José Ricardo Chaves. 14 abril

En nuestros días se usa el término “creyente” para referirse a quien da crédito a ciertas ideas religiosas, por lo general, incomprobables fuera de ese ámbito. Se acude entonces al término fe y se hace una virtud de esta aceptación sin fundamento externo. Cuanto menos referente objetivo, mejor: mayor es el virtuoso salto de fe.

Algunos asimilan así la religión, sobre todo, a un conjunto de creencias, y en parte tienen razón, aunque el hecho religioso sea más que eso y supone también instituciones, profesionales sacros, un conjunto de textos doctrinales, ritos y todo lo que hace que una religión sea justamente religión, al menos si hablamos desde una visión antropológica.

No todo acercamiento religioso se centra en la creencia, pues a veces se apela al conocimiento interior directo, como ocurre entre los gnósticos y ciertos místicos, en los cuales la creencia adviene en un segundo momento, luego la experiencia, supuestamente, la valida. Los místicos de distintas culturas y tiempos se parecen en lo que experimentan, pero difieren en las explicaciones de lo experimentado. Por lo general prefieren el silencio.

¿Quién que es no cree? No obstante, la creencia no es privativa de la religión y pareciera inseparable de la condición humana, variando tan solo el ámbito de aplicación del creer: la política, la moral, las identidades, el arte o la misma ciencia, que solo en una visión ingenua puede concebirse como ausente de creencias y sinónimo de certeza al olvidar su andamiaje ideológico, su condición histórica. Una cosa es que el margen de confianza de la ciencia sea mayor y otra que sea absolutamente cierta.

El asunto es que no hay sujeto ni institución sin creencias, pues ambos son parte de su propia constitución social. Se puede reducir su grado de influencia, cambiar su textura, pero solo un místico aséptico podría eliminarlas del todo y seguir viviendo en el mundo, aunque alguien así ya no es un sujeto porque no está sujetado por los discursos sociales al no haber nadie a quien sujetar. Literalmente se ha vuelto nada, nadie, aunque siga en este mundo.

Siempre se cree. No hay tal distinción neta entre creer y no creer, entre religión y ciencia. Siempre se cree, a veces menos, a veces con precaución, reconociendo el ámbito relativo de la creencia, sus cuestionables basamentos, su carácter temporal, su posible utilidad social y personal. Sin embargo, lo propio de la creencia es acrecentar el furor de sus poseedores, olvidar la precaución epistemológica y desatar la impronta fundamentalista que anida en sus sótanos.

El mundo se organiza con base en creencias y categorías, no solo por cuestiones de validez y consistencia, sino también por asuntos de poder, porque se cuenta con la potestad de imponerlas, y porque facilita el control.

Creer para solidificar el mundo. Según afirma Nietzsche en su breve y potente escrito Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, las creencias “son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal”.

Así, lo cultural se disfraza de natural o, en palabras del cristiano Pascal (si desconfían de Nietzsche), la creencia se vuelve una segunda naturaleza, lo que no quita que la naturaleza en sí misma no sea más que una primera forma de creencia.

Para naturalizar la creencia, es necesario el olvido, perder de vista que los conceptos y creencias son generalizaciones de lo individual y, por tanto, constructos mentales y sociales, residuos de metáforas que se olvida que lo son, por lo cual no corresponden ni son análogos a hechos “naturales” u “objetivos”. Este olvidar es necesario para darle solidez al mundo, para esconder su carácter endeble y provisional, para vivir con calma, seguridad y consecuencia. Olvidar, despertar, descreer, es tarea de unos pocos, algunos filósofos, sabios y ascetas; es cosa de budas y superhumanos que siguen el camino inverso a las demandas sociales.

Para una postura de veras radical, acceder a la verdad incondicionada, y no a esa “hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, a esa una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes”, para ir más allá de eso, se impone la disolución de todo punto de apoyo, aprender a danzar en la incertidumbre sin quedar presos del caos, pero ¿quién se atreve a tanto?

El autor es escritor.