Velia Govaere. 24 marzo

Momentos de peligro claman por liderazgos unificadores. Un sentido de autopreservación colectiva impone abandono de ideologías y dirección unificadora, lejos de extremos que dividen. Acontecimientos amenazantes exigen acercarse a la acera del contrario para acordar respuestas de consenso. Cuando el brexit está por abrir una caja de Pandora, el pueblo británico no parece tener ese tipo de liderazgos.

Desde la Segunda Guerra Mundial, ningún acontecimiento ha puesto al Reino Unido y a la Unión Europea en un dilema de consecuencias tan perniciosas como el brexit. Romper los lazos que amarraban sus destinos fue resultado del voto de una escasa mayoría británica, en una decisión preñada de riesgos. Sin un acuerdo que contrarreste los peores vaticinios, el brexit pondría en la picota el futuro de todos y renegaría de la tendencia histórica hacia la unidad europea.

Buscar que ese divorcio no fuera catastrófico demandaba ponerse en los zapatos de quienes querían salirse y en las sandalias de quienes querían quedarse, y construir juntos un espacio de interés nacional, sin olvidar las ventajas comunes a ambos lados del canal de la Mancha. No se hizo. Ni de cerca.

Hermandad británica. Era hora de conceder razón a cada bando y generar una nueva visión de hermandad británica con el continente. Dura tarea que exigía el mejor liderazgo. En su tormentosa historia, el Reino Unido siempre supo encontrarlo. Esta vez quedó huérfana. Los padres de esa patria riñen entre querellas que dividen todas las banderas.

Es su hora cero. El Reino Unido nunca ha estado más dividido. La dirigente que lidera esta aciaga ruptura ni sabe lo que quiere, ni es capaz de construir consensos para encontrar sentido a ese sinsentido. No todo es su culpa. Pero el carácter poco empático de la primera ministra May, su inhabilidad para liderar en equipo y su vocación de sibilina tozudez tampoco ayudan. Sin embargo, Theresa May, con todo y sus falencias, refleja un modelo político rígido en tiempos de flexibilidad.

Si los regímenes democráticos europeos se inspiraron en el Reino Unido, cuna de la democracia parlamentaria, pocos adivinarían la intransigencia reinante en su sistema de partidos. En Costa Rica, estamos orgullosos de la continuidad democrática de nuestras tradiciones. ¡Cuidado! Hay tiempos para continuidad y tiempos para cambio (Eclesiastés 3:1). No entender la necesidad de reformas es condenarse a la disfuncionalidad.

Tal vez por eso, Ian Kershaw ve esa inerte continuidad británica, sin mutaciones, como génesis del estancamiento actual. Ese gran historiador afirma que el sistema político británico está a punto de perder legitimidad. Según él, hace mucho tiempo necesitaba evolucionar. En los últimos 100 años, casi todos los gobiernos británicos han respondido a minorías que lograron peso parlamentario para gobernar. Thatcher y Blair no tuvieron nunca más del 44 % del electorado.

Bloqueo. Los dos grandes partidos se bloquean mutuamente porque es lo que saben hacer. Una alianza entre partidos ha sido siempre excepción y sus líderes han practicado poco el entendimiento político. En los últimos 100 años, apenas tres gobiernos han sido producto de acuerdos entre corrientes ideológicas enfrentadas.

La regla es una disciplina férrea de votación (whipping system), que excluye encontrar razón en el contrario. La negociación del brexit exigía flexibilidad y puso en tensión, casi hasta la ruptura, un sistema político sistémicamente rígido. En esa batalla, el Reino Unido estaba políticamente desarmado.

Es probable que a una mayoría de los británicos les encantaría quedarse en la UE. Sin nuevo referendo, no lo sabremos. Los jóvenes, la mayor parte de Escocia y de Irlanda del Norte, se sienten, sin duda, tan europeos como británicos, si no más.

Pero tampoco los que quieren irse son de opinión unánime. Los hay extremistas que quieren separarse a como sea. Otros, más sensatos, visualizan un Reino Unido con política comercial propia, incluidas las ventajas de un comercio preferencial con la UE.

A ninguno de esos segmentos separatistas atiende el acuerdo de May. A los que quieren a toda costa romper con la UE, el acuerdo de May los amarra en una unión aduanera por tiempo indefinido. A los que quieren una política comercial autónoma, incluidos lazos comerciales estrechos con la UE, esa unión aduanera les excluye acuerdos comerciales con terceros. Por eso tampoco los satisface.

El acuerdo de May establece iniciar la negociación de un TLC con la UE, mientras rige una unión aduanera. Ese posible TLC es difícil de imaginar, ya que la República de Irlanda jamás aceptará ningún tratado comercial que implique fronteras en su isla. Porque entienden esa dificultad, todos los brexiters piden que la unión aduanera del acuerdo de May tenga fecha de caducidad o una garantía jurídica para poder denunciarla unilateralmente, si no se logra negociar un TLC.

Fracasos. Eso no lo ha logrado plasmar May en su acuerdo con la UE. Por eso ha tenido dos estrepitosos fracasos parlamentarios y se dirige probablemente a un tercero, en los próximos días. Sin embargo, los que quieren quedarse en la UE se unieron a los brexiters moderados y consiguieron que el Parlamento aprobara una moción que impide un brexit sin acuerdo. Frente a ese laberinto está el Reino Unido.

La UE ha sido más que razonable, pero los británicos deben decidir. Si aceptan el acuerdo de May, a partir del 22 de mayo estarán en unión aduanera y negociando un TLC. Si no lo aceptan y no piden prórroga, el 12 de abril estarán fuera de la UE en ruptura abrupta, con corte inmediato de sus cadenas de valor, cobrando y pagando aranceles. Una auténtica catástrofe, el infierno anunciado por Tusk.

Existe una tercera opción liderada por Merkel: la UE podría dar otra prórroga, si antes del 12 de abril los británicos aceptaran participar en las elecciones europeas y ofrecieran una nueva alternativa. No se me ocurre a mí otra que un nuevo referendo. Los británicos están divididos frente al abismo.

La autora es catedrática de la UNED.