Zhang Jun. 13 enero

SHANGHÁI – Se calcula que este año el crecimiento económico de China cayó a poco más del 6 %, y es improbable que se recupere pronto. De hecho, casi todos los analistas económicos coinciden en que aunque el desempeño en el 2019 fue el peor en casi 30 años, puede que, por lo menos durante una década, no haya una cifra mejor. En lo que al parecer no hay tanto consenso es con respecto a si las autoridades chinas deberían estar preocupadas o qué pueden hacer para mejorar las perspectivas de crecimiento.

El paso del gobierno chino a un modelo de control excesivo sobre la economía puede tener —y a menudo tiene— efectos perjudiciales inmediatos.

Los optimistas señalan que, dado el tamaño actual de su economía, incluso un 6 % de crecimiento anual del PIB es mejor que los dos dígitos de hace 25 años. Los pesimistas advierten que, aunque eso sea cierto, la desaceleración limita el crecimiento del ingreso per cápita (mala noticia para un país que corre el peligro de quedar empantanado en la trampa del ingreso medio) y agudiza los riesgos fiscales derivados del elevado endeudamiento de las corporaciones y de los gobiernos a escala local.

Cualquiera sea el partido que uno tome en este debate, hay algo indiscutible: la desaceleración económica de China recibió un aporte significativo de políticas incoherentes y errores de gobernanza. El problema radica en la lentitud de las reformas estructurales. El crecimiento a largo plazo depende de la descentralización de la autoridad gubernamental, un incremento de la mercadización y una mayor liberalización económica, con mucho más acceso del sector privado a financiación y otros factores de producción.

El paso del gobierno chino a un modelo de control excesivo sobre la economía puede tener —y a menudo tiene— efectos perjudiciales inmediatos. Basta con pensar en el aumento registrado en China del índice de precios al consumidor, que en parte se origina en un brusco encarecimiento de la carne de cerdo, tras los cierres de pequeños establecimientos porcicultores por violar las normas ambientales fijadas en los últimos años por gobiernos subnacionales (según informó el anterior vocero de la Oficina Nacional de Estadísticas de China).

En años recientes, las normas ambientales y sobre la calidad del aire afectaron gravemente a muchas empresas del gigante asiático, especialmente a las pequeñas y medianas compañías fabriles que son esenciales para el dinamismo económico futuro del país. Claro que proteger el medioambiente es necesario, sobre todo por la salud pública, y algunos cambios institucionales que alentó el gobierno se trasladaron a mejoras de la calidad del aire. Pero el enfoque dirigista del Gobierno Central, que impone un conjunto rígido de indicadores a los subnacionales, es un instrumento demasiado torpe que puede estar quitándoles incentivos a las autoridades locales para sostener el crecimiento real.

China debe gran parte de su éxito pasado a la experimentación y la competencia en el ámbito local, impulsadas por la promesa de ascensos para los funcionarios a cargo de las regiones más exitosas. Pero hoy a los funcionarios locales se los premia más por cumplir las normas ambientales que las metas de crecimiento, y los resultados están a la vista.

Las consecuencias inmediatas del exceso de control del gobierno chino también pueden verse en el sector financiero. Después de la crisis global del 2008, el gobierno exhortó a los bancos a ampliar la oferta de crédito, y a las empresas a acumular grandes cantidades de deuda para contrarrestar el impacto externo. Esto mantuvo en marcha el motor del crecimiento, pero causó un gran aumento del riesgo financiero.

Sin embargo, en el 2016, la administración invirtió el rumbo. Mientras el Banco Popular de China mantenía políticas neutrales, se ordenó a los bancos desapalancar y restringir el crédito en forma drástica, y el voluminoso sector bancario informal se contrajo considerablemente. Este duro enfoque afectó los balances de muchas empresas y aumentó el riesgo de una crisis de deuda. También motivó una enorme fuga de capitales y redujo la inversión privada, incluso en el sector inmobiliario, lo que debilitó el crecimiento del PIB nominal. El resultado fue que la base monetaria amplia de China como proporción del PIB no se redujo.

Pero, además de los obstáculos al crecimiento derivados de la forma como el gobierno persigue sus metas, está el problema de que esas metas cambian en forma brusca, frecuente e impredecible, lo cual hace estragos en las expectativas de los inversionistas y erosiona la confianza del mercado. No es solo que las empresas duden de invertir; muchas están achicando sus plantillas.

Los despidos de personal se han vuelto cada vez más inevitables estos últimos años, incluso en las megaempresas de Internet.

En vez de facilitar las reformas estructurales, las intervenciones excesivamente dirigistas del gobierno están reforzando los desequilibrios estructurales.

Sus mandatos indiscriminados e impredecibles perjudican a todas las empresas, pero, sobre todo, a las privadas (las estatales cuentan con fuertes protecciones oficiales que les dan más oportunidad de sobrevivir, a pesar de sus ineficiencias).

Al igual que un progenitor sobreprotector, el gobierno chino tiene que aprender a soltar. Es verdad que un estilo de gestión macroeconómica más convencional conlleva riesgos. Podría ocurrir que las empresas decidan acumular demasiada deuda, y que los bancos emitan demasiado crédito o muy poco. Pero es probable que las fluctuaciones resultantes sean en gran medida transitorias.

A más largo plazo, esa forma de gestión fortalecerá la confianza de los inversionistas y de los mercados, dejará prosperar a las empresas más dinámicas y sostendrá el crecimiento económico estable que China necesita para convertirse en un país desarrollado de altos ingresos a mediados de siglo.

Un objetivo para cuya concreción tal vez sea necesario que las autoridades centrales dejen de interponerse en su propio camino.

Zhang Jun: es decano de la Escuela de Economía de la Universidad Fudan y director del Centro de Estudios Económicos de China con sede en Shanghái.

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