Víctor Umaña.   7 noviembre, 2020

El 28 de noviembre de 1942 ocurrió uno de los sucesos más trágicos en la historia de los Estados Unidos. Un incendio en el salón Cocoanut Grove, ubicado en Boston, un club nocturno de la era de la Prohibición, causó 492 muertos.

La magnitud de la tragedia tuvo un fuerte impacto en la sociedad estadounidense, lo que motivó la reforma de los códigos de seguridad para edificios, sentó las bases de los tratamientos modernos para personas quemadas y estableció nuevos modelos de psicoterapia para los sobrevivientes y sus familias.

En su obra Crisis: cómo reaccionan los países en los momentos decisivos, Jared Diamond, científico ganador del Premio Pulitzer, toma los elementos de los protocolos de psicoterapia individual que emergieron de la tragedia del Cocoanut Grove y los adapta al estudio de las crisis nacionales.

Así, identifica patrones para la superación de la adversidad mediante procesos de autoevaluación y transformación nacionales.

En este artículo, tomo prestados algunos elementos de la “terapia” sugerida por Diamond y los adapto a la realidad costarricense.

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Aceptar que estamos en crisis. No hace falta ser economista para constatar los efectos de la situación moderna.

Más allá del déficit fiscal, que podría ser ajeno a algunos, el desempleo y la pobreza hablan por sí solos. Aun así, diversos grupos de la sociedad no aceptan la situación actual.

En el estudio comparativo de Diamond, algunas naciones continuaron en negación hasta que un hecho externo lo hizo evidente para todos. El default, el cierre de programas sociales y despidos masivos serían consecuencias funestas de nuestra negación.

Responsabilidad individual. Aunque exista consciencia de la necesidad de resolver la crisis, es difícil ponerse de acuerdo sobre su origen o aceptar la participación en el problema.

Es muy cómodo culpar a los otros y negar el papel en la obra. Existen innumerables diagnósticos que apuntan a la raíz del problema. La humildad es clave en este proceso.

Definir las fronteras del cambio. Pese a los problemas, Costa Rica ha tenido múltiples aciertos, basados en la acumulación de buenas decisiones desde el primer día de su vida independiente.

Es preciso delimitar aquellas cosas que deben cambiar, al mismo tiempo que se salvaguardan las que marcan la diferencia en lo social, lo económico y lo ambiental. En palabras de nuestros abuelos, no debe desvestirse un santo para vestir a otro.

Identidad y valores nacionales. ¿Qué nos caracteriza como costarricenses? Hemos construido una narrativa nacional alrededor de la democracia, el imperio de la ley, la educación, el diálogo, la paz, la solidaridad y el bien común.

En momentos como este, es imperativo tener bien claro quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Hoy más que nunca, el pura vida tiene que traducirse en la acción, sin renunciar a nuestra esencia.

Crisis anteriores. Hemos pasado por donde asustan. En refuerzo a la identidad nacional, existen varios momentos decisivos en la historia nacional que enorgullecen y nos hacen únicos.

La Campaña Nacional de 1856, la reforma social de la década de los cuarenta del siglo pasado, la abolición del ejército, la crisis de la deuda y los acuerdos de paz en los ochenta demostraron la capacidad de Costa Rica para tomar decisiones en momentos clave, en luchar contra la adversidad y en conseguir acuerdos entre grupos con agendas opuestas.

De algún modo, y hablando en términos deportivos, debe buscarse el “partido de la nieve”, el episodio donde se le dio vuelta a la eliminatoria hacia Brasil 2014.

En una nación, los líderes y su comportamiento importan. No solo me refiero al presidente y sus ministros, los diputados u otros tomadores de decisiones que hemos elegido democráticamente, sino también a los dirigentes que representan a la sociedad civil, que creen en los valores nacionales que describí anteriormente.

Transformaciones significativas de nuestra historia fueron posibles gracias a las virtudes de magnanimidad, templanza, humildad y valor. Quienes nos representan tienen una hoja de ruta para seguirla.

Para algunos, las recomendaciones antedichas pueden ser catalogadas de obvias, pero, aun así, en innumerables momentos, no aceptar estos sencillos elementos condenaron al fracaso a naciones enteras.

La Costa Rica democrática que hemos construido en los últimos doscientos años nos da las herramientas para regir nuestro destino y forjar el país que queremos para el futuro.

El autor es economista.