Thelmo Vargas. 12 octubre

En muchos países, ciudadanos y empresas son gastones, y el saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos —una medida del grado de cómo se vive por encima de las posibilidades— es deficitario año tras año.

También hay gobiernos gastones, los cuales operan con déficit y endeudamiento creciente. La carga de intereses se come cada vez más recursos presupuestarios y, al final, queda poco para invertir en los objetivos de interés social para los que fue creado. Argentina, Brasil y, desafortunadamente, Costa Rica (ABC) presentan esas características.

Pero también existen naciones donde empresas y ciudadanos son austeros, cuyas exportaciones superan los importaciones y sus gobiernos son también moderados, pues trabajan con superávit. Alemania, Dinamarca, Suiza y Holanda, por ejemplo, mantienen superávits de cuenta corriente de balanza de pagos equivalentes al 6,6 %, 6,8 %, 9,3 % y 9,7 % de su producto interno bruto (PIB), respectivamente. Sus presupuestos públicos son balanceados y hasta superavitarios. Sus niveles de desempleo van del 2,3 % al 4,4 % de la población económicamente activa. La inflación y las tasas de interés son también muy bajas.

Modelos y antítesis. Tal es el celo por la austeridad fiscal que en Alemania existe una federación de contribuyentes (BdSt, por sus siglas en alemán), la cual, desde 1995, exhibe fuera de la sede central, en Berlín, un “reloj” para mostrar el saldo de la deuda pública segundo a segundo.

En Suiza, con un 85 % de los votos a favor, un referendo celebrado en el 2001 obligó a incluir una norma en la Constitución Federal para prohibirle al gobierno mantener déficit. La deuda pública alemana está actualmente en un nivel inferior al 60 % del PIB, y cae minuto a minuto, y la suiza anda cercana al 35 % del PIB y su tendencia es igualmente decreciente.

Los países del sur de Europa, sin embargo, particularmente Grecia, Italia y, en un tiempo, España, se parecen más a los ABC latinoamericanos.

Mas resulta que, ante el asomo de una potencial recesión, analistas y políticos se suman al pedido a gritos a los países austeros para que gasten y gasten, para que importen más que sus vecinos y ayuden a que la carreta del progreso regional no se atore en un barrial.

Para ellos, lo otrora visto como virtud de la conducción de la política económica en los países del norte de Europa, en las condiciones actuales más bien pareciera constituir un mal.

Inversión no gasto. La solicitud de aumentar gasto público en un entorno como el actual, de bajo crecimiento, tiene sentido, y la mejor forma de hacerlo es incrementando la inversión en infraestructura física (carreteras y modernización de hospitales y centros educativos), no el gasto de consumo, como en salarios, porque no solo causa pérdida de competitividad internacional, sino que, cuando las aguas vuelvan a la normalidad, es casi imposible recortarlo.

En Europa, se acepta un techo de endeudamiento público hasta de un 60 % del producto interno bruto; en cambio, en los países latinoamericanos, el límite normal anda por el 40 %, pues el margen de maniobra que tienen sobre los presupuestos públicos para enfrentar shocks económicos (desastres naturales, encarecimiento del precio internacional de materias primas, etc.) es significativamente inferior.

Cuando, además, el sector público trabaja con déficit primario, endeudamiento creciente y tasas de interés relativamente elevadas, pensar que sus gobiernos pueden gastar y endeudarse todavía más, para contrarrestar un ciclo recesivo, no deja de constituir una irresponsabilidad.

Medidas inmediatas. La doctrina keynesiana favorece la operación contracíclica del gobierno y apoya operar con superávit cuando la economía es boyante; y con déficit cuando se corra el riesgo de caer en recesión. Pero eso no vale para los países ABC latinoamericanos ni para los del sur de Europa, los del Club Méditerranée, que solo adoptaron la parte del mensaje relacionada con el gasto público excesivo.

Las perspectivas económicas en Costa Rica no son las mejores y es necesario que el gobierno tome un conjunto de acciones eficaces para reactivar el aparato productivo.

Las medidas han de comenzar a rendir frutos cuanto antes, pues el tiempo apremia y no deben implicar sacrificio de las finanzas públicas.

Una de ellas es controlar el crecimiento del gasto corriente (salarios, pluses, pensiones con cargo al presupuesto nacional) y estimular el de inversión en infraestructura física, mediante la figura de concesión de obra pública. También, debe revisarse la normativa que, innecesariamente, constituya carga para la iniciativa privada, y derogarla. Y, como en otros asuntos, aquí, el movimiento se muestra andando.

El autor es economista.