Jacques Sagot. 30 marzo

El ser humano pintó antes de escribir. Hace 18.000 años, en las cavernas de Lascaux, trazó dibujos admirablemente estilizados de diversos animales.

Presuponemos siempre que fueron creados por hombres: ¡Tal vez fueron mujeres! Era pintura mágica: tenía por función conjurar la presencia de las bestias representadas. Mas su funcionalidad en nada merma la evidente preocupación estética que ya guiaba estas expertas manos.

Aunque la estética aún no existía como categoría filosófica, estaba presente ya, de facto. El homo faber nace al mismo tiempo que el homo aestheticus.

El ser humano jamás creó nada que fuera estricta y puramente funcional, aun sus armas guerreras estaban ornamentadas, por no hablar de sus tumbas, de las representaciones de sus dioses, de sus utensilios de cocina.

Por primera vez en la historia del mundo, la tecnolatría contemporánea crea un alicrejo (una computadora, por ejemplo) en la que el elemento estético está completamente ausente, en el que la belleza fue purgada del producto, en el que no se advierte ninguna preocupación que no sea la mera operación del cacharro.

Arte rupestre, opinión
Arte rupestre, opinión

Interesa que sirva. El pensamiento mágico no lo ha fecundado, puede ser un mamarracho que eso a nadie importará. Si enciende, genera calor y nos bombardea de íconos vertiginosamente (rasgo que ha mermado nuestra capacidad para la contemplación, no solo como facultad visual, sino también como actividad mental y espiritual, se presume que el trasto es bueno, algunos nos damos por satisfechos y punto.

El ser humano comenzó escribiendo en la piedra. Las tablas de la ley fueron probablemente escritas a modo de bajo relieve en granito, la roca más abundante en el monte Sinaí. La ley romana fue consignada en doce tablas de bronce. Ambas suponían un arduo trabajo de grabado, con cinceles y músculos poderosos operándolos.

Luego, en Irak, comenzó a escribirse sobre superficies de arcilla. Escritura cuneiforme hoy descifrada. El primer poema de amor de la historia está escrito en lengua sumeria, en una tableta de arcilla. Narra el romance de un pastor y una diosa: «Ella amó esa noche como si fuera mortal y él fue inmortal mientras duró esa noche».

Arcaica, entrañable, no se podría más humana fantasía. Felizmente, la tableta sobrevivió al saqueo de 150.000 piezas del Museo Arqueológico de Bagdad, otra filantrópica gesta que nos obsequió George W. Bush durante su invasión a Irak en el 2003.

Evolución. Los egipcios comenzaron a escribir en papiros. El papiro se elaboraba a partir del Cyperus papyrus, hierba palustre acuática abundante en el Nilo. Permitía una bella escritura sinuosa y el uso prolijo de colores.

En la ciudad de Pérgamo nació el pergamino, piel de cordero a la que se le eliminaba la epidermis, la hipodermis y se le reducía a la dermis estirada para formar una superficie homogénea y absorbente.

Con el pergamino elaboraban folios, el antecesor directo del libro. El pergamino permitía una espléndida plasmación de colores; es con él que nace el arte de las enluminures, ilustraciones policromas en miniatura, viñetas con azules muy profundos y dorados texturados y deslumbrantes.

El papel, tal cual lo conocemos, fue inventado por los chinos. Se fabricó con telas, cortezas de árbol y redes de pescar. En el siglo VIII los árabes mejoraron el proceso, usando cáñamo y lino macerados en agua y luego secados y recubiertos con una capa de almidón de arroz que absorbía deliciosamente los trazos y colores. El papel llegó a Europa en el siglo XI con las invasiones árabes de Sicilia y España.

Todo ese dilatado, milenario periplo para llegar a mi hic et nunc. Convalecía en cama, un día de estos, cuando recibí la llamada de una queridísima amiga. «¿Estás bien, se te ofrece algo?». Después de cumplir con el falaz y protocolario «no, no, cómo te vas a molestar por mí, seguí con tus faenas diarias», confesé: «En realidad sí. Quiero un cuadernito y un lapicero». «¿Solo eso? ¿Nada de comer?». «No gracias, solo un cuadernito y un lapicero. De cualquier tipo que sean». Mi amiga no tardó en llegar con dos espléndidos cuadernos de hojas grandes y generosas, y cuatro lapiceros de color negro, azul, rojo y verde. De vez en cuando san Nicolás vuelve a existir.

Epifanía. Cuando tomé aquellos bellísimos cuadernos, cuando los acaricié y olí las resinas de sus empastes, la hermosura de sus páginas blancas, esa blancura que tanto asustaba a Mallarmé («el vacío papel defendido por su blancura»), tuve ganas de llorar.

Fue una epifanía. Descubrí lo bello que puede ser el más simple adminículo: un cuaderno. La fresca, lustrosa textura de sus hojas, tan bellas en su inmaculada blancura que hasta da lástima mancillarlas con la tinta del lapicero.

La potente invitación que ofrecen para la creación literaria o el dibujo. La deliciosa homogeneidad de los materiales, la robustez de sus tapas estampadas, la actitud de entrega total cuando lo abro justo a la mitad, y de cada lado me queda un buen centenar de páginas, todas esperando mi gesto creador.

Su docilidad, su postura de absoluta disponibilidad, su instigación al gozo… Los cuatro lapiceros, que me permitirían aclarar las abigarradas, a veces ilegibles notas que tomo para elaborar mis conferencias o programas… Y pensé: 18.000 años de civilización han puesto en mis manos esta pequeña maravilla.

De la piedra a la arcilla, de la arcilla al papiro, del papiro al pergamino, del pergamino a la tela, de la tela al papel de arroz… ¡Cielo santo, qué largo camino para que yo pudiese ahora beneficiarme de esta cristalización de la historia y el tiempo, este producto del ingenio humano, esta bendición, este milagro que es un cuaderno!

Joyas de la corona. Volví a sentirme estudiante, en el Liceo Franco-Costarricense, luego en Rice University, Houston, donde a punta de cuadernos (que conservo como si se tratase de los rollos del mar Muerto) disfruté la larga aventura de mis dos doctorados: uno en Artes Musicales, otro en Estudios Culturales Franceses. Dos tesis que, juntas, desbordan las mil páginas, una escrita en inglés; la otra, en francés. Ambas premiadas…

Son la joya de mi corona, el logro profesional del que me siento más orgulloso, y no muevo un dedo por ocultarlo: esta doble saga académica consumió un total de 21 años.

Con aquellos cuadernos le tendía yo la mano, desde el fondo de los siglos, a los hombres y mujeres de Lascaux. Entre ellos y yo hay una diferencia de grado, más no de esencia. Son mis hermanos.

En lo sustancial, la criatura humana no ha cambiado desde aquellos años, seguimos siendo primordialmente emotivos, sentimentales, pasionales, irracionales, movidos por el oscuro duende subconsciente, criaturas adeptas al pensamiento mágico, al ritualismo y al onirismo…

Por eso, el arte no progresa —nadie puede decir que Velázquez sea mejor que las pintoras de Lascaux o que Beethoven supere a Bach o Brahms a Beethoven o Stravinsky a Brahms). No, no puede haber progreso en el arte, porque el arte se produce con las vísceras, la sangre, el sudor, el pensamiento mágico y las visiones oníricas, la parte subconsciente e irracional de nuestra naturaleza, la emoción, la pasión, la ira, el terror, y en eso no diferimos del hombre del Neolítico superior.

Todo eso lo sentí mientras olía la fragancia de mis cuadernos y acariciaba sus páginas, ¡oh, tan tersas y blanquitas! Fue en ellas que esbocé el presente texto. Miles de mundos nacerán en mis cuadernos: colisiones de supernovas y galaxias, insospechados cometas, bombardeos de aerolitos… es un microcosmos violento y convulso, del que saldrá mucha belleza.

Sí, 18.000 años de la roca hasta estas benditas páginas, superficie sacramental y mística. ¡Ah, que Dios me dé fuerza para saber honrarlas y darles el más noble de los usos posibles!

El autor es pianista y escritor.