Víctor Valembois. 10 septiembre

He leído y releído El principito en varios idiomas no sé cuántas veces. Siempre le encuentro un ángulo nuevo. Esta vez, la dimensión ecológica. Recordemos, sin embargo, que Saint-Exupéry no era biólogo y lo redactó hace casi ocho décadas.

Confrontando el francés con la buena traducción, me saco el sombrero imaginario por la excelente literatura: gozamos, el narrador y el lector, con las chiquilladas del principito.

Gratis, nos concede permanentes lecciones, entre otras, a través de un instrumento que prácticamente todos muy pronto, antes de los diez años, por lo general, vamos perdiendo: la capacidad de preguntar y preguntar.

Tengo para mí que, de seguir por aquí la falta de lluvia, por aquello de El Niño —el muy real y terrible— junto con demás alteraciones climáticas, pronto confrontaremos una colosal escasez de agua.

Los nenes, aun viniendo en modelitos muy diferentes, todos son preguntones; felizmente, el autor, en plena guerra mundial, redacta esa maravilla. Intrigado, se pone ante esa preguntadera que, por lo menos en mis tiempos, habría merecido el comentario sarcástico de los mayores: “Los niños están para ser vistos, no para ser oídos”.

Enseguida, envidio la gente con capacidad para escribir de modo nada ambiguo, pero dirigiéndose simultáneamente a dos tipos de lectores, se puede decir que opuestos: los adultos, por un lado —siempre y cuando la sibalización no les haya extirpado el corazón— y, por otro, los niños, cada uno con sus peculiares antenas puestas.

Un placer que se va perdiendo. Ojalá nunca pierdan el maravilloso don de la lectura, tragando a bocados grandes la realidad circundante, pero, lo señaló Jacques Sagot hace poco: de cinco costarricenses, diez ya no leen.

Por Dios, no entiendo cómo se podría aburrir un adulto releyendo El principito, metiéndose si pudiera en el pellejo del personaje principal; al mismo tiempo, si de verdad es adulto, con risa en los labios soporta las pullas que Saint-Ex les tira a los viejos, él ya con cuatro décadas encima.

Son pocos los autores polifacéticos. Pienso en mi amigo, comunista y todo, maravilloso humanista Joaquín Gutiérrez Mangel: solo adultos resentidos buscan pulgas racistas a su maravilloso Cocorí, de 1947.

El “modelo” francés no creo que haya inspirado al limonense, pero tan viajero como era, de repente supo de esa destacada creación. Por lo demás, “niños” y “menos niños” costarricenses disfruten de ambas obras, incluso comparándolas en su maravilloso contraste complementario entre el mundo supuestamente maduro y el de los infantes que, según la etimología, no opinan.

Pienso también en un librito de mi tierra, concretamente de Eugenio Savitzkaya, quien, con su Luisa la exquisita, grandes y chicos disfrutan tanto las travesuras de ella como las reacciones de los dizque mayores que pretendemos ser, o nos obligan a parecer.

La poda. Pero voy al “drama de los baobabs” como se describen en el capítulo cinco de El principito. Se encuentra preocupado, el hombrecillo, en primera instancia por la comida de su querido corderito y, con su lógica, hilvana casi un tratado escatológico sobre los malignos árboles baobab (vocablo árabe) supuestamente perniciosos.

Con su divino raciocinio, el angelito explica que conviene erradicarlos en cuanto aparezcan, aún diminutos, cuando todavía cabe distinguirlos de los rosales porque después demorar la poda resulta fatal.

Impresionado, el piloto-narrador deja la tarea urgente de arreglar su motor y, niño al fin, se pone a dibujar esos arboloootes que lo invaden todo. Linda creación, pese a que de pequeñín lo frustraron y le comentaron que mejor estudiara Matemática y Geografía.

Pero ante la advertencia del aviador: “Niños, ojo contra los baobabs”, en mi lectura actual, surgen reparos. Tengo para mí que, de seguir por aquí la falta de lluvia, por aquello de El Niño —el muy real y terrible— junto con demás alteraciones climáticas, pronto confrontaremos una colosal escasez de agua.

Incidirá en la agricultura y en nuestros bolsillos. Lego en la materia, me puse a estudiar: esos baobabs son reales, de las sabanas africanas, no tan lindos como nuestros guanacastecos, pero ¡ojo!, pronto en nuestra no muy lejana región tórrida y seca, de repente podrían servir por ser grandes almacenadores de agua.

Me suena todavía en la oreja la promisora advertencia de mi excelente colega Carlos Quesada: “El agua es el verdadero petróleo de Costa Rica”.

No pidamos a Saint-Ex que, en los años cuarenta, tuviera la dramática visión científica de la cual disponemos desde hace relativamente poco. Pero el niño en mí —me dicen algunos que así es, detrás de la cáscara— cree que cabe una revisión ecológica del principesco prejuicio contra los baobabs.

Como sea, bebamos con el principito, a sorbitos, nada menos que la felicidad.

El autor es educador.