Kenneth Rogoff. 3 octubre

CAMBRIDGE– Por si se distrajo, le contamos que el gobierno de Argentina acumuló un montón de deuda casi de la nada a velocidad sorprendente, y después procedió a incumplir sus pagos casi igual de rápido.

Comparado con el default (suspensión de pagos) en cámara lenta del 2002, la última crisis argentina parece una obra de Shakespeare en 60 segundos. Pero, en ambos casos, el default fue inevitable porque la combinación argentina de deuda, déficit y política monetaria era insostenible, y la clase política fue incapaz de hacer a tiempo los ajustes necesarios.

La única salida sería aumentar sustancialmente los recursos de los organismos internacionales de ayuda (el FMI es un prestamista). Por desgracia, no parece haber mucho interés en eso.

En ambos casos, parece que los préstamos del Fondo Monetario Internacional solo postergaron lo inevitable, y, peor, agravaron el colapso definitivo. Así que, después de la segunda debacle en Argentina, en menos de una generación, ya es hora de preguntarnos cómo reorientar el mandato del FMI para que pueda actuar con eficacia frente a las crisis de deuda de los mercados emergentes.

¿Cómo puede el FMI ayudar a los países a recuperar el acceso a los mercados de crédito privados cuando a todo intento de reducir un déficit fiscal insostenible se lo llama austeridad? La única salida sería aumentar sustancialmente los recursos de los organismos internacionales de ayuda (el FMI es un prestamista). Por desgracia, no parece haber mucho interés en eso.

¿Por qué el FMI estuvo dispuesto a volcar recursos en una situación que, vista en retrospectiva, solo podía resolverse con más ajuste fiscal (más austeridad), suspensión de pagos, más ayuda extranjera o una mezcla de las tres cosas?

La dificultad del FMI para decirle no a Argentina refleja en parte una historia conflictiva de préstamos fallidos desde finales de los noventa hasta el 2001. Además, el Fondo no pudo resistir la tentación de financiar un programa de gran volumen en un mundo donde los países se endeudan a tipos de interés ínfimos en los mercados privados. (Incluso China se convirtió en una enorme fuente de financiación en los mercados emergentes, lo cual puede sonar bien en abstracto, si no fuera porque la falta de transparencia vuelve sus préstamos terreno fértil para la corrupción).

Pero el FMI sabe muy bien que para los países con un historial de impagos en serie, como Argentina y Venezuela, los mercados de deuda son un peligro. Cuando Miguel Savastano, Carmen Reinhart y yo estudiamos este fenómeno hace muchos años, lo denominamos “intolerancia a la deuda”.

Habrá quien diga que a empeorar este último desastre económico argentino ayudó el gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, quien impulsó al Fondo a flexibilizar las condiciones del programa de préstamos —al fin y al cabo, el padre del presidente argentino, Mauricio Macri fue socio comercial y amigo de Trump—. Pero cualquiera que sea la verdad contenida en este argumento, es probable que el progresivo debilitamiento de la posición negociadora del Fondo tenga raíces más profundas.

La necesaria condicionalidad de los programas de préstamo ha perdido apoyo político, por los reiterados ataques de la izquierda, que no acepta que no es tarea del FMI conceder subvenciones. Pero, aunque a algunas ONG tal vez les encantaría que el FMI use de ese modo sus préstamos, las arcas del Fondo no tardarían en estar vacías. Lo cual, también, puede alegrar a algunos, pero sería un desastre para la estabilidad financiera global.

Hoy, la deuda en muchos mercados emergentes se encuentra en niveles récords, y el FMI sigue siendo lo más parecido a un prestamista global de última instancia. Con todas sus limitaciones, es el organismo más competente para mitigar los costos que conllevan las crisis de deuda en los mercados emergentes, en particular, para la población general.

Pero el objetivo debe ser evitar que esas crisis se produzcan, o reproduzcan, como en el caso de Argentina. A Macri lo eligió en el 2015 una población cansada del lento crecimiento y de la elevada inflación que marcaron los últimos años del gobierno de la presidenta Cristina Kirchner.

Las políticas de Kirchner —y las de su esposo, Néstor Kirchner, que la precedió en el cargo— ampliaron enormemente la intervención y el control del Estado. El auge de precios de los commodities permitió sostener el crecimiento con exportaciones, pero cuando el ciclo se invirtió, todo se vino abajo.

Sin embargo, Macri heredó una economía poco endeudada —gracias al default del 2002— y el principal problema fiscal era un sistema de pensiones insostenible.

La receta normal para el gobierno entrante habría sido enfrentar al principio los costos de una consolidación fiscal y esperar que la economía se recuperara a tiempo antes de la siguiente elección. Pero, en vez de eso, Macri decidió cubrir el faltante fiscal poco a poco y usar su “luna de miel” política para reducir impuestos y liberalizar los mercados.

Por desgracia, después de grandes reformas, las condiciones económicas tienden a empeorar en lo inmediato, y parece que Macri —quien intentará su reelección a finales de este mes— no se quedará para verlo. Tan mal están las cosas que Argentina apeló a un “reperfilamiento” —una forma de suspensión de pagos— incluso de la deuda en moneda local, algo que es más frecuente de lo que muchos creen, como Reinhart y yo mostramos en nuestro libro en el 2009. Es un estado de cosas muy triste.

Y nos obliga a responder una pregunta fundamental: ¿Cómo puede el FMI compatibilizar la necesidad de un régimen creíble para el endeudamiento necesario de los mercados emergentes con los pedidos de más ayuda y menos austeridad?

La respuesta corta es que la solución no depende del FMI. El único modo de cuadrar el círculo es mediante un inmenso aumento de los flujos de ayuda internacional. Pero nadie espere que la iniciativa la tome un gobierno estadounidense, sea demócrata o republicano.

Mientras tanto, los políticos deben dejar al FMI hacer su tarea —ayudar a mantener la estabilidad financiera global— y no obligarlo a respaldar programas políticos insostenibles.

Kenneth Rogoff: ex economista principal del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

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