Ibrahim Thiaw.   17 febrero

BONN– Frente al cambio climático, ofrecer suministros confiables de energía renovable a todos los que la necesitan se ha vuelto uno de los mayores desafíos para el desarrollo de nuestro tiempo.

Cumplir con el compromiso de la comunidad internacional de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C o 2 °C, en relación con los niveles preindustriales, exigirá un uso expandido de bioenergía, almacenamiento y captura de carbono, estrategias de mitigación basadas en la tierra, como la reforestación y otras medidas.

La bioenergía y la mitigación basada en la tierra no son soluciones milagrosas. Pero nos permitirán ganar algo de tiempo. Así, deben ser parte de la respuesta más amplia al cambio climático.

El problema es que estas soluciones potenciales tienden a discutirse únicamente en los círculos políticos internacionales, si es que se discuten. Sin embargo, los expertos calculan que el presupuesto de carbono global (la cantidad de dióxido de carbono adicional que todavía podemos emitir sin desatar un cambio climático potencialmente catastrófico) se agotará en apenas diez años.

Esto significa que existe una necesidad urgente de incrementar la bioenergía y las opciones de mitigación basadas en la tierra. Ya tenemos la ciencia para hacerlo, y cuanto más nos demoremos, mayor será la posibilidad de que estos métodos dejen de ser viables.

La energía renovable es la mejor opción para evitar los efectos más destructivos del cambio climático. Durante seis de los últimos siete años, el crecimiento global de la capacidad de energía renovable ha superado el de las energías no renovables. Pero aunque la energía solar y eólica están abriendo nuevos caminos, todavía no satisfacen la demanda global.

Hace diez años, se consideraba que la bioenergía era la que tenía más probabilidades de cerrar o, por lo menos, reducir la brecha de suministro. Pero su desarrollo se ha estancado por dos razones básicas. Primero, los esfuerzos por promoverla tuvieron consecuencias negativas no buscadas. Los incentivos utilizados para incrementarla llevaron a la rápida conversión de tierra virgen invaluable. Bosques tropicales y otros ecosistemas vitales se transformaron en zonas de producción de biocombustibles, creando nuevas amenazas de inseguridad alimentaria, escasez de agua, pérdida de biodiversidad, degradación de la tierra y desertificación.

En su Informe especial sobre el cambio climático y la tierra, de agosto pasado, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático mostró que la escala y el contexto son los dos factores principales a tener en cuenta cuando se evalúan los costos y beneficios de la producción de biocombustibles.

Las grandes granjas de biocombustibles de monocultivo simplemente no son viables. Pero las granjas de biocombustibles que están correctamente ubicadas y plenamente integradas con otras actividades en el paisaje se pueden sustentar ecológicamente.

Igual de fundamental es el contexto donde se están produciendo los biocombustibles, es decir, el tipo de tierra utilizada, la variedad de cultivos de biocombustibles hechos y los regímenes de gestión climática. Los costos asociados a la producción de biocombustibles se reducen significativamente cuando se lleva a cabo en tierra previamente degradada, o en tierra liberada a través de agricultura mejorada o gestión ganadera.

En el escenario de un calentamiento de 1,5 °C, se necesitarán aproximadamente 700 millones de hectáreas de tierra para materias primas destinadas a la producción de bioenergía. Existen múltiples maneras de alcanzar ese nivel de producción de bioenergía de manera sustentable. Por ejemplo, políticas para reducir los desechos alimenticios podrían liberar hasta 140 millones de hectáreas adicionales, y una porción de los dos mil millones de hectáreas de tierra que se han degradado en décadas pasadas se podría recuperar.

La segunda razón por la cual la bioenergía se frenó es porque también emite carbono. Este desafío persiste porque el proceso de captura de carbono sigue siendo polémico.

Simplemente, no sabemos qué efectos a largo plazo produce a partir de capturar carbono y comprimirlo en roca dura para un almacenamiento bajo tierra. Pero investigadores académicos y el sector privado están trabajando en innovaciones para hacer viable la tecnología.

El carbono comprimido, por ejemplo, podría utilizarse como material de construcción, lo que sería revolucionario si se llevara a un uso industrial.

Es más, mientras las materias primas tradicionales para la producción de bioenergía como la acacia, la caña de azúcar, la melaza de sorgo, los bosques gestionados y los desechos animales plantean desafíos para la sustentabilidad, investigadores de la Universidad de Oxford experimentan con plantas suculentas que no consumen tanta agua.

Nuevamente, las suculentas podrían ser revolucionarias, particularmente para las poblaciones de tierras secas que tienen mucho suelo degradado, árido, apropiado para el cultivo. Muchas de esas comunidades necesitan desesperadamente energía, pero les costaría mantener instalaciones solares y eólicas debido a la constante amenaza planteada por las tormentas de polvo y arena.

En Garalo, Mali, por ejemplo, granjeros de pequeña escala están utilizando 600 hectáreas previamente asignadas a cultivos de algodón que consumen demasiada agua para suministrar aceite de jatrofa a una central eléctrica híbrida. Y, en Suecia, el porcentaje total de biomasa utilizada como combustible, en su mayor parte obtenida de bosques gestionados, alcanzó el 47 % en el 2017, según Statistics Sweden. Modelos exitosos como estos nos pueden mostrar el camino.

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En definitiva, un suministro confiable de energía es tan necesario como un suministro adecuado de tierra productiva. Eso será especialmente válido en las próximas décadas, cuando la población global, según se prevé, supere los 9.700 millones de personas. Y, aun así, si se permite que el calentamiento global llegue a 3 °C, los efectos climáticos resultantes tornarían inútiles casi todas las opciones de mitigación basadas en la tierra.

Esto significa que debemos actuar ahora para impedir la pérdida de recursos de tierra vitales. Necesitamos mecanismos de gobernanza más sólidos para mantener las necesidades ambientales, alimentarias y energéticas en equilibrio. No activar el pleno potencial de las opciones de mitigación basadas en la tierra que tenemos a nuestra disposición sería un error imperdonable, ya que impondría serias consecuencias a la gente que menos ha contribuido al cambio climático.

La bioenergía y la mitigación basada en la tierra no son soluciones milagrosas. Pero nos permitirán ganar algo de tiempo. Así, deben ser parte de la respuesta más amplia al cambio climático. La próxima década puede ser nuestra última oportunidad para lograr que la tierra funcione para todos.

Ibrahim Thiaw: es sub secretario general de las Naciones Unidas y secretario ejecutivo de la Convención de las Naciones Unidas para Combatir la Desertificación.

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