Yao Yang. 25 octubre, 2019

PEKÍN– El Premio Nobel de Economía de este año fue para Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer, por su trabajo en el uso de ensayos controlados aleatorizados en estudios del desarrollo.

La decisión generó una amplia variedad de reacciones en todo el mundo, en particular porque esos ensayos son muy discutidos por los economistas académicos.

Muchos en China consideran que el Comité del Nobel se olvidó otra vez de la experiencia de desarrollo china, que nada tuvo que ver con esa clase de ensayos.

Es lamentable que tan a menudo el éxito económico de China se considere precursor de un modelo de desarrollo totalmente nuevo, el “capitalismo de Estado”.

Es verdad que algunas de esas críticas pueden ser de envidia. Desde que se creó el Premio Nobel, solo lo han recibido tres chinos (el de Literatura, el de Medicina y el de la Paz).

Sin embargo, la historia económica de China ofrece lecciones fundamentales para el estudio del desarrollo, que la moderna metodología de los ensayos controlados aleatorizados pasa por alto.

Los investigadores del campo, aparentemente, olvidaron la enseñanza de la economía clásica del desarrollo de los años cincuenta, según la cual el desarrollo económico implica dar los pasos difíciles pero necesarios para el logro del crecimiento sostenido.

Puntapié al crecimiento. Por ejemplo, aumentar el ahorro interno es muy difícil, pero imprescindible. Representantes de la economía del desarrollo clásica como Pei-Kang Chang, Roy F. Harrod, Evsey Domar y Robert Solow vieron que el ahorro es esencial para dar el puntapié inicial al crecimiento económico en los países pobres.

La idea central a la que llegaron es en gran medida intuitiva: hasta los agricultores de subsistencia saben que para tener mañana una vida mejor hay que ahorrar hoy dinero que permita comprar otro pedazo de tierra o equipamiento para mejorar el terreno de labranza actual.

Pero en la década de los setenta, cuando los ahorros de los países petroleros y de Japón inundaron los mercados financieros mundiales, surgió otra idea.

A partir de ese momento, se dio por sentado que los países en desarrollo podían depender del crédito internacional para acumular capital interno. Y, pese a las enormes pérdidas que sufrieron los mayores deudores, particularmente en América Latina, la idea perduró.

En cambio, desde principios de los cincuenta China se esforzó en acumular capital mediante el ahorro interno. Pese a ser uno de los países más pobres del mundo, la tasa nacional de ahorro china antes de 1978 nunca fue inferior al 20 % del producto interno bruto (PIB); y, después de eso, creció la mayoría de los años hasta el 2008, cuando alcanzó un máximo del 52 % del PIB.

Capacidad industrial propia. Para que un país pueda aprovechar al máximo el ahorro interno, debe desarrollar una capacidad industrial propia.

Como observó Lee Kuan Yew, el padre de Singapur: "Ningún país llegó a ser una economía importante sin convertirse en potencia industrial”. Pero crear esa capacidad industrial es difícil: a menudo el país en cuestión tendrá que comenzar ocupándose de los trabajos que nadie más quiere hacer, y al mismo tiempo alentar un infatigable espíritu emprendedor.

China hizo las dos cosas. Comenzó con exportaciones con alto componente de mano de obra y gradualmente desarrolló la red de producción más completa del mundo; y ahora es uno de los países con más cantidad de emprendedores.

No hay ningún secreto detrás del éxito económico de China. Lo único que hizo el país fue seguir el consejo de los economistas clásicos y dar los difíciles pasos necesarios para lograr un progreso duradero.

Pero muy pocos economistas del desarrollo después de la década de los noventa estudiaron modos en que un país puede industrializarse y desarrollar un empresariado local.

La economía del desarrollo moderna también prestó poca atención al papel de la coordinación social en la obtención gradual de economías de escala productivas.

Economistas clásicos como Paul Rosenstein‑Rodan, Albert O. Hirschman y Alexander Gerschenkron tenían teorías sistemáticas y convincentes sobre este mecanismo, pero el modelo neoclásico predominante de Arrow‑Debreu no puede explicar rendimientos crecientes.

Acción gubernamental. Desde un punto de vista práctico, la coordinación económica tiende a demandar acción del gobierno.

Cuando los cuatro tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) llamaron la atención internacional a fines de los años ochenta, su veloz crecimiento generó un encendido debate sobre el papel que le corresponde al Estado en el desarrollo económico, del que surgió el concepto de “Estado desarrollista”.

Pero la crisis financiera asiática de 1997 suscitó grandes dudas con respecto al modelo asiático, y desde entonces la economía del desarrollo retornó al paradigma neoclásico.

En el caso de China, el Estado tuvo un papel evidente, pero no fue el único factor del éxito. Su intervención fue más eficaz en la medida en que imitó a otras economías del este de Asia, y colaboró en la acumulación de capacidad de producción y proveyó coordinación cuando fue necesario.

Interpretación errónea. Es lamentable que tan a menudo el éxito económico de China se considere precursor de un modelo de desarrollo totalmente nuevo, el “capitalismo de Estado”.

En cualquier caso, la metodología de los ensayos controlados aleatorios y la economía del desarrollo contemporánea pasaron por alto muchas cosas.

Un experimento puede ayudar a las autoridades a mejorar programas de bienestar o a crear otros nuevos, pero no puede decirle a un país pobre cómo conseguir un crecimiento sostenido. Como dice el viejo proverbio chino: “Es mejor enseñar a pescar que regalar pescado”.

No hay ningún secreto detrás del éxito económico de China. Lo único que hizo el país fue seguir el consejo de los economistas clásicos y dar los difíciles pasos necesarios para lograr un progreso duradero.

Pasos para cuya identificación no hacen falta experimentos: son los mismos para todas las economías en desarrollo y se conocen hace décadas.

Yao Yang: es profesor en la Escuela Nacional de Desarrollo y en el Centro de Investigaciones Económicas de China en la Universidad de Pekín.

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