Thelmo Vargas. 5 octubre, 2019

Se acepta que una economía entra en un estado de recesión cuando decrece dos trimestres consecutivos. Algunos analistas sostienen que Estados Unidos, que experimenta el período más largo de crecimiento de las últimas décadas, está en riesgo de entrar en una leve recesión en el 2020 o en el 2021. Para otros, ese augurio no es desinteresado, pues su fin sería nublar los logros económicos de la administración Trump y lesionar sus posibilidades de reelección en los comicios del 2020.

La economía de Costa Rica experimenta un crecimiento muy lento, tanto que podría tornarse negativo en el futuro cercano. Aunque solo sea por interés teórico, no está de más analizar cuáles medidas convendría tomar, tanto a las personas físicas como jurídicas, para afrontar con éxito un período recesivo. Para ello, resumo lo sugerido por algunos expertos en la materia.

Los empresarios y las personas han de tener una idea clara del sector donde operan, si lujo o necesidad, porque, en el primer caso, son más sensibles que en el segundo a los efectos de una recesión.

Una recesión no toca por igual todos los sectores de la economía. En Costa Rica, por ejemplo, las empresas que producen y exportan desde zonas francas reportan actualmente mejores resultados que las dedicadas al mercado doméstico.

Las empresas deben conocer cuáles son los indicadores económicos (exportaciones, permisos de construcción, precios de alquileres, tipo de cambio, tasas de desempleo, etc.) que más influyen en su desempeño. El sector inmobiliario y las ventas de autos nuevos y de relojes de oro parecieran ser más sensibles al ciclo económico que los que satisfacen necesidades básicas.

En economía, se suele distinguir entre “lujos”, que son aquellos bienes y servicios cuya demanda crece más que proporcionalmente con respecto al aumento del ingreso de sus clientes, y “necesidades”, que se satisfacen por igual casi con independencia de las variaciones del ingreso.

Cuando la situación aprieta, la gente deja de comprar vinos y perfumes caros, así como electrodomésticos; se abstiene de repintar sus casas, y hasta podría reducir la frecuencia de sus cortes de cabello. Pero no le pone menos sal a la sopa, ni reduce la cantidad de café que toma en las mañanas.

Primeras medidas. Por lo anterior, los empresarios y las personas han de tener una idea clara del sector donde operan, si lujo o necesidad, porque, en el primer caso, son más sensibles que en el segundo a los efectos de una recesión.

El análisis riguroso les indicará que algunas de sus líneas de actividad constituyen lujos y otras se acercan más a necesidades, y, por tanto, deberán adoptar estrategias diferentes para cada una. Síntomas de una recesión son la baja en las ventas y el aumento en el plazo en que pagan los clientes, lo cual suele aparejar problemas financieros para las empresas.

Lo segundo es asegurar que los dueños y administradores comprendan la información contenida en los principales estados financieros (balance de situación, estado de resultados y flujo de caja). Han de analizar, y hasta memorizar, cuáles son las principales líneas de ingreso y de gastos, pues quizá algunas deban ser podadas.

En los períodos de vacas gordas, las empresas y las personas suelen incurrir en gastos innecesarios sin darse cuenta, pues el resultado global les es positivo. Pero la llegada de las vacas flacas sirve precisamente para obligar a distinguir entre lo productivo y lo que no lo es.

“En camino largo, hasta la jeta pesa”, dice un refrán. Una recesión obliga a revisar con lupa la pertinencia de la cantidad de empleados y sucursales, la rotación de los inventarios, la antigüedad de saldos de las cuentas por cobrar, las tasas de interés de los pasivos, los gastos de representación, viajes al exterior, alquileres y los recibos de luz, entre otros.

Tercero y cuarto. En lo posible, frente al temor de recesión, los planes de expansión que dependan de proyecciones optimistas de ventas deberán posponerse.

Cancelar cuanto antes las deudas de la empresa o personales, pues, si los ingresos se reducen por falta de actividad, el servicio de ellas podría tornarse insoportable.

Sin embargo, en los momentos de actividad normal, a las empresas les conviene gestionar, ante las entidades financieras, la aprobación de líneas de crédito revolutivas (LC) para capital de trabajo, no para inversión, que acarrean intereses solo sobre las sumas desembolsadas y tienen la propiedad de que se pueden utilizar automáticamente hasta el límite superior convenido, pues las amortizaciones forman nueva disponibilidades.

Quinto y sexto. Como los bancos y financieras pueden en cualquier momento suspender el uso de los montos no utilizados de las LC, entonces es prudente que las empresas, como las personas y las ardillas, tengan fondos (reservas de liquidez) para los días y noches de invierno. Algunos expertos aconsejan que dichos fondos les permitan hacer frente a los gastos de seis meses.

Conviene que las empresas preparen un plan anual operativo (PAO), que explícitamente incluya todos los supuestos de actividad para un año, que permita luego dividirlo por trimestres. En esencia, un PAO es un estado de resultados proyectado.

En empresas no acostumbradas a trabajar de esta forma, el primer ejercicio podría resultar un tanto impreciso, mas, con el paso del tiempo, aprenderán a ver qué hicieron mal y a corregirlo (pues, como dice otro refrán, “el error es la verdad vista al revés”) y eso definitivamente ayudará a los administradores a enfrentar de mejor manera una eventual recesión. De ser necesario, recurrir a un facilitador externo para estos efectos.

Antiguamente, la llegada de cometas estuvo ligada a la aparición de desastres y calamidades porque se creía que portaban gases mortíferos. Pero, para algunos, el caso que nos ocupa, el de recesiones que de tiempo en tiempo ocurren, no tiene por qué ser mal visto.

Por ejemplo, analistas del Ludwig von Mises Institute for Austrian Economics consideran que las recesiones son necesarias porque exponen los defectos de algunas políticas públicas (operar con elevados déficits y endeudamiento) y porque obligan a las empresas a quitar la grasa de su operación, a precisar cuáles actividades son inútiles y, por tanto, deben ser eliminadas, así como a adoptar planes operativos racionales. La sociedad gana con la operación de empresas más productivas.

El autor es economista.