Bernard Haykel. 8 octubre

PRINCETON– En la madrugada del 14 de setiembre, un enjambre de drones atacó dos grandes plantas petroleras en Arabia Saudita, lo cual afectó a cerca de la mitad de la producción del principal exportador mundial de petróleo (un 5 % del suministro global).

Los ataques —de los que se responsabilizaron los rebeldes hutíes de Yemen, pero que casi todos atribuyen a Irán— marcan un antes y un después para la política de Oriente Próximo y los mercados internacionales de energía, ya que cuestionan directamente el dominio estadounidense en el golfo Pérsico y el papel de Arabia Saudita como garante de la provisión mundial de petróleo.

La motivación inmediata de Irán para el ataque fue el asfixiante régimen de sanciones económicas que el gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, impuso después de retirarse el año pasado del acuerdo nuclear del 2015 (el llamado Plan de Acción Integral Conjunto).

En algún momento, Estados Unidos tendrá que decidir cuánta capacidad de proyección de fuerza está dispuesto a mantener en el Golfo.

Pero las tensiones actuales surgen de una dinámica regional de poder que se remonta a la invasión de Irak, liderada por Estados Unidos en el 2003.

Ese fracaso espectacular llevó a Trump y a su predecesor, Barack Obama, a enviar señales de un final para casi ocho décadas de hegemonía estadounidense en el Golfo.

Las guerras en Oriente Próximo agotaron a Estados Unidos, en particular porque su abrumadora ventaja militar no se tradujo en una influencia política duradera. Pero la retirada de Estados Unidos dejó un vacío estratégico, que los actores más influyentes de la región están tratando de llenar.

El primero es Turquía, que viene ampliando su influencia militar y económica en la región del golfo Pérsico, con el establecimiento de bases militares en Catar. Pero mucho más agresivo es Irán, que no oculta su deseo de expulsar a Estados Unidos de la región y derribar la monarquía saudita (el tercer actor que intenta elevar su perfil regional).

En los últimos años —y en gran medida a consecuencia de los fracasos de Estados Unidos— Irán reforzó su posición expandiendo su influencia en Irak, Siria, el Líbano y Yemen a través de actores intermediarios no estatales, por ejemplo, los hutíes, y con el desarrollo de un arsenal más grande y variado.

En Yemen, Irán está tratando de quedarse con el control del estratégico estrecho de Bab el-Mandeb. Su presencia allí también le sirvió para desafiar a Arabia Saudita con drones y misiles balísticos y crucero, de forma muy parecida a la amenaza que plantea Hizbulá a Israel desde el sur del Líbano.

Arabia Saudita, en cambio, sigue siendo una potencia del statu quo, interesada, sobre todo, en la estabilidad (en particular, para facilitar la venta de petróleo).

Felices de permanecer bajo el paraguas de seguridad de Estados Unidos, en las últimas décadas, los sauditas no se esforzaron mucho en crear un Ejército poderoso (por no hablar de capacidad para proyectar fuerza), pese a sus masivas compras de armas, especialmente a Estados Unidos. Ahora se están apresurando a hacer ambas cosas, pero el proceso llevará una generación.

Mientras tanto, la capacidad de Arabia Saudita para poner freno a las ambiciones iraníes será limitada. Esto no solo la pone en riesgo de perder su posición dominante en la región, sino también aumenta la probabilidad de más ataques a las vulnerables plantas petroleras y petroquímicas sauditas, así como a sus servicios públicos. Por ejemplo, un ataque a una planta de desalinización generaría falta de agua en cuestión de días.

Pero ahora mismo, la máxima prioridad debe ser responder al último desafío de Irán, antes de que tenga lugar otro ataque.

Un Estados Unidos comprometido podría ayudar a evitar hechos de esa naturaleza, pero nada indica que los sauditas puedan contar con eso.

Es verdad que, inmediatamente después del último ataque, Trump tuiteó que Estados Unidos estaba listo para la acción (locked and loaded) y que solo esperaba que los sauditas dijeran quiénes creen que fueron los causantes del ataque y bajo qué condiciones proceder.

Pero hay motivos para dudar de que Trump cumpla sus amenazas: si un ataque punitivo produjera una guerra declarada, sus perspectivas de reelección en el 2020 se derrumbarían, es probable que comprender este factor haya sido lo que envalentonó a Irán para lanzar los ataques en primer lugar.

Los ataques de Irán tuvieron otro efecto relevante: debilitaron la posición central de Arabia Saudita en los mercados de petróleo internacionales.

Dueña de un 23 % de las reservas comprobadas del mundo, Arabia Saudita desarrolló suficiente capacidad excedente de producción para actuar como productor “bisagra” estabilizador de los mercados.

Los ataques de Irán (que redujeron en unos 5,7 millones de barriles la producción diaria de Arabia Saudita) ponen en duda la capacidad del país para cumplir esa función.

Arabia Saudita se apresuró a asegurar al mundo que restaurará la producción (promesa que hasta ahora resultó creíble) para evitar una perturbación económica significativa. Pero el daño a su reputación ya está hecho; quedó claro que Irán puede alterar el suministro de petróleo a voluntad, atacando buques, oleoductos y grandes plantas de procesamiento y almacenamiento.

Los ataques iraníes también siembran dudas sobre la presunta independencia energética de los Estados Unidos y resaltan su permanente vulnerabilidad a variaciones de los precios por alteraciones de la producción en el Golfo. Después del ataque, Trump tuvo que liberar una parte de las estratégicas reservas de petróleo de Estados Unidos para calmar los mercados.

Por supuesto que Estados Unidos no se quedará de brazos cruzados: Trump ya ordenó al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, un endurecimiento de las sanciones contra Irán. Pero es improbable que tenga el efecto deseado.

Por el contrario, con Irán ya paralizado por las sanciones, hace prácticamente inevitable otro ataque contra la infraestructura energética del Golfo.

Lo que en realidad se necesita es un ataque punitivo proporcional contra Irán. Arabia Saudita no puede ejecutarlo sin causar una escalada de la confrontación regional, pero Estados Unidos sí. Mientras la respuesta estadounidense sea limitada y proporcional, es improbable que genere una guerra declarada. Al fin y al cabo, Irán no es suicida: no respondió a reiterados ataques israelíes contra las fuerzas iraníes.

Estados Unidos también debe ofrecer algunos alicientes a Irán, entre ellos, un alivio limitado de las sanciones. En este sentido, la mejor opción para Estados Unidos es copiar el manual iraní: enviar al adversario señales contradictorias.

En algún momento, Estados Unidos tendrá que decidir cuánta capacidad de proyección de fuerza está dispuesto a mantener en el Golfo. Pero ahora mismo, la máxima prioridad debe ser responder al último desafío de Irán, antes de que tenga lugar otro ataque.

Bernard Haykel: es profesor de Estudios de Oriente Próximo y director del Instituto para el Estudio Transregional de Medio Oriente, Norte de África y Asia Central Contemporáneos en la Universidad de Princeton y coeditor (con Thomas Hegghammer) de “Saudi Arabia in Transition”.

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