Tatiana Benavides Santos. Hace 6 días

Las teorías de la conspiración tienen especial resonancia en situaciones de crisis porque ofrecen explicaciones simples a fenómenos o circunstancias complejas.

Combatirlas es necesario en momentos de suma volatilidad y cuando el conocimiento técnico-científico se encuentra en constante desarrollo.

Creer en esas teorías da a los individuos la sensación de estar en control de la realidad, reduce su incertidumbre y hallan responsables por las disrupciones experimentadas.

Las redes sociales, la creciente polarización política y períodos inciertos como la pandemia desencadenaron elevados grados de desinformación y una proliferación de teorías de la conspiración que confunden a la población y afectan las gestiones de crisis debido a acciones que deslegitiman la evidencia científica.

Esas teorías son un problema para el cumplimiento de medidas en condiciones críticas por el impacto que son capaces de tener en las acciones reales de algunos individuos.

Como bien señala Amartya Sen, una de las razones por las cuales las democracias son preferibles a las autocracias es porque las primeras permiten contar con un vasto abastecimiento de información, que hace a las comunidades más transparentes y permite una mejor comunicación entre los diversos actores políticos y sociales.

Infodemia. En los últimos tiempos, sin embargo, hemos llegado a un estado de infodemia, es decir, una dinámica del espacio de información moderna donde es difícil distinguir la información confiable en pleno conflicto o competencia de versiones. La infodemia amenaza el derecho a la información creíble y veraz de los ciudadanos.

Las teorías de la conspiración han dejado de pertenecer al lado oscuro de Internet, como 4chan, para competir con información proveniente de fuentes acreditadas.

El mundo online se convirtió, como señala Max Boot, en un espacio de posverdad, donde no hay datos indisputables, solo competencia de narrativas.

Pareciera que se encuentran al mismo nivel las informaciones técnicas del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) que la propaganda de QAnon, una de las fuentes de extrema derecha de mayor difusión de teorías de la conspiración en Estados Unidos, la cual ha difundido ideas como que la covid-19 es parte de un plan del “Estado profundo” para dañar las posibilidades de reelección del presidente Trump, o la del Gran Despertar, que señala la misión secreta de este último para limpiar el país de élites corruptas y pedófilas.

Las teorías de la conspiración están asociadas generalmente con visiones políticas extremas de derecha o de izquierda. No obstante, según Marshan Allen, las de extrema derecha sobrepasan en número a estas últimas.

En Estados Unidos, grupos de extrema derecha se unieron por oportunismo con los antivacunas y atraen además a congregaciones cristianas que ven en las teorías oportunidades de renovación y gratificación moral.

Cinco tendencias. Si se analizan algunas teorías dominantes surgidas en dicho país, pero que han trascendido internacionalmente, es posible identificar cinco tendencias principales.

La primera está relacionada con el antielitismo, es decir, las retóricas del Deep State que responsabilizan sin fundamento a determinadas figuras de poder o grupos políticos, económicos, científicos o de inteligencia de planes sombríos contra la población.

La segunda manifiesta una aversión a la globalización, a la cual le atribuye la transformación de los valores tradicionales y el statu quo, así como los flujos migratorios que ponen, aparentemente, en riesgo la desaparición de la población blanca debido a la diversificación étnico-racial.

Como ejemplo, las teorías del “nuevo orden mundial” alertan sobre los presuntos planes de las élites para consolidar un gobierno socialista global que quiere acabar con la libertad y controlar a las poblaciones a través de maquinaciones, como ataques terroristas o pandemias.

Una forma de control para ellos es también la aplicación de vacunas que supuestamente Bill Gates promueve.

George Soros es también una de las figuras que encarnan conjeturas en contra de la globalización, y se le culpa de fomentar la apertura de fronteras y el arribo descontrolado de migrantes que amenazan con remplazar a la población blanca.

Las acusaciones sin fundamento sobre el supuesto financiamiento de Soros a las caravanas de Honduras, las marchas antinazis en Charlottesville o Antifa, en el marco de las protestas contra la discriminación racial organizadas por el movimiento Black Lives Matter, son solo algunos ejemplos.

La tercera tendencia es la deslegitimación de la academia y la ciencia, que cuestiona la existencia de la covid-19, incentiva las protestas contra los lockdowns (confinamientos), promueve remedios pseudocientíficos, advierte sobre el supuesto riesgo de vacunas y mascarillas, y presenta al Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, como el cerebro detrás de la “confabulación” de la pandemia.

En cuarto lugar, se detecta una creciente porosidad de la línea divisoria entre las conjeturas online y las acciones offline.

Esto no solo se ve en el incumplimiento de las medidas para mitigar los efectos de la pandemia, sino también en las consecuencias violentas que han tenido diversas teorías al comprobarse que son el móvil de varias masacres en Estados Unidos.

Según señala la Liga Antidifamación en dicho país, el autor del ataque armado a la sinagoga en Pittsburg, donde murieron 11 judíos, creía que Soros —de origen judío también— financiaba un “genocidio blanco” y abogaba por las fronteras abiertas y el control de armas.

Por otra parte, el joven que disparó contra la pizzería Comet, en Washington, durante las elecciones del 2016, creía, según fuentes policiales, que estaba salvando a un grupo de niños de una red de tráfico sexual que funcionaba en dicho lugar, producto de una teoría conspirativa denominada pizzagate, surgida en la opacidad de 4chan.

Twitter y Facebook cerraron recientemente múltiples cuentas ligadas a la fuente QAnon por las amenazas offline de sus seguidores y el FBI decidió declarar al foro una amenaza doméstica, dada la expansión del potencial de violencia que podría desatar para el ciclo electoral del 2020.

La criollización. En quinto lugar, es posible identificar una tendencia a la transnacionalización de muchas teorías surgidas en Estados Unidos u otros países, y que pasan luego por un proceso de criollización.

No es de sorprenderse que el artífice de “¿Cual pandemia?” en Costa Rica comparta en sus redes sociales las teorías de QAnon, o que el programa Vecinos, donde participa el excandidato Fabricio Alvarado, irresponsablemente difunda las teorías conspirativas del nuevo orden mundial, los illuminati y otras más.

Pero Costa Rica es solo uno de muchos países donde esas ideas de la extrema derecha estadounidense tienen eco. Precisamente las teorías sobre Soros cuentan con su versión autóctona en países como Turquía, Australia, Armenia, Hungría, el Reino Unido y otros más, donde se le atribuye, especialmente, la supuesta promoción de la apertura de fronteras y llegadas masivas de migrantes.

Desmontar una teoría de la conspiración es una labor difícil porque la evidencia técnica o científica no es suficiente para acabar con el escepticismo.

El efecto nefasto de los desvaríos conspiranoicos será contrarrestado únicamente con formación de niños y adultos para que sepan cómo evaluar los contenidos online.

Como nunca antes, resulta urgente la alfabetización digital con el fin de otorgar a los individuos las habilidades necesarias para manejar las tecnologías digitales de manera práctica, pero, sobre todo, crítica.

La autora es politóloga.