Tatiana Benavides Santos. 24 octubre

La polarización partidaria no es un fenómeno nuevo en Estados Unidos. Ha sido protagonista en momentos críticos a lo largo de la historia democrática.

Durante gran parte del siglo XX, sin embargo, el sistema de partidos, y específicamente la dinámica interna del Congreso, se caracterizó por la moderación y la inclinación a pactar.

Existían patrones de voto en ese órgano favorecedores de los puntos de encuentro entre los miembros de los partidos Republicano y Demócrata alrededor de diversas políticas.

No era extraño, incluso, que algunos congresistas republicanos moderados votaran por políticas más progresistas que los demócratas conservadores mismos. A partir de los años 80, las diferencias partidarias empezaron a transfigurarse hasta llegar a un extremo que amenaza actualmente no solo la convivencia política, sino también la capacidad de formulación y materialización de las políticas públicas y la democracia.

El debilitamiento democrático de Estados Unidos está ligado, en gran parte, a la crisis partidaria que trajo consigo una erosión de la tolerancia mutua, la gobernabilidad y los índices de satisfacción ciudadana con respecto a sus instituciones.

Los problemas de los partidos políticos estadounidenses son producto de una serie de factores que han afectado su papel de canalizadores de las demandas populares, organizadores del juego político-electoral o educadores y movilizadores de los votantes.

Entre ellos se encuentran elementos de tipo normativo —escritos o no— relacionados particularmente con el sistema de elección, los mecanismos de nominación de candidatos y el papel del dinero en la política, pero también con otros, como el impacto de las divisiones culturales, identitarias y raciales en las afiliaciones políticas y la polarización asimétrica.

A continuación, analizaré los desafíos mencionados para entender mejor la complejidad de la dinámica política y evitar visiones reduccionistas que simplifican los problemas partidarios al quehacer y polarización del actual gobierno.

De hecho, la llegada al poder de un político como Donald Trump debe verse más que como una causa, como un producto de esa crisis partidaria.

Juegos de suma cero. A diferencia de muchas otras democracias que utilizan para seleccionar a sus representantes legislativos algún tipo de votaciones proporcionales (con posibilidades de elegir varios candidatos de acuerdo con el porcentaje de votos obtenidos por cada uno), las elecciones estadounidenses se rigen por un sistema pluralista de un solo ganador, promotor del esquema winner-takes-all por distrito electoral, según el cual quien gana lo gana todo, y quien pierde lo pierde todo.

Gran parte de la polarización política en EE. UU. es originada por esa regla electoral, pues esta no presenta incentivos a los partidos para negociar, buscar consenso y cooperar. Las elecciones legislativas son llevadas a cabo en 435 pequeños distritos congresuales, distintos de los cuales saldrá únicamente un candidato de uno de los dos partidos ganador, haciendo que el voto del electorado de otros partidos no cuente en absoluto.

Lo mismo ocurre en la elección presidencial. Los estados también se rigen por el winner-takes-all para los electores del Colegio Electoral, lo cual produjo que en las elecciones del 2016 Trump ganara las elecciones por obtener todos los votos electorales de los estados pendulares, como Michigan, Pensilvania y Wisconsin, con una diferencia únicamente de 0,2; 0,7; y 0,8 puntos porcentuales, respectivamente, en el voto popular de esos estados (Axios, 2018).

Financiamiento de las campañas. Una de las labores permanentes de partidos y candidatos en Estados Unidos es la recolección de fondos para hacer frente a los elevados costos de las campañas políticas, a pesar de reformas como Citizens United vs. la Comisión Federal Electoral, llevadas a cabo años atrás para limitar la influencia de los grandes donadores en las decisiones políticas.

Cada vez más, sin embargo, tanto el Partido Demócrata como el Republicano financian gran parte con el apoyo de los megadonadores que, contribuyendo directamente a las campañas electorales o a los Comités de Acción Política (PACs, por sus siglas en inglés, o super PACs), buscan algún tipo de beneficio una vez determinado candidato llega al poder.

Lo anterior ha producido un gran desfase entre los intereses de los votantes, por los que el candidato en el poder se supone debería responder, y intereses los privados, de los contribuyentes que respaldaron financieramente las candidaturas.

Falta de guardametas partidarios. Según Levitsky y Ziblatt, el sistema de nominación de candidatos en las elecciones primarias de ambos partidos eliminó el rol de lo que ellos denominan guardametas, es decir, miembros de la estructura partidaria que antes de los sistemas de primarias tenían mayor control sobre la nominación de los candidatos, quienes eran seleccionados de una lista de políticos considerados con potencial para ser elegidos.

Si bien es cierto que las primarias han aparecido como esfuerzo para democratizar la nominación interna de los candidatos, para varios analistas esto limita la capacidad de filtrar la llegada de figuras extremistas, populistas o incluso antidemocráticas, como es el caso de candidatos como Donald Trump, quien difícilmente habría sido considerado por la estructura partidaria republicana para representarla en la elección.

Divisiones identitarias y raciales. La polarización partidaria que caracteriza el sistema de partidos difícilmente puede reducirse a una división de tipo ideológico entre conservadores y liberales, porque intervienen significativas divisiones identitarias y raciales, producto de un país crecientemente diverso en términos sociales y demográficos.

Mientras en los años cincuenta el 90 % de la población era blanca cristiana, se proyecta que en el 2024 menos del 50 % lo será.

Esa población blanca cristiana (en especial de clase trabajadora sin educación universitaria y rural) está afiliada mayoritariamente al Partido Republicano. El Partido Demócrata, por su parte, aglutina, en particular, a la población blanca urbana y educada, y la mayor cantidad de las minorías étnico-raciales.

La mezcla de las divisiones ideológico-partidarias con las diversas identidades sociales y étnico-raciales transforman las batallas entre los partidos en una lucha existencial por lo que se considera debe ser Estados Unidos y quién es realmente estadounidense, todo lo cual afecta los niveles de tolerancia, fundamentales para la convivencia democrática, e inhibe todo acuerdo básico para gobernar.

El aumento de la migración y los avances en justicia racial han conformado un país cada día más diverso, donde la mayoría blanca siente amenazada su tradicional posición de dominio en la jerarquía política, social y económica nacional.

Lo anterior explica la resonancia de narrativas como “Recuperar el país de nuevo” o “Hacer a América grande nuevamente”, pero también la instauración de iniciativas que dificultan el voto de las minorías en varios estados.

Polarización asimétrica. La polarización asimétrica se refiere, de acuerdo con Mann y Ornstein (entre otros politólogos estadounidenses), al fenómeno que describe que si bien tanto el Partido Republicano como el Demócrata han tenido movimientos considerables en el espectro ideológico con respecto al centro, el primero ha girado proporcionalmente más hacia la derecha que el segundo hacia la izquierda.

Para ellos, el que gravitaba alrededor de figuras moderadas e inclusivas, como John McCain, transitó hacia políticos más conservadores, como Mitt Romney, para caer luego en un partido convertido en un “culto radical trumpista”.

Unos 2.000 expertos que analizan los partidos políticos alrededor del mundo categorizaron al Partido Republicano como conservador autoritario, alejado de los tradicionales de centroderecha, como el democristiano alemán o el Partido Conservador Canadiense.

Los expertos, que combinaron las variables de compromiso con los principios democráticos y la protección de los derechos de las minorías étnicas, también ubicaron al Partido Republicano entre los radicales de derecha y los más antidemocráticos, compartiendo con el AKP de Recep Tayyip Erdogan en Turquía (conocido por las violaciones de los derechos de los periodistas) y ocupando incluso una posición más hostil en derechos de las minorías que el Fidesz de Hungría (tristemente célebre por la discriminación de migrantes musulmanes).

Las elecciones parlamentarias del 2018 y el proceso electoral en curso demuestran que si bien en el Partido Demócrata han surgido los denominados líderes socialistas democráticos, como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio Cortez o Elizabeth Warren, los cuales promueven políticas más progresistas, el eje sigue dominado por las figuras moderadas que han atraído el mayor apoyo del electorado demócrata y mantenido a la agrupación como de centroizquierda.

Contrariamente, el Partido Republicano ha visto extinguirse a sus líderes moderados que pudieron haber servido de contrapropuesta a las narrativas discriminatorias o racistas del gobierno de Trump, a los abusos de poder, al uso de los recursos del Estado para su beneficio, al ataque contra los medios de comunicación, a las presiones sobre el sistema de justicia y muchas otras afrentas contra la democracia.

Especialmente, los congresistas republicanos abdicaron de su función supervisora y de monitoreo de las políticas del Ejecutivo, ya sea por comulgar ciegamente con las iniciativas del gobierno o por temor a convertirse en el blanco de los ataques del presidente, lo que afectaría sus posibilidades de reelección.

El gran problema, como señala Ziblatt en su libro Partidos conservadores y el nacimiento de la democracia, es que la naturaleza o fortaleza de la organización partidaria conservadora tiene un impacto directo en la estabilidad de la democracia a largo plazo.

Solo cuando inclusivos y centralizados partidos conservadores son capaces de crear mecanismos centrípetos que limiten los desafíos extremistas, la democracia resiste los peligros autoritarios.

La autora es politóloga.