Dennis J. Snower. 14 diciembre, 2019

BERLÍN– Las “enfermedades de la necesidad” surgen de la pobreza, mientras que las “enfermedades de la abundancia” están asociadas a la prosperidad. Muchas de las enfermedades en cada categoría son evitables, pero ponerles coto exigirá un cambio revolucionario en nuestro abordaje de la medicina.

Las enfermedades de la necesidad son evitables porque la pobreza es evitable. Tenemos la experiencia técnica para eliminar la extrema pobreza simplemente compartiendo información, generando capacidades relevantes y redistribuyendo una pequeña fracción de los recursos económicos. En consecuencia, nuestra incapacidad para superar las enfermedades de la necesidad no refleja una falta de conocimiento, sino más bien una falta de voluntad. Y es esta falta de voluntad, no las enfermedades en sí mismas, lo que debemos tratar.

El problema es que la medicina moderna se centra principalmente en el tratamiento y no en la prevención.

Por el contrario, las enfermedades de la abundancia —como la obesidad, las enfermedades relacionadas con el tabaquismo, la depresión, la diabetes y varios tipos de cánceres— aparecen porque nuestros estilos de vida prósperos nos enferman. Estas enfermedades también son evitables, pero, una vez más, no tenemos la voluntad de vencerlas. Ocurren porque nuestro enfoque de la medicina es esencialmente erróneo. Una vez que lo hayamos entendido, estaremos en mejores condiciones de hacer frente también a las enfermedades de la necesidad.

El problema es que la medicina moderna se centra principalmente en el tratamiento y no en la prevención. Supuestamente, la gente tiene derecho a vivir como quiere y, si se enferma gravemente, se supone que su sistema de salud —médicos, gerentes de hospitales, aseguradoras, investigadores médicos y mucho personal de apoyo no médico— la va a curar.

Si adoptáramos una estrategia como la seguridad aérea, permitiríamos que cualquiera volara aviones, con licencia o sin ella, y no controlaríamos los equipos de seguridad. Si un avión se estrellara, el personal de seguridad aérea haría todos los esfuerzos posibles para salvar a los heridos, lo que resultaría muy costoso, dada la gravedad de las lesiones.

Sin embargo, en la práctica, los esfuerzos de la seguridad aérea se concentran casi exclusivamente en prevenir accidentes. Se exige una reparación regular de los aviones. Se cuenta con información sobre el clima. Los pilotos y otro personal reciben una capacitación de seguridad formal rigurosa, mientras que reglas cumplidas de manera estricta garantizan que el desempeño de un piloto no se vea afectado por el cansancio o el alcohol. La industria tiene muchas otras salvaguardas, que en su mayoría se ejecutan de manera automática.

Es más, todos los accidentes aéreos de gran magnitud son investigados por un organismo nacional cuyos informes se hacen públicos. A los pilotos, por lo general, se les otorga inmunidad judicial. Y la industria de la aviación considera que la seguridad de cada pasajero es igual, sin importar lo que pagaron por sus pasajes. Las variaciones en los precios de los billetes reflejan diferencias en comodidad y servicios, no en seguridad.

Ahora bien, supongamos que usáramos esta estrategia de seguridad aérea a la medicina. Todos recibirían chequeos médicos regulares y obligatorios, y tendrían un acceso garantizado a información sobre una vida saludable. Además, todos se someterían a un entrenamiento riguroso sobre cómo mantener la salud, en la escuela o en el trabajo. Las reglas para proteger la salud de alguien serían cumplidas de manera estricta, con controles de seguridad de la salud automáticos, en casa, en el trabajo o en otra parte.

Al mismo tiempo, un organismo nacional investigaría todas las enfermedades graves y publicaría sus informes. Los médicos, al igual que los pilotos, serían inmunes a un procesamiento judicial. Finalmente, el sistema le prestaría igual atención a la salud básica de cada individuo, sin importar cuánto pagó por su prestación médica. Los diferentes niveles de gasto individual en salud reflejarían diferencias en comodidad y servicios, no en tratamiento.

Para desarrollar una mentalidad orientada a la salud en la medicina, en lugar de la visión predominante de que la medicina está destinada a curar la enfermedad, es útil guiarse por la “fórmula para la salud” de Detlev Ganten: nuestra salud depende de la biología de nuestro cuerpo, de nuestro entorno y de nuestro comportamiento.

Una vez que nos tomemos en serio esta fórmula para la salud, veremos la medicina con nuevos ojos.

Al igual que la mayoría de las visiones profundas, la fórmula de Ganten suena obvia cuando se expresa. Significativamente, entiende la salud como un estado que se alcanza cuando nuestro comportamiento en el marco de nuestro entorno se adapta a nuestras necesidades corporales. En consecuencia, todo comportamiento que haga que nuestros cuerpos no se adapten bien a nuestro entorno es poco saludable. Lo mismo sucede con cualquier entorno, creado a través de nuestro estilo de vida, que hace que nuestro comportamiento no se adapte bien a nuestros cuerpos.

Una vez que nos tomemos en serio esta fórmula para la salud, veremos la medicina con nuevos ojos. Por ejemplo, la diabetes, la alta presión sanguínea, la arteriosclerosis, la artritis, la gota, la acidez y los cálculos biliares, así como el cáncer de mama, de intestino y de próstata, normalmente tienen un origen en la obesidad y el estrés. La obesidad suele ser una consecuencia del trabajo y de hábitos de recreación sedentarios, que resultan de la manera en que construimos nuestras oficinas, escuelas y ciudades. Por tanto, una parte vital a la hora de tratar las enfermedades de la abundancia es que la gente cambie sus rutinas diarias, como, por ejemplo, haciendo caminatas frecuentes a paso ligero, practicando deportes con regularidad, sentándose en sillas de diseño apropiado y evitando los alimentos azucarados.

El estrés, por otra parte, suele ser causado por inseguridad y desempoderamiento en el trabajo, desempleo, carencia de vivienda o vínculos sociales deficientes. Abordar este problema, por lo tanto, tiene implicaciones tanto para la política gubernamental como para la estrategia de las empresas. Por ejemplo, permitir que los trabajadores tengan control de sus cronogramas laborales diarios, promover las culturas de trabajo cooperativo y practicar conciencia plena en el trabajo podrían reducir el estrés y contribuir a la salud pública.

Los medicamentos, los médicos y los quirófanos seguirían teniendo una función en un sistema de salud de esas características, por supuesto, pero recién después de que se hubieran observado todos los controles de seguridad, de la misma manera que las ambulancias tienen una función después de un accidente aéreo. Por el contrario, deberíamos centrarnos principalmente en cómo vivimos nuestras vidas, el ejemplo que damos a la familia y a los amigos, qué les enseñamos a nuestros hijos y el contexto físico y social que creamos para nuestras actividades laborales y de esparcimiento. Y si bien también existe un argumento sólido a favor de la atención médica universal y un papel preponderante para el gobierno, este reside principalmente en la prevención.

La misma estrategia preventiva ayudaría a los países más pobres del mundo a superar las enfermedades de la necesidad. La asistencia a esos países debería centrarse en eliminar la extrema pobreza y crear contextos sociales, hábitos, expectativas, valores, normas y leyes que promuevan la salud.

Esta es una nueva visión de la medicina para países ricos y pobres por igual, donde los sistemas de salud todavía se concentran marcadamente en tratar las enfermedades. Si en cambio se focalizaran en la prevención, adaptando al mismo tiempo nuestros entornos y comportamientos a nuestras necesidades corporales, podríamos dar inicio a una nueva era de la medicina que nos permita superar muchas enfermedades evitables.

Dennis J. Snower: profesor de Economía en la Escuela de Gobernanza Hertie en Berlín, es presidente de la Global Solutions Initiative, miembro de investigación sénior en la Escuela de Gobierno Blavatnik en la Universidad de Oxford y miembro no residente de la Brookings Institution.

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