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Página quince: Disrupción creativa en salud y educación

Las plataformas de enseñanza y medicina a distancia están en auge y son una gran ayuda para llegar a lugares remotos o a personas de escasos recursos.

WASHINGTON– Los gobiernos suelen mostrarse más interesados en invertir en infraestructuras físicas (como rutas, puentes y aeropuertos) que en capital humano a través de canales como la salud, la educación y la capacitación. Esto tal vez tenga sentido desde un punto de vista político, ya que permite a los dirigentes entregar resultados concretos y visibles en el transcurso de unos pocos años. Pero el mejor modo de asegurar que las economías crezcan y prosperen a largo plazo es garantizar una ciudadanía sana y educada.

El avance incesante de la tecnología facilita cada vez más a los gobiernos alcanzar este objetivo. Al mismo tiempo que la cuarta revolución industrial transforma algunos sectores (en particular, la producción fabril) y crea campos nuevos (como la robótica, la impresión 3D y los vehículos autónomos) también genera nuevas posibilidades en salud y educación.

La tecnología ya demostró que es eficaz para reducir costos, facilitar el acceso y mejorar la calidad en los ámbitos sanitario y educativo. Internet y los teléfonos móviles hacen posible la telemedicina, por la cual especialistas médicos escasos pueden atender a pacientes en lugares remotos, y facilitaron la aparición de campus universitarios virtuales que dan a estudiantes de todo el mundo acceso a profesores que antes solo estaban al alcance de quienes residieran en grandes ciudades o en campus físicos.

Muchas personas en los países desarrollados se han habituado a llevar relojes y brazaletes que miden su actividad, ritmo cardíaco y calidad del sueño. Al fomentar una mayor conciencia de su estado físico, estos dispositivos alientan a la gente a adoptar hábitos más saludables, lo cual reduce el riesgo de enfermedades crónicas, un importante factor de costo sanitario en todo el mundo.

Pero estos dispositivos tienen todavía más potencial para mejorar la salud; y ya hay innovadores que usan tecnologías de última generación para aprovecharlo. A diferencia del historial médico tradicional, que se queda en el consultorio del especialista, los datos reunidos por estos dispositivos “de vestir” se pueden agregar y analizar. Eso permite mejorar los diagnósticos y ayuda a compensar la escasez de profesionales en medicina.

Por ejemplo, la empresa singapurense Tricog desarrolló algoritmos capaces de leer electrocardiogramas y señalar a los médicos los casos problemáticos. Esta tecnología aumenta la eficacia de los médicos (al permitirles iniciar un tratamiento en cuestión de minutos, en vez de horas) y ya encuentra aplicación en la India, donde los hospitales suelen sufrir falta de cardiólogos entrenados.

El análisis de macrodatos y el aprendizaje automático también facilitan un servicio personalizado en el área de los servicios sanitarios. Entre otras cosas, estas tecnologías pueden contribuir al tratamiento de enfermedades no transmisibles como la diabetes y el cáncer, que se están convirtiendo en el mayor problema sanitario en las economías emergentes.

En tanto, hay innovadores en aprendizaje mediante Internet —un sector que vale $165.000 millones y crece a un ritmo del 5 % anual— que usan tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial para desarrollar herramientas avanzadas de apoyo estudiantil personal. Por ejemplo, la aplicación de aprendizaje BYJU’S (cliente de la Corporación Financiera Internacional, CFI) aprovecha las nuevas tecnologías para apoyo escolar de calidad en matemática y ciencia a disposición de alumnos de primaria y secundaria que de no ser por ella quedarían excluidos por vivir en áreas alejadas o tener movilidad limitada.

En educación superior, las plataformas para el dictado de cursos abiertos masivos en línea (MOOC) ofrecen la flexibilidad que los trabajadores necesitan para el aprendizaje continuo que demanda el mercado laboral del siglo XXI. Una de esas plataformas es Coursera (también cliente de la CFI), que trabaja con universidades y otras organizaciones para impartir cursos por Internet.

Tras su creación en el 2012, Coursera se esforzó en llegar a los países en desarrollo, y en el 2015 casi la mitad de sus suscriptores estaban en mercados emergentes. Como otras plataformas MOOC, el modelo de negocios de Coursera está en continua evolución; hace poco, agregó servicios de capacitación para empresas y se ha asociado con instituciones tradicionales “físicas” para la creación de carreras a distancia.

Hace seis años, cuando en la CFI buscábamos movilizar apoyo financiero temprano para nuevas empresas que ofrecieran productos con utilidad en los mercados emergentes, y tuvimos las primeras experiencias en el área de las plataformas tecnológicas educativas, no estaba claro de qué manera podían llegar a ser comercialmente sostenibles. Pero ahora, han logrado desarrollar modelos de negocios rentables y escalables que se pueden aplicar en todas partes.

Por ejemplo, desde su creación en el 2011, BYJU’S se convirtió en un actor global con más de dos millones de suscriptores, 30 millones de descargas de la aplicación y una valuación superior a los $5.000 millones. Estas historias de éxito nos ofrecen modelos útiles a la hora de trabajar con el sector privado para resolver falencias en el acceso a atención médica y educación de calidad en las economías emergentes.

Por supuesto, el uso de la tecnología para transformar la salud y la educación conlleva algunos riesgos. Proteger la privacidad de los historiales médicos de los pacientes y de las calificaciones de los estudiantes debe ser máxima prioridad. No hay que creer que las herramientas de diagnóstico asistidas por IA reemplazarán a los médicos o que las plataformas de aprendizaje en línea suplantarán a los profesores, especialmente en lo que atañe a desarrollar las habilidades socioemocionales que demandará el mercado laboral del futuro.

Pero los beneficios potenciales de estas tecnologías disruptivas para el crecimiento económico, la sostenibilidad y el bienestar humano son demasiado grandes para desaprovecharlos. En vista del rédito de las inversiones actuales en esas áreas (sobre todo en las economías emergentes), bien vale la pena correr los riesgos.

Stephanie von Friedeburg es directora de operaciones de la Corporación Financiera Internacional, perteneciente al Grupo Banco Mundial.

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