Eduardo Ponce Vivanco.   13 abril

El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, sorpendió al mundo con su decisión de terminar el asilo con que protegía al famoso Julian Assange en la embajada de su país en el Reino Unido. Hace siete años, el socialista Rafael Correa se lanzó al ruedo de las grandes ligas y refugió al importante alfil de Vladimir Putin en sus audaces maniobras para ganar (a como diera lugar) el peso geopolítico que Rusia perdió desde la caída de la Unión Soviética.

Seis años después, forzando instituciones jurídicas interamericanas e incurriendo en gruesas irregularidades, María Fernanda Espinosa, entonces canciller de Moreno, otorgó la nacionalidad ecuatoriana al ciberpirata australiano y orquestó una fallida estratagema para trasladarlo a Moscú como diplomático ecuatoriano (¡!).

Ella es la actual presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas, gracias a la campaña que ella misma condujo desde su cargo ministerial en Quito. Hablando sobre la naturalización de Assange, Moreno declaró a la televisión ecuatoriana Ecuavisa que la decisión no fue de él, sino de su canciller, María Fernanda Espinosa. “No fue lo más adecuado, pero yo lo respeto”, afirmó.

Pocos años separan la confluencia de intereses del Ecuador de Correa (ALBA y socialismo del siglo XXI) con la Rusia de Putin, y la convergencia de intereses entre el Ecuador de Moreno y el Washington de Donald Trump. Una situación tan rocambolesca invita a la reflexión porque ilustra el enorme peso de la realidad y el cambio de circunstancias en la política nacional e internacional.

Funesta herencia. La profunda enemistad en que se convirtió la estrecha alianza Correa-Moreno se vincula con la penosa situación financiera y moral heredada por el último de ellos. Entre la corrupción de Lava Jato y el acuerdo de salvataje con el Fondo Monetario Internacional, más el acercamiento con EE. UU., el gobierno ecuatoriano ha tenido que descender de los sueños del chavismo y encarar la patética situación de sus examigos de la izquierda suramericana, hasta el extremo de quitarles el ostentoso local que les regaló para que manejaran Unasur en Quito.

Se conoce con certeza que parte del manejo de la intromisión rusa en la campaña electoral por la que Trump es duramente investigado fue instrumentada —parece mentira— desde la Embajada de Ecuador en Londres. La posibilidad de que Assange termine sujeto a la jurisdicción estadounidense por el delito de espionaje electrónico que se le imputa endulzará el ánimo con que Washington trata a Ecuador en una coyuntura económica y política crítica para nuestro vecino.

Alianza del Pacífico. Pero Moreno ha complementado este giro radical con un acercamiento significativo a las posiciones del Grupo de Lima y una expresión concreta de interés en sumarse a la Alianza del Pacífico (AP), precisamente cuando Torre Tagle ejerce la coordinación entre los países que integran ambas agrupaciones.

La catástrofe venezolana y la inevitable caída de Maduro exigirán una acción incremental de la primera de esas agrupaciones, que Quito podría reforzar desde el mecanismo diplomático de contacto en el cual participa con la Unión Europea y otros países.

La incorporación de Ecuador a la AP tendría el decisivo efecto de compensar el paréntesis que lo afecta por el cambio de gobierno en México y la política de protección comercial a la industria láctea de Colombia que, desde el advenimiento del presidente Duque, ha neutralizado la participación de Estados asociados del Asia-Pacífico, como Nueva Zelanda.

Ecuador ha reparado una situación insostenible al liberarse de la inexplicable presencia de Assange en las oficinas de su embajada en Londres. Lo ha hecho poco después de dar pasos inequívocos para acercarse nuevamente a sus vecinos y socios suramericanos, que le están dando la calurosa bienvenida que merece.

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El autor es diplomático peruano.