Dorelia Barahona. 19 febrero

Cuando estudiaba Filosofía, nació mi hijo. Así que fui una estudiante embarazada en el segundo nivel de la carrera. Varios excompañeros se acuerdan de mí como la compañera que tenía una panzota y no podía entrar en el pupitre.

Los pupitres eran, en ese tiempo, los de mesita en forma de marañón pegada a la silla, imposibles de usar para los panzones. Tenía nueve meses y empezaba el curso de Introducción a la Metafísica. Leíamos a Hartmann, la parte donde menciona que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio, como parte de su debate teleológico de los seres vivos.

¿De qué otro cuerpo podían estar hablando si no era el que yo rotundamente experimentaba desde la pura materialidad biológica? Una materialidad que, en vez de ser inferior en la jerarquía bipolar de la filosofía patriarcal, era un enfoque del más puro empirismo materialista.

Yo, que ya me había acostumbrado a que duraran mucho en darme la palabra por ser mujer “en estado y quién sabe qué va a decir”, levanté mi brazo y no dudé en preguntar cómo se explicaba eso en el caso de una mujer embarazada.

No recuerdo la respuesta del profesor, algo así como que había bajado de un solo la metafísica a una sala de obstetricia o ginecología, mas sí recuerdo las risas de mis compañeros, en su mayoría, hombres. Me sentí avergonzada, tonta e inadecuada.

Error inicial. Pensé que ahí tenían una razón más para argumentar el porqué la filosofía no era para mujeres, milenaria posición que aún no pocos filósofos conservan. Nadie entendió muy bien por qué había formulado una pregunta tan rústica, ni siquiera mis amigas feministas.

Pasó mucho tiempo antes de que empezara a poner las piezas en su lugar y mirar el paisaje en mi postal completo. Recuperé la validez de mi pregunta desde mi cuerpo. El lugar donde habita mi identidad. Un lugar, un espacio ocupado también por otro cuerpo, el de mi hijo, cuya evidencia era palpable no solo por la panzota, sino desde dentro, con las constantes pataditas ese último mes.

Un cuerpo que, definitivamente, no era la noción de cuerpo de Hartmann ni del profesor ni de mis compañeros. Me refiero al cuerpo que habitamos, no al cuerpo ontológico. Pero pensamos desde el cuerpo a los cuerpos ontológicos, y nadie tenía la experiencia de cuerpo material como yo en ese momento.

¿De qué otro cuerpo podían estar hablando si no era el que yo rotundamente experimentaba desde la pura materialidad biológica? Una materialidad que, en vez de ser inferior en la jerarquía bipolar de la filosofía patriarcal, era un enfoque del más puro empirismo materialista. ¿Por qué, en vez de bajarme el piso, no se me dio un lugar desde donde entenderme?

Compresión final. Terminé la carrera con la idea de que mis reflexiones estaban permeadas por las hormonas y por mi condición de mujer. Pero seguí leyendo y escribiendo, dándome cuenta de que el paisaje de las mujeres era otro desde donde experimentar el mundo y las ideas.

Un paisaje con evidencia material constante que hacía interpretar los datos con mucho más relieve y creatividad que muchos hombres filósofos, quienes, en realidad, eran profesores de Filosofía, no creadores de filosofía, es decir, filósofos. Muchos debieron ser historiadores o abogados, más bien.

Sí, el paisaje de la mujeres es, cognitivamente hablando, un paisaje desde donde el espacio y los cuerpos se pueden transformar en poesía u ontología, pero también es cuerpo en un espacio donde puede haber otros cuerpos.

La coexistencia es posible con enunciados de la física, de las matemáticas y la lógica, etc., siempre y cuando se reconozca el paisaje desde donde se mire y no se obligue a que la mirada solo sea una.

La materialidad del cuerpo donde habita la mente es un paisaje que deberá tomarse en cuenta cada vez que se descalifique a una mujer. Dichosamente, los tiempos cambian y también los enfoques de la academia.

Metafísica. De manera respetuosa, traigo a colación la escena de la enunciación de la Virgen María. La fe con que cientos de mujeres creen en la virginidad de una mujer embarazada que escucha a un ángel que le da la explicación de su situación. ¿Es metafísica o no? ¿Es bajar a una sala de ginecología la teología o es precisamente el punto axial desde donde la fe católica despliega su esplendor ontológico y dogmático?

Sí, para Hartmann no puede haber dos cuerpos en un mismo espacio en términos ontológicos, y la física así lo ha dicho, pero hay momentos cuando los espacios, como los cuerpos, se experimentan de forma diferente y, desde allí, se experimenta y reflexiona sobre el mundo.

Insto a las mujeres a participar de las teorías, a reflexionar y aportar sobre sus propios paisajes para que sean incluidas en las galerías sociales del conocimiento contemporáneo haciéndolo más justo y diverso.

La autora es filósofa y escritora.