Jacques Sagot. 10 marzo

Tendemos a olvidarlo. Una fuerza que actúa automáticamente en nuestro interior nos lleva a olvidarlo. ¿Olvidar qué? Que vivimos de los muertos. Vivimos en sus casas, usamos sus armarios, sus viejos sofás, sus bibliotecas, sus escritorios, incluso su vajilla, sus camas, acaso sus almohadas y probablemente sus enseres de cocina o las góticas figuras de sus tableros de ajedrez, sus amarillentos juegos de cartas o los tableros de damas españolas o damas chinas, con ese olor a madera vieja que nos devuelve a la infancia: la patria común a todos los seres humanos.

Más aún, es harto posible que durmamos con sus hijos o hijas, nietos o nietas. Nos hemos infiltrado en su sangre, hemos llegado para contaminarla o purificarla, pero en todo caso mezclarnos con ella y darle perpetuidad en esa laberíntica comarca que llamamos futuro.

Y amamos en especial esos objetos que, si no nos heredaron, igual terminamos por absorberlos e integrarlos a nuestro personalísimo museo emotivo-arqueológico. Como medita Lamartine en Milly ou la maison natale: «Albergue donde del fuego crepitaba la llama, chimenea cuyo humo azul amaba el peregrino, objetos inanimados, ¿tenéis acaso un alma que se aferra a la nuestra y nos fuerza a amaros?».

Sí, es poderoso, el lenguaje de las cosas. No hay nada más fecundo en magia, misterios, presencias y ausencias que una vieja casa. Mis tías abuelas vivían en barrio Amón, para ser preciso, en la última casa a la izquierda, contigua a la entrada del parque Bolívar. Hoy tiene un valor patrimonial.

Casa y hogar. Está compuesta por dos plantas, ático y sótano, y su diseño victoriano nos devuelve a los cuentos de Henry James, Conan Doyle, Agatha Christie, Oscar Wilde, Charlotte y Emily Brontë, Jane Austen, Mary Shelley, Ann Radcliffe, Nathaniel Hawthorne o el propio Edgar Allan Poe. Una morada como la de la pobre y solitaria protagonista del cuento Una rosa para Emily, de William Faulkner.

Y digo mal, porque una cosa es una casa, y otra muy diferente un hogar. El hogar invoca calor, seguridad, familia, alimento. La casa es, en cambio, genérica, impersonal. En francés se usa el mismo término foyer para aludir al hogar y al rincón donde arde el fuego.

En su Poétique de l’espace, Gaston Bachelard propone una interpretación psicoanalítica de los diferentes ámbitos de la casa. En una residencia de dos plantas con subsuelo, el segundo piso representa el superyó, el primero el yo y el sótano, el id, por ejemplo. Las ventanas como ojos y la puerta a guisa de boca proponen un modelo de inspiración claramente antropomórfica. ¿Y el ático? No lo sé. Es un bello tema para la especulación.

En su reciente y premiada novela Más allá del río, Emilia Macaya se lanza de lleno a la exploración del significado trascendental, transgeneracional y transhistórico de ese espacio acotado y discontinuo con respecto a su entorno que llamamos casa. Le cedo la palabra: «Una casa no tiene objetos simples y llanos aposentos —razonó ante los hijos—, una casa está poblada por reflejos del alma. El alma mía y las almas de quienes hemos habitado aquí. Contiene el espíritu de todos los que residimos, hoy o ayer, entre sus cuatro paredes. Y aquí hemos vivido lo que nos ha correspondido ser y padecer, al resguardo de estos muros. ¿Cómo esperan que me vaya y deje todo atrás? ¿Dónde más hallaría el amparo de mis muertos?». El sentir de Emilia es aquí en todo punto análogo al de Lamartine.

Es curioso, nunca he sentido la presencia de mi abuela en la remota tumba, allá perdida en los laberintos del Cementerio Obrero, a donde ocasionalmente le he llevado flores. Pero hay en mi casa un sofá —su sofá preferido, ese en el que se sentaba a las siete en punto de la noche a ver sus telenovelas mexicanas—, que guarda la huella de su frágil cuerpecito y de sus codos.

En efecto, la tela de los posabrazos —los accoudoirs— está erosionada, gastada. Y ahí sí la siento presente-ausente: lo propio de los fantasmas, lo que Derrida llamaría un indécidable. Y me emociona, me conmueve hondamente ver esta traza indeleble de su existencia física, de su peso, de su densidad corporal.

Museo. Sí. Los objetos tienen un lenguaje. Si aguzamos nuestros oídos, si logramos silenciar el cotorreo de chachalaca de nuestra ruidosa razón, si auscultamos el corazón del silencio, es posible que consigamos escucharlo. Son cosas cuajadas de pasado. Toda casa es, a su manera, un museo.

Algunas lo son a un punto tal que resulta incómodo desplazarse a través de ellas. Todo en torno nuestro nos habla, todo nos llama, todo nos interpela. Saben nuestro nombre, las cosas. Recuerden lo que decía Nerval en sus crípticos Versos dorados: «¡Todo es sensible, y todo sobre ti tiene señorío! Teme en la ciega pared un ojo que te espía: a la materia misma un verbo está ligado… No la pongas al servicio de algún fin impío. A veces en el ser oscuro habita un dios escondido; y como un ojo naciente cubierto por sus párpados, un espíritu puro va abriéndose bajo la corteza de las piedras».

Con esta concepción del mundo, Nerval, como Lamartine y Emilia, nos retrotraen al animismo, la base primordial de todas las antiguas religiones. Los objetos estarían, así pues, habitados por una anima (alma en latín), y conviene saber que esta palabra procede del griego anemos, que es viento, soplo, hálito, respiración.

Ese soplo misterioso que emana de las cosas no sería sino el Deus absconditus (Pascal): el dios escondido cuyo ojo va brotando y abriendo lentamente los párpados «bajo la corteza de las piedras». Si al atravesar un pasadizo o entrar de súbito en una habitación nos sobrecoge una inexplicable corriente de viento frío, ya sabemos de dónde procede.

Todo esto puede parecer muy gótico, ¡porque lo es! No hay literatura gótica que se respete que no tenga por personaje principal una casa o castillo: cierto de Cumbres borrascosas como de Jane Eyre, de Rebecca como de El sabueso de los Baskerville, de Una vuelta de tuerca como de Drácula, de La caída de la casa Usher como de La casa de los siete tejados.

Son casas animadas, habitadas por entidades indeterminables, casas que incluso tienen sus propios microclimas (la casa Usher, de Poe, estaba rodeada por un pantano, pozos de sulfuro y un sudario de brumas eternas que creaban un entorno climático singular, que solo a ella pertenecía; sobre su tejado se generaban tormentas eléctricas que no experimentaba nadie más en el resto de la comarca).

Es fácil ver en este húmedo, opresivo microclima una alusión subconsciente al líquido amniótico: la literatura de Poe ciertamente invita a este tipo de lugares comunes psicoanalíticos.

Vivimos de nuestros muertos, de sus fortunas, bajo sus techos, rodeados por sus amarillentas y enmarcadas fotos, en medio de bosques de memorabilia en los que han quedado prendidos los jirones de sus almas. En cierto modo los parasitamos, saqueamos sus bienes y profanamos lo que para ellos fue sacro. Lo hacemos todos los días de nuestras vidas, sin darnos cuenta de ello.

A diferencia de los vampiros, que viven de vida, nosotros vivimos de muerte. La presencia de los muertos en nuestras existencias es tan poderosa, tan ubicua, tan diseminada, tan proliferante, tan palpable, que a fuerza de consuetudinaria terminamos por no verla. Pero por poco que nos sentemos a reflexionar y a dialogar con el silencio, descubriremos que ahí están ellos, a nuestro lado, bajo mil formas que nuestra incuria y atolondramiento han tornado invisibles.

Muertos y vivos, pasajeros de proa y pasajeros de popa, oteadores del futuro y custodios del pasado, vivos y muertos nos imbricamos en el tiempo, estamos trenzados en apretadísimo nudo que nadie puede ni debe deshacer. Los objetos tienen todos sus historias. Cedámosles la palabra y aprendamos a escucharlos.

El autor es pianista y escritor.