer que anteponen a su país cuando, en realidad, la presidencia de Trump dividía aún más a Estados Unidos y al mundo.

En la columna de opinión del 2018, Anonymous lamentaba que Estados Unidos se hubiera “hundido tan bajo con Trump" y que este hubiera permitido que su "discurso fuera despojado de civilidad”. Ahora, cuando tipos como Bolton están a punto de convertirse en héroes, el discurso político estadounidense parece haber sido privado también de sentido común.

Jruschov, personaje principal del poema de Galich, denunció a Stalin en 1956, después de haber sido leal al dictador durante décadas. Y asumió sus propios crímenes, al declarar que sus brazos estaban “cubiertos de sangre hasta los codos”.

Dejemos que esa sea la prueba. Antes de apresurarnos a abrazar a Bolton, McMaster y otros porque ahora son anti-Trump, veamos si tienen el coraje de asumir responsabilidades por su complicidad previa.

Nina L. Khrushcheva: es profesora de Asuntos Internacionales en The New School. Su último libro (con Jeffrey Tayler) es “In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones”.

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