Enrique Obregón Valverde. 10 agosto

“Merece pena de la vida quien en la larga noche no sepa contarse un cuento”, decía Álvaro Cunqueiro, fino, delicado y profundo poeta gallego, de Mondoñedo, “villa mitrada, silente, hundida entre cumbres, en lo hondo, como un cuenco”, tal como la describió la novelista Elena Quiroga en su discurso de ingreso a la Real Academia Española, hace ya muchos años.

Lo de contarse un cuento también lo pensaba Fernando Pessoa, el cuasi coterráneo de Cunqueiro, al afirmar que él no podía dormir si antes no se contaba un cuento, imaginándose ser emperador romano, con grandeza, poder y gloria, esplendente como una divinidad.

Hago esta referencia porque hace dos o tres años descubrí que era bueno, provechoso y saludable contarse un cuento cuando la inquietud del recuerdo insiste en retornar al pasado, impidiendo dormir tranquilamente. Entonces, sin ser gallego o portugués, comencé a contarme un cuento, no una historia conocida, sino algo inventado y que comenzaba así: “Había una vez, en un lugar muy lejano…”.

A tal procedimiento me referí, hace algunos días, durante una conversación con una persona amiga que me visitó, quien rechazó mi consejo y manifestó que tal medicamento es propio para escritores. “Y yo no lo soy”, dijo acentuando esta última expresión.

La interrumpí y le contesté que toda persona puede contarse un cuento, aun sin saber leer o escribir. Cuando se padece de insomnio por un recuerdo lejano, es posible adquirir el dominio espiritual, y reemplazar la congoja por una historia nueva.

Es cuestión de proponérselo, pensando como se habla, sin reservas por su composición. Es una narración sencilla, propuesta por poetas, pero no es literatura. Ni se escribe ni se dice, solamente se piensa. Medicina que está más cerca de la farmacología que del arte. No es expresión espiritual, a pesar de su aplicación para el espíritu. Pomada virtual, ungüento para el alma. Para dormir, no para soñar. Contradicción, como el uso de un instrumento rústico —serrucho o mazo—, pero no para cortar o golpear. Para acariciar y cantar, como una madre.

El primero. En la noche, cuando se está en la cama y ante el desvelo, se mira hacia arriba primero y, después, cerrando los ojos suavemente, se comienza, como todos los cuentos, con las palabras indispensables. Así, inventé el primer cuento para mí: “Había una vez, en un país muy lejano, un pueblo de campesinos, propietarios de pequeñas fincas con gallinas, vacas, caballos, un cerdo para engordar, con el propósito de obtener la manteca para el año, y espacio suficiente para sembrar maíz, frijoles, caña de azúcar, café, plátanos, bananos, yuca, tiquisques y arracache”.

”En una de estas finquitas vivían José y Clemencia. A José, le decían Chepe, y Mencha, a Clemencia. Tenían tres hijos; dos varones y una mujercita: Chepito, Beto y, la menor, María Luisa, como su abuela. Le llamaban Luisita cuando era pequeña y, luego, Marisa, de grande.

”La casa donde vivían era de madera rústica, sin pintar, con tres cuartos, cocina con fogón porque no había electricidad, piso de tierra y corredor enfrente, lugar este donde era costumbre recibir a los visitantes. A las cuatro de la mañana, todos se levantaban; los hombres afilaban hacha y machete, y las mujeres prendían el fuego, molían el maíz que habían cocinado el día anterior y de la masa hacían tortillas; unas para desayunar y otras, envueltas en hojas de plátano con frijoles y una torta de huevo, para el almuerzo de los hombres que marchaban a roturar los campos para sembrar o a voltear árboles en el bosque para ampliar el área de cultivo.

”Aquellos trabajadores salían a las cinco de la mañana y regresaban a las dos de la tarde, cansados y sudorosos. Tomando un jarro de café o de agua dulce caliente, contaban lo que les había sucedido en sus labores y las mujeres también hablaban de los aconteceres caseros.

”Más tarde, antes de acostarse, rezaban una oración al Corazón de Jesús o a la Virgen María. Así, transcurría la vida de los campesinos de aquel lejano lugar. Cuando ahorraban algún dinero, generalmente en diciembre, compraban cosas de urgente necesidad, como enaguas para la madre, pantalones para los muchachos y un vestidito para la niña. En época de más ganancia, hasta podían comprar una ternera al vecino, pensando en tener una vaca más para el año siguiente.

”Un día estaba Clemencia asomada a la ventana de la cocina, como todas las tardes, esperando el regreso de los trabajadores. De pronto, los vio acercarse y le llamó la atención el animal que José traía en sus brazos. A primera vista, no pudo reconocerlo, pero, luego, cuando estaba más cerca, supo que era un ternero recién nacido. José venía a pasos largos, sonriente, y sus hijos, atrás, gritando. La novilla había parido y todos en la casa, alegres, miraban al pequeño animal, todavía con su piel humedecida y temblando cuando trataba de ponerse en pie. La vaca, al otro lado de la cerca, con suaves bramidos reclamaba a su hijo.

"Clemencia llamó a Luisita y le ordenó recoger, en el guacal grande, un poco de agua de masa de la que había en el balde debajo del moledero para que se lo diera a la vaca. ‘Así tendrá mañana más leche para su ternerito’, comentó.

"Ya en su habitación, a punto de quedar dormido, José le dijo a Clemencia que cuando llevaba el ternerito en sus brazos sintió una inmensa alegría, como un temblor de plenitud, de satisfacción total, momento en el que comprendió que era posible ampliar la finca, producir más y vivir mejor.

"Y, con fuerte expresión, terminó diciendo: ‘Nuestros nietos nunca, nunca serán jornaleros. ¡Somos libres, propietarios de una finca, hemos logrado la libertad!’. Sonriente, José cerró los ojos y se durmió, y dormido, continuó sonriendo”.

Entonces, finalicé preguntando a mi amiga si comprendía lo fácil que era contarse un cuento para dormir sin preocupaciones, y también, si podía creer en la posibilidad de mantener permanentemente una ilusión en la vida, como cuando nace un ternerito en la finca de una familia campesina, honrada y trabajadora.

El autor es abogado.