Tatiana Benavides Santos. 1 abril

Este es un artículo que no planeaba escribir, pero, a diferencia de mis columnas de análisis político, está escrito en primera persona.

Es una escena real emulando la ciencia ficción, con caras cubiertas por mascarillas y escudos de protección a través de los cuales se ve la mirada valiente y empática de los médicos alrededor.

Como otros colegas en el campo de la ciencia política, mi atención desde principios de marzo estuvo enfocada en los posibles efectos políticos y económicos de la pandemia del coronavirus y cómo se extendía velozmente por el globo.

Crecía el interés por un nuevo objeto de estudio. Analizaba con detenimiento la posible reprogramación de elecciones en varios países y los riesgos para las democracias en contextos de emergencia, cuando es fundamental encontrar un balance entre las libertades individuales y la seguridad colectiva.

Si bien los poderes de emergencia —ahora a la orden del día— están previstos en toda Constitución democrática, porque brindan flexibilidad en momentos de crisis, son también recursos de cuidado, por lo cual son necesarios los mecanismos de supervisión legislativa y judicial, y límites temporales para evitar una riesgosa concentración en los poderes ejecutivos y gobiernos centrales.

(Video) El coronavirus y yo

Imposición de otros intereses durante la crisis. Por tanto, llamaba mi atención el clamor de algunos por que se decretaran toques de queda y replicaran decisiones al estilo de Bukele, sin medir las implicaciones de una creciente concentración de poder en algunos gobernantes para los sistemas democráticos en América Latina y fuera de ella.

Ya de por sí miraba con preocupación cómo la crisis servía, por ejemplo, al primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, para proponer un gobierno por decreto indefinidamente, apoyado en una supermayoría en el Parlamento, mientras Putin, en Rusia, aprovechaba el momento para ganar terreno e intentar permanecer en la presidencia hasta el 2036.

Mi lectura y análisis ponían atención al papel y las capacidades del Estado frente a un fenómeno transnacional-local como la covid-19, así como en los riesgos de la inclinación global hacia la división creciente entre la política y la ciencia, particularmente la desatención de la opinión de los expertos en las decisiones de política pública.

Mientras observaba la respuesta irresponsable o, aún peor, la no respuesta de algunos líderes mundiales pese a los estragos de la pandemia, con orgullo veía desde lejos los frutos del funcionamiento del Estado social de derecho de Costa Rica y el trabajo articulado, temprano e innovador, del Ministerio de Salud y la Caja Costarricense de Seguro Social.

Analizaba, también, las discusiones de quienes señalaban los problemas de la censura, el secretismo y la manipulación de la información como factores contribuyentes de la propagación del virus en un régimen totalitario como China, mientras otros afirmaban que las medidas draconianas y la centralización del poder en ese país eran la razón, supuestamente, del éxito para detener de forma eficiente y disciplinada la difusión del SARS-CoV-2, causante de la covid-19.

Occidente miraba de lejos. Reflexionaba, además, sobre la actitud prepotente de Occidente mientras el coronavirus se propagaba en China, al cual consideró, al inicio, un problema inherente a las particularidades culturales y políticas de dicho país y lejano a toda realidad de las otras naciones. Esa actitud se traducía, al mismo tiempo, en un aumento del racismo y la violencia contra las poblaciones de origen chino.

Finalmente, también observaba cómo viajes y proyectos en mi agenda se iban suspendiendo a raíz de la crisis y debido a los cierres de fronteras y cancelación de vuelos.

Hasta el momento, y aunque profundamente afectada por el sufrimiento y la muerte de tantas personas, yo veía el coronavirus desde la lejanía de un objeto de estudio más y de las consecuencias económicas que este acarrearía.

Como muchos otros, empecé a respetar la cuarentena y a tener los cuidados necesarios, pero hoy escribo tras dos hospitalizaciones y un cambio radical en la forma como había tratado la enfermedad hasta entonces.

En carne propia. Dar positivo me hizo entender que el virus estaba más cerca de lo imaginado. Lo contraje antes de la cuarentena y pude haber contagiado a otros.

Comparto mi historia por dos razones: para dar esperanza dentro de un panorama desolador, pero también para llamar la atención de aquellos quienes aún no toman el peligro en serio.

Tuve la bendición de contar con un seguro médico en un país donde la seguridad social no es universal y de entrar a un hospital que, aunque sumamente ocupado, contaba con recursos y la atención incansable de un personal profesional y sensible.

Vi caras de temor en algunos, incertidumbre por hallarse tratando una enfermedad desconocida y un esfuerzo constante por aprender y corregir sobre la marcha.

Estoy agradecida porque, a pesar del malestar, los síntomas fueron manejables y nunca necesité un respirador artificial, sabiendo que había miles de personas sufriendo por falta de equipo para las maniobras desesperadas de los médicos en otros hospitales.

Pero no solo se trata del efecto físico, sino también del emocional que enfrentamos todos, sanos y enfermos, por la pérdida de la normalidad en el aislamiento o, como dice Scott Berinato, por el duelo de un estilo de vida que ya no tenemos y no sabemos cómo será después de todo.

El coronavirus está más cerca de lo que uno piensa y lo único que no es posible controlar hace una diferencia muy grande. Podemos quedarnos en la casa y cumplir las medidas para reducir los embates de la pandemia y que se acabe.

Está también bajo nuestro control entender y aceptar la magnitud del problema y buscar darles un nuevo sentido a nuestras actitudes y acciones como parte de una colectividad cada vez más conectada, pero insensible a la necesidad del otro.

No podemos salir igual a como entramos el día que cerramos la puerta de nuestros hogares. El individualismo y el ‘porta’ mí serán combustibles no solo para un virus que tarde o temprano podría llegar a nuestro círculo más preciado, sino para muchos desafíos ecológicos y otros que nos presentará el futuro.

El coronavirus es una enfermedad que transcurre en soledad, pues, a pesar del apoyo de familia y amigos, a nadie le es posible vivirla con uno por el peligro de contagio.

Pero aún más sola es para los médicos y el personal de los hospitales, quienes sacrifican familia y seguridad mientras muchas personas les dan la espalda y pasean irresponsablemente por las calles.

Hagamos que el duelo de hoy, la soledad y los riesgos que experimentan enfermos y profesionales de la salud sirvan para transformar nuestros esquemas y valores para un mundo que todavía no conocemos, pero esperamos sea construido con lo mejor de nosotros mismos.

Que la rigurosidad de la ciencia, la solidaridad, la cooperación y el reconocimiento de la verdadera conexión humana vuelvan a tener un espacio preponderante en la sociedad del después.

La autora es politóloga.