Mark Leonard. 18 diciembre, 2019

BERLÍN– A la ambición de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de encabezar una “comisión geopolítica”, le aguarda la primera prueba de fuego.

Los jefes de Estado europeos se reúnen para discutir su propuesta de un Pacto Verde Europeo, un proyecto abarcador que puede unir a la Unión Europea (UE) y fortalecer su posición en la escena mundial, o generar una nueva fisura política intraeuropea que deje al bloque fracturado y vulnerable.

Hay dos futuros posibles para la política climática europea: uno es que el Pacto Verde se convierta en la nueva gran causa de Europa y el otro es que se convierta en la próxima “crisis de refugiados”.

La necesidad de acción concertada es clara. El Pacto Verde es una respuesta a un cambio climático cada vez más veloz, que plantea una amenaza existencial al planeta.

Este problema no respeta fronteras nacionales y, por eso, demanda una acción colectiva global. Pero la transición a una economía con neutralidad de carbono también ofrece amplias oportunidades.

Con una estrategia correcta, Europa puede promover la innovación tecnológica propia y usar precios del carbono y otras políticas fiscales para proteger a los mercados laborales europeos de la competencia de productos más baratos procedentes de China y otros lugares.

Punto de partida. Además, a través del Banco Europeo de Inversiones, la UE ya tiene una herramienta para movilizar reservas enormes de capital hacia inversiones en infraestructura, investigación y desarrollo y otras áreas esenciales.

Y, como sostiene Adam Tooze, con la emisión de bonos verdes y otros “activos seguros”, Europa puede obtener mayor independencia económica que otras potencias y comenzar a convertir el euro en una moneda internacional.

Pero al lado de esta visión positiva se plantean otros escenarios más distópicos en los cuales el debate sobre política climática crearía divisiones geográficas y socioeconómicas y alentaría una contrarreacción populista.

Aunque el cambio climático afecta a todos, sus efectos son asimétricos, lo mismo que los costos de la transición a una economía carbono-neutral.

El peligro para los europeos es que la distribución desigual de costos y oportunidades aliente una guerra cultural entre el este y el oeste, entre las áreas urbanas y las rurales, y así sucesivamente.

Temores. El debate europeo es un eco de un desafío global más amplio. Muchos países del este de Europa todavía son muy dependientes del carbón para la generación de energía, y, en consecuencia, temen que la campaña por la carbono-neutralidad sea una forma de proteccionismo encubierto por parte de economías avanzadas como Alemania.

El ministro de Energía de Polonia, Krzysztof Tchórzewski, desestimó como “una fantasía” la idea de que Polonia (dependiente del carbón para el 80 % de su producción de electricidad) pueda lograr la neutralidad de carbono en el 2050 y calcula que los costos de esa transición se acercarían a un billón de euros ($1,1 billones).

Pero, además de la divisoria este‑oeste, el Pacto Verde también puede crear fisuras políticas dentro de cada uno de los Estados miembros de la UE.

El presidente, francés Emmanuel Macron, intentó posicionar a Francia como líder climático mundial, pero el intento de su gobierno de aumentar los impuestos a los combustibles el año pasado fracasó cuando millones de “chalecos amarillos” salieron a las calles a protestar a finales del 2018.

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores ha llevado a cabo encuestas en profundidad para comprender el panorama de preferencias con respecto a diversas políticas, y hallamos que la climática es una cuestión particularmente divisiva.

Superficialmente, más o menos, dos de cada tres europeos en la mayoría de los países encuestados piensan que la lucha contra el cambio climático debe ser prioritaria, incluso si eso implica reducir el crecimiento económico.

Pero hasta un cuarto de los encuestados dijeron no creer que el cambio climático sea una seria amenaza y se manifestaron mucho más preocupados por el radicalismo islámico y el ascenso del nacionalismo.

Los chalecos amarillos no son un fenómeno aislado. Las últimas elecciones son prueba de que el Pacto Verde puede convertirse en blanco de críticas útiles para populistas y partidos como Alternative für Deutschland (AfD), en Alemania, y Rassemblement National (Agrupación Nacional, ex Frente Nacional) en Francia.

Un detalle crucial es que cuando se pasa de preguntarle a la gente si el cambio climático es un problema a cómo habría que encararlo, la cuestión de la justicia socioeconómica y de la distribución de costos resulta enormemente divisiva.

Sin prisa. Incluso en el Parlamento Europeo, donde el 62 % de los eurodiputados hizo campaña con plataformas de inspiración ecologista, solo el 56% coincide en que la UE debería estar poniendo en práctica una transición veloz a una economía con bajo nivel de emisiones.

Además, solo un tercio de los parlamentarios respondieron estar dispuestos a tomar medidas contundentes contra empresas con una huella de carbono considerable.

De modo que, en términos generales, hay dos futuros posibles para la política climática europea. Uno es que el Pacto Verde se convierta en la nueva gran causa de Europa, capaz de impulsar la integración europea y fortalecer la posición de la UE frente a China y Estados Unidos.

La otra es que se convierta en la próxima “crisis de refugiados”: una cuestión con una potencia especial para dividir a Europa entre este y oeste, y movilizar las fuerzas populistas en todos los países del bloque.

Para que sea más probable lo primero, la dirigencia europea tiene que prestar menos atención a moralistas como la joven activista climática Greta Thunberg y más a realistas pragmáticos que comprenden que el precio del progreso siempre ha incluido resarcir a las fuerzas reaccionarias.

La única forma de llevar el Pacto Verde hasta una ejecución exitosa es ofrecer grandes transferencias fiscales a los países rezagados para que también tengan un interés puesto en la transición a la energía limpia. Sin una Europa unida, no habrá una respuesta europea eficiente contra el cambio climático.

Mark Leonard: director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

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