Thelmo Vargas. Hace 4 días

Del análisis científico, uno espera dos productos: el primero, descriptivo, que le diga por qué un fenómeno ocurre como ocurre; el segundo, normativo, que le indique cómo debería proceder en determinadas situaciones.

Una matita, en una maceta al fondo de una sala, despliega sus hojas hacia el sitio por donde entra luz del sol. Una explicación es que las plantas se comportan “como si” se propusieran maximizar su exposición a los rayos solares.

Deberíamos ahora abocarnos a atraer empresas multinacionales que andan en busca de diversificación y de atomización de los riesgos de sus cadenas de valor.

Un árbol que crece en un potrero tiene un tronco grueso y extiende sus ramas más o menos horizontalmente en todas las direcciones, mientras su hermano, creciendo en un bosque con mucha competencia al lado, se dispara para arriba. Uno y otro “buscan”, en diferentes entornos, la máxima exposición a la luz solar.

Quienes cultivan bosques maderables suelen plantar los árboles muy cerca uno del otro con el fin de que se estiren y formen un tronco largo y recto, pero, conforme pasa el tiempo, hacen raleas para que los que quedan engruesen sus troncos. Lo descriptivo y lo normativo suelen juntarse, como la justicia y la paz, besarse.

Matemática intuitiva. En los pueblos de la Meseta Central, solía haber canchas abiertas de fútbol, cuadrangulares, de 100 varas de lado, con área chica, área grande y un círculo en el centro debidamente marcados con cal.

Pero, además, tenían una X hecha por la gente que las atravesaba a diario en diagonal. La gente cruzaba en diagonal porque el camino era más corto que ir por los lados. Nadie sabía con exactitud por qué escogía esa ruta, mas todos actuaban como si conocieran el teorema de Pitágoras: la hipotenusa (diagonal) de un triángulo rectángulo es igual a la raíz cuadrada de la suma de los cuadrados de los catetos.

Si cada cateto tiene una longitud de 100 varas, la suma del cuadrado de ellos es 20.000 y su raíz cuadrada 141,42 varas. Cruzar en diagonal ahorra al caminante casi 60 varas.

Casi cualquier decisión en la vida —viajar en bus o en taxi, comprar o alquilar casa, aceptar un cargo en una empresa, estudiar Derecho o Medicina, ir de vacación a La Fortuna o a Cahuita, etc.— se toma en condiciones de relativa incertidumbre.

Desde hace mucho tiempo, la gente ha mostrado temor al riesgo, pero no se había explicado satisfactoriamente por qué. No fue hasta eso de 1738 cuando el matemático y estadístico suizo Daniel Bernoulli presentó una hipótesis de la forma como las personas se comportan ante el riesgo.

Al actuar, expuso en su Specimen theoriae novae de mensura sortis, ensayo cuyo propósito fue dar solución a la llamada paradoja de San Petersburgo, que la gente no busca hacer máximos los resultados esperados, sino la utilidad esperada de ellos.

Muchas e interesantísimas son las implicaciones de esa hipótesis, que más bien deberíamos llamar teoría.

Riqueza y felicidad. Si se acepta que la función de utilidad de los bienes y servicios (el dinero entre ellos) crece, pero cada vez menos, el doble de riqueza no duplica la felicidad de las personas.

Para un pobre, una cantidad de dinero, digamos 1.000 pesos, suele ser más útil que para un rico. Además, todos son más o menos reacios a entrar en actividades que, con igual probabilidad, les prometan ganar o perder una suma cuantiosa.

La razón es que, al entrar en un juego actuarialmente equilibrado, corre el riesgo de perder más utilidad de la que se podría ganar, lo cual explica, entre otras cosas, por qué muchos labriegos sencillos rehúsan adoptar una moderna y eficaz técnica de producción agrícola si esta conlleva alguna probabilidad, por pequeña que sea, de fracaso.

Igualmente, un proyecto de desarrollo urbanístico o de otra naturaleza podría implicar un costo de 100 millones —póngale, usted, lector, el signo de colones o dólares), y una vez terminado podría venderse por el doble.

Pero, en tanto tenga alguna dosis de riesgo, existe la posibilidad de que mucha gente lo rechace. Sin embargo, conforme con la teoría de Bernoulli, si se repartiera entre varios inversionistas, digamos 50, cada uno asumiendo 2 millones, quizá lo acepten.

El repartir entre más espaldas un riesgo dado lo hace más soportable. Y cuanto más grande sea el riesgo, más espaldas se requieren para cargarlo.

Riesgos en sociedad. En mucho, la figura del Estado en la sociedad moderna obedece a la necesidad de repartir de manera óptima los más grandes riesgos a los cuales está expuesta.

Es mejor encargar al Estado, es decir, a las espaldas de todos los ciudadanos, la reparación de los daños causados por los terremotos o los huracanes, por ejemplo, que dejarlos a cargo de una o de pocas personas.

En el pasado, y por la misma razón, hasta la construcción y operación de puertos, aeropuertos y carreteras se encargaron al Estado. Ahora, es corriente que consorcios de empresas los asuman en concesión a cambio de un precio.

Pero de la seguridad social, llamada a cubrir los efectos adversos de gran magnitud de eventos que la mala suerte trae a las personas (un cáncer u otro padecimiento terminal, la vejez, etc.) todavía se encarga al Estado.

Los seguros comerciales trabajan sobre exposiciones independientes a un mismo azar (por ej., colisión de vehículos, incendios) y permiten repartir entre muchos el costo del daño que ocurra a unos pocos. No obstante, cuando las exposiciones no son totalmente independientes porque se trata de eventos sistémicos, que afectan a muchos a la vez, como el huracán Katrina, en el 2005, y el terremoto y sunami en Japón, en el 2011, los seguros comerciales se tornan insuficientes por más reaseguro de que dispongan.

Y llegó la covid-19, que está afectando prácticamente a todo el orbe, muchas vidas humanas se han perdido y enfrentarla exige enormes costos financieros.

Aquí, no hay seguro ni reaseguro comercial que aguante indemnizar por los daños. El costo de semejante mal —que algunos llaman “cisne negro”, por rarísimo y por su magnitud— han de soportarlo las espaldas de todos los ciudadanos del mundo.

Por tratarse de un azar de bajísima probabilidad de ocurrencia, pero de altísima gravedad cuando se materializa, llama a ser enfrentado con un “bien público global”, pues se gana poco si unos países actúan con cuidado y otros, como Nicaragua, no.

La actual pandemia también llevó a cuestionar la bondad de que muchas empresas multinacionales, por ahorrarse algunos dólares en diversas etapas de la cadena de valor, confiaran gran parte del proceso productivo a otros países.

Ahora, se piensa que quizá sea mejor volver a producir internamente (reshoring) mucho de lo que se encargó a terceros países.

No hay justificación. Desde el punto de vista de asunción y administración del riesgo, la covid-19 no constituye un buen ejemplo para justificar el reshoring, pues se trata de un riesgo sistémico que afecta la producción, ya sea que las plantas estén en Seattle, San Antonio de Belén, Tokio o la Cochinchina.

Tampoco es justificación para volver a concentrar en el país de domicilio legal de una empresa toda su producción. La diversificación de la cadena de valor, por la vía del aumento de proveedores, de países y regiones, tiene gran sentido siempre y cuando sea para proteger contra azares idiosincráticos: caídas de oferta por sunamis, terremotos y, ¿por qué no?, deterioro de las relaciones políticas, como es el caso actual China-Estados Unidos.

Recientemente, Estados Unidos tomó conciencia de que, quizá en procura de algunos ahorros monetarios, varias de sus empresas habían optado por depender en altísimo grado de insumos producidos en China, lo cual llegó a convertirse en lo que algunos denominan “la fábrica del mundo”, y eso hoy podría atentar contra su seguridad nacional.

Riesgos de esa magnitud son más soportables si se atomizan, es decir, si se amplían las cadenas de valor con miras a incorporar a otros países.

Costa Rica, de tradición democrática, cuenta con un eficaz régimen de zona franca y una población joven entrenable, podría ser uno de esos países y, por tanto, con el mismo entusiasmo que nos propusimos ser admitidos en la OCDE, deberíamos ahora abocarnos a atraer empresas multinacionales que andan en busca de diversificación y de atomización de los riesgos de sus cadenas de valor. Que así sea.

El autor es economista.