Nina L. Khrushcheva. 18 agosto

MOSCÚ– Las protestas callejeras en Hong Kong y Moscú sin duda han asustado a la dupla autoritaria compuesta por el presidente chino, Xi Jinping, y el de Rusia, Vladimir Putin. Las protestas moscovitas, las más grandes en varios años, deben de mantener en vela a Putin o no estarían siendo dispersadas con tanta brutalidad. Pero, en lugar de dialogar con la gente, Putin ha procurado demostrar que tiene el control, incluso pavoneándose en un apretado traje de cuero con su pandilla favorita de motociclistas.

Las manifestaciones se han convertido en un inquietante signo de la menguante popularidad de Putin, también entre las élites rusas, cuyos puntos de vista importan de maneras que no lo hacen otras formas de opinión pública. Por dos décadas, las facciones rivales de la élite rusa han visto a Putin como garante de sus intereses generales, en especial de los financieros. Pero a medida que la economía rusa se hunde en un estancamiento inducido por las sanciones, el liderazgo de Putin ha comenzado a verse más como un bloque que obstruye el camino que una baranda protectora. Cada día menos rusos siguen aceptando que “Putin es Rusia y Rusia es Putin”, mantra que solía escucharse hace apenas cinco años, tras la anexión de Crimea.

Más aún, las esperanzas de Putin de que el presidente estadounidense, Donald Trump, mejorara las relaciones con Rusia han comenzado a parecer algo miopes, si no derechamente ilusorias. Si bien Trump ha debilitado las instituciones estadounidenses y socavado las alianzas occidentales —lo cual ha beneficiado a Putin—, la Casa Blanca también ha convertido la política exterior de EE. UU. en una ruleta impredecible. Peor todavía, la administración Trump está abandonando sistemáticamente los acuerdos de control de armas que por largo tiempo dieron algún grado de certidumbre a los asuntos nucleares.

Las élites rusas saben que su país está tan mal preparado para una carrera nuclear con los Estados Unidos como lo estaba la Unión Soviética en las décadas pasadas. La reciente explosión de un motor de misil nuclear en un sitio de pruebas en la costa ártica rusa es un sombrío recordatorio de una arraigada incompetencia. Y, a diferencia de Putin, las élites se encuentran profundamente preocupadas de que el alejamiento de EE. UU. termine convirtiendo a Rusia en un estado vasallo de China.

Del mismo modo, las protestas en Hong Kong, que no muestran signo alguno de debilitamiento, son producto de la extralimitación autoritaria. Comenzaron como reacción a una propuesta de ley que permitiría la extradición a China de ciudadanos y residentes de Hong Kong. Dada la torpeza con que Carrie Lam, la gobernante respaldada por Pekín, presentó la legislación, es posible que las autoridades centrales chinas solo tuvieran una leve consciencia de su impacto político potencial. No obstante, la respuesta del gobierno chino a las protestas ha sido cada vez más contraproducente.

Para comenzar, el Ejército de Liberación del Pueblo ha amenazado abiertamente con intervenir para acallar las protestas contra el gobierno de Lam. Y en los casos en que los matones “triádicos” progubernamentales, cuya base más probable es China continental, han atacado a los manifestantes, la Policía ha estado convenientemente ausente. Como todos saben en Hong Kong, estas palizas extrajudiciales tienen que haber contado con la venia del gobierno de Xi.

Son malos presagios. Xi puede haber decidido que han pasado los tiempos de “un país, dos sistemas”, en la creencia de que China ya no puede tolerar una cuasidemocracia funcionando en su territorio, a pesar de que esto se aceptó como una condición para el retorno de Hong Kong a la soberanía china en 1997.

Preocupado por Taiwán y su deriva política cada vez más alejada del continente, puede que Xi piense que una dura política en Hong Kong asuste a los taiwaneses y los haga entrar al redil. Si es así, ha olvidado que acosar a Taiwán siempre ha producido lo opuesto a lo que China deseaba.

Incluso, puede que Xi sopese algo todavía peor. Si ha llegado a la conclusión de que la administración “Estados Unidos primero” de Trump no haría nada por proteger a Taiwán, podría considerar un golpe militar relámpago sobre la isla para hacer que vuelva a quedar bajo el control continental. Pero esto también sería un error. Considerando el contexto más general de las relaciones chino-estadounidenses, incluso la administración Trump respondería al aventurerismo militar chino en Taiwán. Además, Estados Unidos no necesita entrar en una confrontación militar abierta con China para hacer que Taiwán le resulte más problemático de lo necesario. La Marina estadounidense sigue teniendo la capacidad de cortar las líneas marítimas que suministran energía y minerales a China, más allá de que esté involucrada activamente en el mar del sur de China.

Como con Putin, la extralimitación parece ser la posición predeterminada de Xi hoy, a juzgar por su manejo de la guerra comercial y su conducta beligerante hacia sus vecinos. De hecho, sus maniobras han sido tan imprudentes que China está cada vez más aislada diplomáticamente.

Casi todas las potencias militares y económicas del mundo —la Unión Europea, la India, Japón, Brasil— han mantenido relaciones pragmáticas con los predecesores de Xi. Pero desde entonces se han vuelvo cada vez más recelosas de China, y algunas incluso se han acercado a Estados Unidos, en la era de Trump, lo cual no es poco decir.

Como en el caso de Rusia, no hay duda de que la élite china ha advertido que Xi está convirtiendo al país en un paria internacional. El mundo exterior podrá suponer que las altas autoridades chinas están tan sometidas a Xi como el Kremlin a Putin. Pero eso es también lo que muchos pensaban acerca del politburó soviético y Nikita Kruschev en 1964. Kruschev fue derribado del poder antes de que acabara ese año.

Hay una vieja broma en que Andréi Gromiko, el veterano ministro de Exteriores soviético, dice: “Tuvimos que sacar a Kruschev. Era un apostador tan irresponsable que habría tenido la suerte de seguir en Moscú si continuaba”. De hecho, Kruschev fue impulsivo cuando precipitó la Crisis de los Misiles en Cuba, pero lo motivaba el deseo de mantener la paridad militar con EE. UU. No compartía las ilusiones de grandeza estalinistas que parecen estar impulsando a Putin y a Xi a poner en juego el futuro de sus propios países.

Hoy, nadie supondría que uno de ellos pueda sufrir el destino de Kruschev, o incluso la sombría muerte de Stalin, que por largo tiempo se ha rumoreado que fue preparada por su propio entorno, ya cansado de los excesos de su despotismo.

Nina L. Khrushcheva: profesora de Asuntos Internacionales en The New School. Su último libro (con Jeffrey Tayler) es “In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones” (En las huellas de Putin: la búsqueda del alma de un imperio a lo largo de los once husos horarios de Rusia).

© Project Syndicate 1995–2019