Luis Fernando Araya.   17 mayo

El 12 de mayo el editorial de La Nación llamó la atención sobre el aumento de la intolerancia en el mundo. Se trata de un texto fundamental en la lucha por evitar el crecimiento de alternativas políticas y culturales marcadas por el odio.

Creo que los razonamientos y ejemplos utilizados fueron acertados, pero muy incompletos, y quizás menos profundos de lo que debieron ser por tratarse de un problema global. En las líneas que siguen me propongo ampliar el enfoque y otorgarle, si se quiere, un sentido de integralidad.

Fuentes. Conviene, en primer lugar, identificar las fuentes de la intolerancia. Sin ánimo de ser taxativo, señalo las siguientes raíces de este fenómeno corrosivo: la existencia de un paradigma ideológico, al que denomino “paradigma del odio”, según el cual en las sociedades existen personas, grupos y segmentos profesionales, movimientos sociales, religiosos y políticos que poseen el conocimiento necesario para gestionar la vida social y orientar a los demás seres humanos hacia la felicidad que buscan y que, dada su ignorancia e inferioridad, no pueden alcanzar por sí mismos.

Este paradigma atraviesa la historia de todas las civilizaciones y todas las épocas dejando, como lo hace en los tiempos actuales, una estela macabra de sufrimientos, asesinatos y genocidios, algunos de los cuales son señalados en el editorial.

Segundo, el paradigma del odio se mezcla e interactúa con lo que Dwight Eisenhower llamó en 1961 el “complejo militar-industrial”, cuyos intereses económicos inducen de modo permanente a carreras armamentistas y a la continuación de la política y la ideología por medios militares y guerreristas.

El “complejo militar-industrial” denunciado por Eisenhower ejerce una influencia ostensible en los Estados y su eje articulador comprende los aparatos militares en general. Los intereses comerciales y expansivos de este sistema militar-industrial global, en conjunción con los aparatos militares y de espionaje locales, crean carreras armamentistas, guerras y violencia en distintas partes del mundo.

Los datos disponibles para demostrarlo son abundantes. Solo en Centroamérica, donde existen altísimos índices de pobreza y de desigualdad social, los países gastan en sus fuerzas armadas grandes cantidades de dinero que bien harían en invertirlas en educación, salud, derechos humanos e infraestructura.

Como tercer fuente de la intolerancia, cabe mencionar el intento de reducir la vida humana a solo dinero, mercancía y consumo, como ocurre en el economicismo o, en su defecto, en el estatismo y la prevalencia de ideologías misioneras y salvadoras de las tiranías disfrazadas de igualitarismo.

Al combinarse los tres factores indicados, se produce un altísimo nivel de intolerancia global y se desatan los odios. Si a las variables indicadas se unen, como suele ocurrir, las manipulaciones mediático-publicitarias y las taras del psiquismo humano (egoísmos, ambiciones desmedidas, narcisismos, deseos de poder, vanidades, celos, envidias, mentiras, mezquindades y demás) se comprende que en los días modernos, y quizás en todos los días que han corrido desde los orígenes de la humanidad, aumenten de tanto en tanto los odios: a la mujer, al hombre, al pobre, al rico, a los comportamientos sexuales, al extranjero, al que piensa de otra forma, a las personas religiosas, en fin, odio al otro, al semejante, por el enfermizo placer de odiarlo.

Expresiones políticas. Los odios referidos y las intolerancias que los acompañan se exteriorizan de múltiples formas y en todos los ámbitos de la vida. En este punto, el editorialista de La Nación restringe su mirada a la promoción del odio en la política, pero lo hace de tal modo que solo menciona un tipo de promoción política del odio, el denominado conservador o ultraconservador, pero no se refiere a los casos de odio asociados a corrientes políticas pertenecientes a la progresía. Craso error porque el odio político se cultiva desde ambos extremos del abanico ideológico; conservadurismo y progresía son ramas del mismo árbol, se complementan en su común capacidad de odiar y excluir, y es imperativo denunciarlas al unísono.

En cierta forma, toda política, del signo ideológico que sea, encierra la posibilidad de la intolerancia porque lo político lleva en su seno la decadente dialéctica amigo-enemigo que inspira el conflicto permanente y la polarización. Al vacío referido en el análisis del editorial se vincula el hecho de que cita ejemplos en Europa, pero deja por fuera las experiencias de promoción política del odio en Latinoamérica.

La intolerancia es un fenómeno que acompaña todas las expresiones ideológicas, y conviene denunciarlas. Existe, incluso, un tipo de pseudotolerancia disfrazada de bondad y justicia, pero es experta en practicar el odio hacia la diversidad de ideas, experiencias, intereses y emociones. Se debe denunciar la pretensión de que los humanos sean gemelos emocionales e intelectuales unos de otros, y este demencial objetivo es común en todos los fanatismos. Por esto, un comentario sobre la intolerancia debe necesariamente mencionar todas sus formas.

Erradicarlo. Con acierto, el editorialista de La Nación señala la vía para superar los diversos odios e intolerancias: educar en derechos humanos, en su universalidad y dignidad. Sí, tiene razón, de eso se trata. Conviene trabajar sin odio para que todas las formas de odio desaparezcan.

Este es el mensaje que surge de la experiencia universal. La condición humana nos hermana en la misma raíz que es la libertad y la vida compartida en la diversidad, y nos hace escuchar las voces del pasado, que se levantan en el presente y nos visitan desde el futuro para convocarnos a vivir de tal manera que los fanatismos, los odios y las intolerancias sean imposibles.

Las fuentes de la tolerancia y de la paz no son los Estados, los partidos políticos, las ideologías, los liderazgos, las religiones o los medios de comunicación; estas instancias cooperan en esa dirección cuando buscan el conocimiento, la información integral y la verdad, pero la tolerancia y la paz, en su sentido profundo y definitivo, nacen de una conciencia transformada por la educación y por la promoción y defensa del carácter universal y progresivo de los derechos humanos; es a través de estos instrumentos que se aprende el arte de vivir sin odios ni fanatismos.

No hay aprendizaje más importante que este y, en estos tiempos de odios desatados desde las ignorancias del ultraconservadurismo y la progresía, es fundamento de la esperanza.

El autor es escritor.