Iván Molina Jiménez. 22 junio

A finales de la década de 1930, el poeta y narrador guatemalteco Rafael Arévalo Martínez publicó dos novelas utópicas: El mundo de los maharachías (1938) y Viaje a Ipanda (1939). Aunque se trata de obras individuales, que pueden ser leídas separadamente, comparten un relato común.

Manuol, proveniente del archipiélago Lucías y único sobreviviente de un naufragio, es acogido por los maharachías, habitantes de un país llamado Costa Dorada. Su territorio limita con la enorme nación de Ipanda.

Pronto Manuol se integra a la vida cotidiana de una familia maharachía y establece fuertes vínculos con el padre (Arón), con la hija (Aixa) y con la sobrina (Iabel). Entre estas dos últimas, Manuol se debate: con la primera tiene una profunda conexión espiritual y por la segunda siente una irresistible atracción física.

Ipanda. Luego, Manuol conoce al prominente ciudadano ipandés, Hernón, quien visita a Arón en busca de consejo. A petición de Arón, Manuol viaja a Ipanda, país que es el fundamento de la Sociedad de las Naciones.

Tal organización, al tiempo que controla los desbordes nacionalistas, limita la militarización de los distintos países, mantiene la paz mundial y promueve la democracia y el bienestar global.

A lo largo de su visita, Manuol observa los extraordinarios avances logrados por Ipanda, pero regresa a Costa Dorada poco antes de que la sociedad ipandesa se abisme en un profundo conflicto político.

En el marco de esa crisis, el país de Dromona, que se resiente por el apoyo dado a los ipandeses por los maharachías, masacra a estos últimos. El relato finaliza con Manuol a punto de ser fusilado por los soldados dromonanos.

Distanciamiento. Según Arévalo Martínez, los hechos narrados en esas novelas ocurrieron “en épocas pretéritas, hace milenios, cuando en la tierra existía un único continente, Atlán, que precedió a la Lemuria y a la Atlántida”.

Distanciar ambas novelas del presente era fundamental para evitar posibles roces con la dictadura de Jorge Ubico (1931-1944) y con la Iglesia católica, máxime que la fuente de inspiración para Viaje a Ipanda era, por supuesto, la situación del mundo en la década de 1930.

Ipanda (Estados Unidos, según la investigadora María Antonia Salgado) enfrenta la competencia de otras potencias y es amenazada por los comunistas, pero los principales enemigos de su socialdemocracia son los inmigrantes del sur, étnica y culturalmente distintos de los ipandeses originarios (altos, blancos y rubios).

Anticipación. Con extraordinaria agudeza, Arévalo Martínez vislumbró en esas novelas cómo las tensiones existentes entre Estados Unidos y Japón terminarían en una guerra y anticipó el ataque sorpresa de los japoneses a Pearl Harbor, en diciembre de 1941.

Igualmente, vislumbró el relevante papel que desempeñaría la Organización de las Naciones Unidas y los organismos internacionales después de finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Además, identificó varias de las principales situaciones de conflicto que han dominado la política mundial después de 1950: la división norte-sur, las tensiones asociadas con la migración, el costo ambiental del desarrollo económico, el ascenso de la globalización y la reactivación de los nacionalismos.

Simios. La dimensión más original y provocadora del relato de Arévalo Martínez consiste en que los extraordinarios logros de Ipanda, en particular, su sistema democrático y sus políticas de bienestar social, fueron posibles por la influencia de los maharachías: una civilización de simios blancos, basada en el capitalismo y la democracia.

Intelectualmente superiores a los humanos, capaces de leer la mente y vegetarianos, los maharachías disponían de una cola que, como la de los Na’Vis de la película Avatar de James Cameron (2009), les permitía conectarse con la naturaleza.

Por la época en que el poeta guatemalteco publicó sus novelas, el tema de los simios con algún grado de inteligencia se había abierto ya un espacio significativo en la literatura, con obras como La isla del doctor Moreau de H. G. Wells (1896), El pueblo aéreo de Julio Verne (1901) y los relatos de Tarzán de Edgar Rice Burroughs (1916-1917).

Arévalo Martínez, sin embargo, fue más lejos que sus predecesores: se valió de una original interpretación de la teoría de la evolución de Charles Darwin para imaginar un proceso evolutivo en el cual los maharachías alcanzaron la civilización más rápidamente que los humanos.

Boulle. Debido a las características señaladas, El mundo de los maharachías constituye un antecedente directo y relevante de la famosa novela El planeta de los simios, escrita por el francés Pierre Boulle (1963).

La diferencia principal consiste en que, en la novela guatemalteca, las dos especies coexisten pacíficamente (excepto al final), y en la francesa, los hombres y mujeres, que perdieron la capacidad de hablar, son cazados y esclavizados por los simios.

Pese a esta distinción, la obra de Arévalo Martínez, que probablemente Boulle nunca conoció, contiene algunas escenas que evocan fuertemente la novela francesa, en particular, cuando los seres humanos laboran en actividades domésticas y agrícolas para sus patronos simios.

Interespecies. Aunque Arévalo Martínez señaló que en Costa Dorada y en Ipanda la población femenina tenía los mismos derechos que la masculina, tendió a asociar a las protagonistas de sus novelas con actividades domésticas y a asignarles funciones sociales subordinadas.

En el caso específico de Ipanda, destacó que el matrimonio y el divorcio eran actos civiles, pero que divorciarse era muy mal visto y tenía una fuerte sanción social, en especial por razones religiosas (sobre la religión de los maharachías y los ipandeses, el poeta solo hizo referencias esporádicas).

También señaló que gracias a la ciencia, en Ipanda era posible determinar los días fértiles de la mujer, por lo cual las parejas —especialmente las jóvenes— podían regular la maternidad, aun en el caso de practicar una sexualidad prematrimonial.

Si estos asuntos eran ya de por sí polémicos en la década de 1930, Arévalo Martínez fue todavía más lejos, al aventurar, a partir de los vínculos afectivos establecidos entre Manuol, Aixa e Iabel, un posible contacto sexual interespecies que lo colocó a la vanguardia de un tema que, en el campo de la ciencia ficción, solo empezó a abrirse espacio después de 1950.

Masacre. Al terminar el relato con el genocidio de los maharachías, masacrados por los militares de Dromona, el poeta guatemalteco se convirtió en uno de los primeros escritores de América Central en incorporar a la literatura regional un episodio a gran escala de terrorismo de Estado.

Probablemente, su referente inmediato fue la matanza de 1932 en El Salvador, cuando la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez asesinó a miles de campesinos, predominantemente indígenas.

El exterminio de los maharachías también puede ser leído como una anticipación del futuro a que se exponían los habitantes de Belice —entonces una colonia británica—, en caso de que el Reino Unido fallara en protegerlos de las pretensiones territoriales de la tiranía de Ubico.

Recuperadas desde las perspectivas abiertas por los estudios sobre la ciencia ficción, esas dos novelas de Arévalo Martínez, pese a los prejuicios que incorporan, evidencian la originalidad y el vanguardismo de una literatura centroamericana que todavía no recibe la atención que merece.

El autor es escritor.