Helen Clark. 20 junio

NUEVA YORK– “Nuestra casa está en llamas”, advirtió la adolescente y activista climática Greta Thunberg en la reunión del Foro Económico Mundial del año pasado en Davos.

Sus punzantes palabras —que acusaban a los adultos de quedarse sentados y con los brazos cruzados mientras el planeta arde— dejaron en silencio a un salón lleno de líderes mundiales, inspiraron a jóvenes activistas de todo el mundo y subrayaron la importancia crítica de poner a los niños en el centro de la acción global para construir un futuro mejor.

El cambio climático está ocurriendo ahora. Eso se puso en evidencia durante los recientes incendios forestales sin precedentes en Australia, en los cuales se quemaron 18 millones de hectáreas y se estima que murieron mil millones de animales.

También, se reflejó en la ola de calor de la India en el 2019, una ola que se clasifica entre las más largas e intensas que este país sufrió en décadas. Un planeta que se está calentando contribuye a la propagación mundial del dengue.

Sin embargo, incluso cuando se está agotando el tiempo con respecto a nuestra capacidad para evitar una catástrofe, la acción climática global no gana el impulso necesario.

Como Thunberg y otros activistas juveniles han subrayado, son nuestros hijos quienes serán los más afectados por este fracaso, pues son ellos los herederos de un planeta que cada vez es más inhóspito.

El cambio climático no es la única área en la que estamos fallando a nuestros hijos. Un depredador mercadeo comercial dirigido a los niños y sus cuidadores está contribuyendo al consumo generalizado de productos no saludables, como por ejemplo alcohol, tabaco, cigarrillos electrónicos y las bebidas azucaradas.

Las pérdidas económicas mundiales vinculadas con el uso inapropiado de sustitutos de la leche materna —que se asocian con menos inteligencia, obesidad y un mayor riesgo de diabetes y otras enfermedades no transmisibles— ascienden a un estimado de $302.000 millones.

Los niños son nuestro recurso más preciado y merecen vivir una vida larga, saludable y productiva. Para determinar la manera de permitirles hacer justamente eso, la Organización Mundial de la Salud, la Unicef y The Lancet convocaron recientemente una comisión histórica —copresidida por mí y Awa Marie Coll-Seck, ministra de Estado de Senegal— que reunió a 40 expertos en salud y bienestar infantil.

Como señala el informe de la comisión, titulado A Future for the World’s Children?, la clave es invertir en las personas cuando son jóvenes.

La evidencia muestra que los niños que sufren hambre tienen una salud más deficiente, obtienen peores resultados educativos y ganan menos cuando llegan a ser adultos. Los niños que están expuestos a la violencia son más propensos a cometer violencia.

Por el contrario, los niños que reciben una nutrición apropiada, una atención adecuada y una educación de calidad crecen hasta convertirse en ciudadanos sanos y productivos, que presumiblemente están mejor equipados para criar a hijos sanos y productivos.

En resumen, invertir en los niños hoy trae beneficios de por vida e incluso beneficios intergeneracionales. Esta inversión aporta valor a toda la sociedad.

Por ejemplo, un programa de creación de escuelas emprendido en Indonesia durante el periodo 1973-1979 ayudó a mejorar el nivel de vida y los ingresos fiscales de hoy.

El rendimiento de la inversión en los niños es notablemente alto. En Estados Unidos, se descubrió que cada dólar invertido en un programa preescolar aporta entre $7 y $12 de beneficios sociales por persona a través de la reducción de la conducta agresiva y la mejora de los resultados educativos.

En los países de ingresos medios bajos, cada dólar invertido en salud materna e infantil puede aportar más de $11 en beneficios.

Sin embargo, no deberíamos ir tras la consecución de dichas inversiones solo por las cifras. Si no podemos proteger el futuro de nuestros hijos, ¿cómo medir nuestra humanidad?

La Comisión OMS-Unicef-Lancet hace un llamado a los líderes de todos los niveles, desde jefes de Estado y de Gobierno hasta líderes de la sociedad civil y la comunidad, para que sitúen a los niños en el centro de las estrategias con el propósito de alcanzar un desarrollo sostenible.

Esto requerirá una visión a largo plazo, con presidentes y primeros ministros que garanticen que se destinen suficientes fondos a los programas necesarios y que se respalde una colaboración eficiente entre ministerios y departamentos.

Cada sector tiene un papel que desempeñar en la construcción de un mundo apropiado para los niños. Por ejemplo, los accidentes de tráfico son la principal causa de muerte de niños y jóvenes de entre 5 y 29 años, lo que implica la necesidad urgente de intervenciones para mejorar la seguridad vial.

Asimismo, habida cuenta de que el 40 % de los niños del mundo viven en asentamientos informales —caracterizados por el hacinamiento, el escaso acceso a los servicios y la exposición a peligros, como incendios e inundaciones— la reforma de la vivienda es esencial.

Algunos países reconocen la importancia de impulsar la inversión pública en niños. En Nueva Zelanda, mi país de origen, el gobierno de la primera ministra, Jacinda Ardern, presentó un presupuesto de bienestar denominado “el mundo primero”, que pone en primer lugar a las personas, especialmente a las más vulnerables de la sociedad, incluidos los niños.

El presupuesto asigna miles de millones de dólares a los servicios de salud mental, pobreza infantil y medidas para hacer frente a la violencia familiar.

Sin embargo, Nueva Zelanda sigue emitiendo demasiado dióxido de carbono (CO2), está en un 183 % del nivel necesario para cumplir su objetivo antes del 2030 y adherirse al Acuerdo de París, según nuestro informe.

A otros países ricos, como Noruega y Corea del Sur, les está yendo similarmente bien en cuanto a ayudar a los niños a prosperar hoy, mientras siguen emitiendo demasiado CO2, lo que no les permite garantizar que los menores de mañana también puedan hacerlo.

A su vez, algunos países menos ricos, como Armenia, Costa Rica y Sri Lanka, están en vías de alcanzar sus objetivos de emisiones para el 2030 y están haciendo un buen trabajo en cuanto a garantizar que sus hijos estén sanos, educados y protegidos.

“No quiero sus sentimientos de esperanza”, dijo Thunberg a los líderes mundiales en Davos, “quiero que entren en pánico... y actúen”.

Ella tiene razón. Si queremos legar un futuro sostenible a la generación de Thunberg, y a las que le siguen, nuestros líderes deben actuar con valentía e inmediatez. Es de esto que están hechos los legados.

Helen Clark: presidenta de la junta directiva de la Alianza para la Salud de la Madre, el Recién Nacido y el Niño (PMNCH), se desempeñó como primera ministra de Nueva Zelanda de 1999 al 2008 y fue administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo del 2009 al 2017.

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